Hace dos años, Antoine Griezmann perdía la final de la Liga de Campeones y la final de la Eurocopa. En un mes de diferencia, el futbolista del Atlético desperdiciaba dos oportunidades para entrar en los libros de historia. Como premio de consolación, recibía el MVP de Francia’16, torneo del que, además, fue el máximo goleador con seis goles y dos asistencias. No fue un verano fácil para el ‘7’ rojiblanco. La frustración por ambas decepciones encendió una bombilla en la cabeza rubia del atacante: cambiar de aires era una posibilidad. ¿Manchester United? ¿Barcelona? Surgieron las primeras dudas.

Hace menos de 48 horas, Antoine Griezmann ganaba la Copa del Mundo tras ser escogido el jugador más valioso de la final. Idéntica valoración cosechó cuando, hace algo más de un mes, destrozó con dos goles al Olympique de Marsella en la lucha por conquistar la Europa League. Como premio complementario, un megacontrato con el Atlético de Madrid, club en el que decidió continuar cuando la decisión sobre su futuro dejó de ser una carga personal y pasó a exhibirse en prime-time. El verano que se le presenta al ‘7’ rojiblanco es idílico. La felicidad por los éxitos colectivos anuncia una candidatura real al próximo Balón de Oro. Y en el horizonte, una nueva temporada al calor de su gente, en el Wanda Metropolitano. Adiós a las dudas.

La vida del futbolista es corta. Siempre lo ha sido, pero ahora presenta un índice de ansiedad más elevado. Dinero, más reconocimiento, más títulos… ‘Contratar’ este paquete se incrusta en el ideario de los jugadores como un requisito indispensable para alcanzar el éxito y, sobre todo, esquivar el fracaso. Difícilmente un buen futbolista encontrará consuelo a una temporada en blanco. Fundamentalmente porque una temporada en blanco es una temporada tirada a la basura. Como una temporada sin Champions. Ya no es solo perder. Es estar entre los mejores de los que pueden perder. El caldo de cultivo ideal para caer en la precipitación.

Pero si ganar es lo excepcional, dudar significa todo lo contrario. Tener dudas es razonable, legítimo y, sobre todo, humano. No por habitual es menos complejo: te obliga a escoger -qué pereza-, a reconocer que puedes equivocarte -qué miedo- y a convivir de por vida con el ‘qué hubiera pasado si…’ -qué tortura-. Griezmann pudo elegir salir del Atlético mucho antes de que hoy lo reconozcamos como una figura indiscutible de su equipo, de su selección y de los Mundiales. De hecho, pudo hacerlo horas después de cerrar el mes de 2016 en el que lo perdió todo. Pero no; optó por sortear las prisas, pagó el precio de ser honesto con sus dudas y masticó sus inquietudes hasta enervar a sus propios aficionados.

La mediática revelación de su continuidad en el Atlético fue y es criticable desde las formas, nunca desde el fondo. Porque dudar no es ningún delito. Como tampoco lo es perder. De lo contrario, no habría paz para las 31 selecciones que hoy lloran por una copa menos. La carrera de un futbolista seguirá siendo corta, pero no por decidir más rápido se alcanza antes la gloria. Nos lo ha demostrado Antoine: le puso pausa -a su juego, a la toma de decisiones- y su carrera se disparó.