Jefferson Farfán posiblemente sea el futbolista más talentoso de la selección peruana, y Ricardo Gareca ha llegado a tiempo para recuperarlo. La historia vital de La Foquita es la de un tipo de barrio que luchó lo indecible para llegar a la cumbre. Nació y creció en una villa humilde de la provincia de Lima donde la vida quizá no le dio comodidades, pero sí mucho talento.

En el sector 16 de Villa el Salvador se hablaba de un ‘morenito’ de sonrisa contagiosa que todo lo veía con forma de portería. Farfán poseía tanto talento que fue prácticamente adoptado por el fallecido entrenador Óscar Montalvo, quien vio en Jefferson un inigualable potencial. En sus inicios jugó en Alianza Lima, donde debutó con tan solo 16 años, y pronto despertó el interés de un PSV que pagó por él dos millones de euros. En Holanda ganó cuatro Eredivisie consecutivas antes de recalar en el Schalke 04, gozando de siete temporadas en la plenitud de su carrera. Cuando cumplió la treintena, su afán por el dinero le llevó a los Emiratos Árabes: en el Al Jazira ha estado un par de años ganando mucho y jugando muy poco. Pero, desde 2016, compite a un nivel más acorde sus cualidades en el Lokomotiv de Moscú, donde se acaba de proclamar campeón de liga.

Hubo un tiempo en el que Jeffry estaba obsesionado con ostentar y era conocido por mostrar habitualmente sus lujosos coches o sus pendientes de diamantes, dejando el fútbol en segundo plano. Pero gracias a su paso por Rusia se ha reencontrado con el balón y ha recuperado su mejor versión. Después de un tiempo sin ser llamado por la selección, La Foquita se ganó para siempre el cariño de los 33 millones de peruanos cuando, el pasado noviembre, una asistencia y un gol suyos contra Nueva Zelanda clasificaron a Perú para el Mundial. Se ha preparado a conciencia para volver a ser el que fue; y, en Rusia, quiere llevar a su país lo más arriba posible.

 

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