Olvidarnos por un instante de la cualidad distintiva de Haaland, Mbappé o Guardiola, y reflexionar sobre sus capacidades secundarias, ajusta mejor su dimensión.
Nos gusta pensar que hemos descubierto al próximo Balón de Oro. Sólo necesitamos un partido para dar rienda suelta a la imaginación. Aunque el efecto es efímero.
Fueron partidos que nunca se tenían que haber jugado. El fútbol se coló entre los muros de aquel infierno y sirvió de salvavidas para muchos prisioneros que desfallecían.