Dos jugadores son los acusados de alta traición al estilo -nada menos- tras la profunda decepción de la selección en Rusia. Curiosamente son los que han sido mejores en el imaginario colectivo. Isco Alarcón y Diego Costa son elementos extraños dentro de la uniformidad española. ¿Condicionan el estilo, la manera de jugar? Rotundamente sí, aunque cabría preguntarse si no lo hacen todos los futbolistas en mayor o menor medida. En casi cualquier equipo hay un punto de adaptación por parte del entrenador hacia los jugadores. Incluso de los propios compañeros hacia los futbolistas con rasgos más distintivos. Es verdad que en este caso la influencia de estos dos jugadores es muy alta. La cuestión central es si esta influencia termina o no por compensar.

Tomemos como ejemplo representativo la primera jugada de ambos en el Mundial. Silva robó un balón en campo contrario y buscó de manera inmediata a Costa. El delantero tenía a un defensor detrás y decidió desmarcarse para encarar portería. Buscaba un pase en profundidad que le hubiera dejado solo ante Rui Patricio. Silva posiblemente esperaba que se la devolviera de cara. Al haberse desplazado Costa, el defensor cortó el cuero sin mayor problema. En este caso, entender a Costa hubiera significado una ocasión manifiesta de gol.

Isco tocó su primer balón en Rusia en el minuto 6. Bajó a recibir a campo propio y tocó de cara con Ramos. La opción más rápida y fácil para progresar era buscar a Alba pero Ramos se la volvió a entregar a Isco, que, después de conducir y caracolear, se la pasó -ahora sí- a al lateral. Fue una constante durante todo el torneo: el malagueño se incrustaba entre el central y el lateral y, de alguna manera obligaba a sus compañeros a pasarle el balón. La entrenadora y periodista Natalia Arroyo realizó un extraordinario análisis después del España-Rusia en el que mostraba cómo la “incontinencia posicional” -qué gran definición- de Isco tapaba las mejores opciones de pase de su propio equipo. Es cierto. Pero no sería justo dibujar la silueta del jugador del Real Madrid sin ahondar en un sinfín de matices que conforman a un futbolista único.

Isco es el estilo

Isco te da y te quita. Te penaliza y te hace diferente. Jugar con él conlleva pagar un peaje que hay que conocer. Y ese posiblemente fue el error de Hierro, no prever lo que pasaría. El impacto de Isco en el juego de la selección española en Rusia fue salvaje. Se puede decir que en muchos momentos España jugó a lo que dictaron sus arqueadas piernas. En algunos momentos, incluso, sus compañeros acudían como moscas al sector del campo por donde pululaba, atraídos sobre todo por la necesidad de oler el balón. En la primera parte del choque ante Portugal, por ejemplo, se vio un costado izquierdo masificado y una banda derecha completamente vacía. Los números, en este caso, únicamente refuerzan la evidencia: dentro de la selección fue el que más veces tocó el balón (586), el segundo que más pases dio (406) y el que más regateó (23). Guarismos brutales.

 

Isco penaliza, sí, pero casi penaliza más no entenderle

 

Isco es anárquico y no se pliega a grilletes tácticos. Ni defensiva ni -sobre todo- ofensivamente. Es realmente difícil que pueda ser parte de un ataque ordenado. Su adicción al balón le hace moverse por absolutamente todos los rincones del campo con tal de participar. Es un ‘mediapunta-interior-falso extremo-mediocentro’. Quiere tocar, tocar y tocar y prioriza lo estético sobre la economización. El malagueño es contradictorio -como los genios- e imprevisible. No sigue un patrón claro de actuación. En Rusia ralentizó el juego de España en varias ocasiones, cortó de raíz opciones de contragolpe y propició esas mismas opciones con sus pérdidas de balón. Como no se puede saber qué es lo que va a hacer en cada momento, a los compañeros les cuesta posicionarse detrás de él para hacerle una cobertura ante una posible pérdida.

Eso es el yin, ahora toca el yang. Isco fue el jugador español que mejor entendió las capacidades de Costa. A pesar de que el envío largo no es ni mucho menos su recurso predilecto, buscó al ariete con balones directos y centros laterales. Él también se adapta cuando es menester. Su actitud desde el comienzo del torneo fue significativa. Después de todo lo que pasó y ya sin Lopetegui -su principal valedor-, Isco se arrogó la responsabilidad de comandar a su equipo por encima de los supuestos grandes precursores del estilo como Iniesta o Silva. Pedía el balón, encaraba, devolvía paredes, y hasta sacaba de banda. Cuando sus compañeros se contagiaron de su juego libre y sin prejuicios, la selección funcionó mucho mejor. Así llegaron, por ejemplo, los mejores minutos de la selección en Rusia (últimos 15 minutos de la primera parte ante Portugal). Isco penaliza, sí, pero casi penaliza más no entenderle. En el partido ante Marruecos, Isco intentó contenerse más y no bajar tanto a la zona de centrales para -como se le demandaba- recibir entre líneas. En el primer gol marroquí llevaba pidiendo el balón en zona de tres cuartos un buen rato. Iniesta, Ramos y Thiago prescindieron esta vez de él y optaron por el pase horizontal, muy corto y a escasos metros de la presión.

