El pasado 1 de mayo Marruecos anunció, por sorpresa, que rompía relaciones diplomáticas con Irán, un país con el que ha tenido unas relaciones diplomáticas muy complejas desde la revolución islámica de 1979. “Disponemos de pruebas irrefutables, nombres identificados y hechos precisos que corroboran esta connivencia entre el Frente Polisario y Hezbolá [una organización islámica musulmana chií libanesa, aliada del gobierno de Teherán, que cuenta con un brazo político y otro paramilitar] contra los intereses supremos del reino”, aseguró el ministro marroquí de Relaciones Exteriores.

Según la versión ofrecida por el político norteafricano, Irán habría colaborado en el entrenamiento, financiación y armamento del Frente Polisario, un movimiento independentista del Sáhara Occidental que pretende conseguir el derecho a la autodeterminación para una región, uno de los 17 territorios no autónomos que están bajo supervisión de la Organización de las Naciones Unidas, que antaño había sido una colonia española y que Marruecos se anexionó en 1975, aunque su soberanía sobre la zona nunca ha sido reconocida ni por la ONU ni por ningún país del mundo.

Siendo (irracionalmente) optimistas, quizás, tal y como sucedió en aquel encuentro del Mundial de Francia’98 entre Estados Unidos e Irán que ayudó a enfriar la enorme tensión existente entre ambos estados, ahora puede suceder algo similar el día 15 de junio, en el duelo que enfrentará a Marruecos con la selección persa en el Zenit Arena de San Petersburgo.

 

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