Isco es como aquel chico que en el colegio se ponía al lado del que llevara el balón. Ese “yo me encargo” permanente resta mucho protagonismo a los de su alrededor y hace casi imposible ejecutar una determinada táctica ofensiva. Es Isco, por tanto, un jugador que obliga a ‘inventar’ sistemas para él. Zidane lo hizo con el 4-3-1-2 o con el 4-4-2 en rombo. No obstante, el técnico galo solo encontró una forma de frenar sus impulsos: dosificarlo. Entendió que su influencia es tal que en ocasiones lo mejor era que no jugase. Pero quizás exista otra manera de reconducir ese talento, quién sabe. Lo que está claro es que el Real Madrid lleva años comprando compulsivamente mediapuntas y todos han ido cayendo. Todos menos Isco.

Diego Costa o la guerra al servicio del arte

Antoine Griezmann relata en su autobiografía un episodio esclarecedor. En la temporada 16-17, el francés explotó y se sinceró con su técnico Simeone. Le dijo que no se sentía feliz, que intentaba hacerle caso y mantenerse cerca de la portería contraria pero que, por salud mental, necesitaba bajar a recibir al centro del campo. Llegó Diego Costa y, por fin, se vio la mejor versión del atacante galo en la que, paradójicamente, vio portería con más facilidad partiendo desde atrás. Metió más goles cuando más se alejaba del gol. En este Mundial también ha jugado con más libertad, aprovechando el trabajo de Giroud. El francés, unos meses después de la llegada de Costa, decidió quedarse en el Atlético de Madrid. Griezmann terminó la temporada 17-18 con 31 goles y 14 asistencias. Desde enero -cuando empezó a jugar Costa- marcó 24 tantos y realizó 9 asistencias. Quizás no fuese el motivo principal de su decisión, pero parece que algo tuvo que ver.

 

A Costa se le obliga a hacer lo que normalmente hacen otros y se ve en una tesitura complicada. Quiere hacerlo todo: lo que hace bien y lo que se le pide. Y muchas veces termina diluyéndose

 

Antes de que Costa recibiera un balón largo de Busquets y se dispusiera a enfrentarse con el mundo en el minuto 24 del choque ante Portugal, más de media España creía que no encajaba en la selección. Tras ese gol –“¡Qué golazo, tío!”, exclamó José Antonio Camacho-, los porcentajes se fueron igualando. Los goles pueden con todo. Indudablemente ese es el registro en el que más destaca el hispano brasileño: recibir balones directos de espaldas y o bien aventurarse por su cuenta o bien dejársela de cara a algún compañero. Silva estuvo a punto de marcar un gol en ese primer partido después de una dejada de Costa. El problema es que lo habitual era que nadie acudiera a esas dejadas. Como tampoco ocupaban el espacio que dejaba cuando bajaba a recibir. El esfuerzo de Diego Costa en el Mundial fue, en muchos momentos, conmovedor. Bajó y bajó a recibir y se movió de forma incesante (por el centro, cayendo a bandas, llegando al punto de penalti desde atrás) pero nadie le seguía en sus movimientos. Intentó agradar, amoldarse, ayudar, pero solo se mostró cómodo cuando el partido requería de otro tipo de medidas distintas al ataque estático. A pesar de eso, fue generoso hasta el punto de quitarse de en medio para que otro compañero avanzase.

Y ahí está la clave: en esta selección a Costa se le obliga a hacer lo que normalmente hacen otros y se ve en una tesitura complicada. Quiere hacerlo todo: lo que hace bien y lo que se le pide. Y muchas veces termina diluyéndose. Al igual que el talento necesita a Costa para poder explotar en libertad, Costa también necesita al talento para ser él mismo. Y normalmente cuando mejor se rinde es cuando se es uno mismo. Costa tiene que tener un compañero. En Rusia nunca se contempló que Aspas y el delantero del Atlético pudieran jugar juntos. Aspas, al igual que Griezmann, se marcó una temporada extraordinaria con la compañía de Maxi Gómez. Aspas ejercía de genio libre y Maxi de tanque rematador. Juntos marcaron 39 goles en la temporada pasada. La dupla Aspas-Costa podría haber funcionado perfectamente porque cada cual tendría el rol para el cual está más capacitado.

España ha marcado siete goles en el Mundial. Diego Costa anotó tres (uno de rebote) y participó en la jugada de uno. Isco marcó uno, participó en otro y estuvo a punto de marcar en dos ocasiones (un tiro al larguero y un cabezazo que sacaron sobre la línea). Cuesta creer que las cosas hubieran ido mejor sin ellos.