“Perdimos, no pudimos hacer la revolución. Pero tuvimos, tenemos y tendremos razón en intentarlo. Y ganaremos cada vez que algún joven sienta ganas de querer cambiar el mundo”. Envar El Kadri.

 

Camino hacia casa con el rostro desencajado, profundamente decepcionado con el fútbol. Me es casi imposible dejar de pensar en lo agotadora que ha sido esta Copa del Mundo en el plano anímico, en lo cruel que ha sido el balompié. Empecé defendiendo a Argentina (por Leo Messi, básicamente) y a Uruguay (por el revelador e inequívoco “temblad, tiranos” de su precioso himno), pero ambas selecciones me abandonaron demasiado pronto. Sin tiempo para caer en el pesimismo, decidí unirme a la causa de los combinados de Bélgica e Inglaterra.

Tal y como hice en el caso de la Albiceleste, con la desesperada e irracional intención de tratar de influir en el destino, incluso escribí un artículo sobre los Rode Duivels, centrado en la indescriptible historia de superación de Romelu Lukaku, y otro sobre los soñadores discípulos de Gareth Southgate, dignísimos herederos de aquellos héroes que conquistaron el mundo en 1966. Pero, por desgracia, el resultado fue exactamente el mismo: las tres selecciones cayeron estrepitosamente eliminadas tan solo unas pocas horas después de publicar dichos textos.

 

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Mario Mandzukic anota el 2-1 contra Inglaterra. De repente, me vibra el teléfono. “Si la final es esta, paso de verla”, asegura un buen amigo ante la posibilidad (cada vez más certera) de que sean las selecciones de Francia y Croacia las que se disputen el centro intercontinental. Me lee la mente, estaba pensando justo lo mismo. Pero pronto me doy cuenta de que, llegados a este punto, tampoco es necesario engañarse a uno mismo. Como proclaman los geniales Suite Soprano, “un ‘me suda la polla’ suele esconder un ‘me duele'”.

Dicen que el fútbol, siempre tan impredecible e irracional, es una de las mejores escuelas para la vida. Así que después de derrumbarse por las derrotas de Argentina, Uruguay, Bélgica e Inglaterra, uno quizás debería haber llegado a la conclusión de que lo más conveniente es dejar de emocionarse tan fácilmente; dejar de enamorarse a las primeras de cambio de tipos como Nicolás Tagliafico, Lucas Torreira, Kieran Trippier o Roberto Martínez.

Pero, qué coño, hemos venido a jugar. Y, en definitiva, es más fácil sonreír, saltar de nuevo al ruedo y apostarlo todo al rojo… Y al blanco.

Porque sí, porque ayer tocaba defender a ultranza a Croacia. Como si a uno le fuera la vida en que los pupilos de Zlatko Dalic acabasen alzando el título de la Copa del Mundo al cielo del Estadio Luzhnikí, como si aquellos 23 futbolistas vestidos de rojiblanco fueran los únicos hombres en la tierra que podían evitar que se impusiera lo predecible, el equipo al que casi todos ya habían vaticinado como ganador final. Cierto es que la presencia de Samuel Umtiti (la reencarnación futbolística de Lilian Thuram, el hombre que clasificó a Francia para su primera final intercontinental y que, unos años más tarde, hizo evidente su enorme calidad humana al asegurar que, en el Camp Nou, le aplaudían porque le confundían con Samuel Eto’o) y el vigésimo aniversario de aquel precioso triunfo de la Francia black, blenc, beur que silenció al xenófobo Jean-Marie Le Pen amagaban con equilibrar un poco las cosas; pero es que, si no están de por medio Leo Messi o Pep Guardiola, hay que ir siempre con el débil.

¿Cómo no animar al país más pequeño en alcanzar la final de un Mundial desde que Uruguay lo consiguiera en 1950? “Una prima de mi padre me dijo una vez, cuando era pequeño: ‘Hijo, nosotros somos obreros. Yo he votado toda la vida al PSOE, pero como nos ha vendido, pues ahora a Izquierda Unida. Y si nos venden, pues a otros, pero siempre más a la izquierda'”, contaba Quique Peinado en el genial ¡A las Armas!. Y en el fútbol sucede justo lo mismo, hay que ponerse del lado del más modesto. Y es que, regresando siempre al sublime texto que Axel Torres escribió en el #Panenka69, la esencia del balompié radica en concentrarse en alimentar “la imaginación y los sueños de los espectadores que deseamos que el fútbol se convierta de repente en un carrusel de campeones vírgenes, en una alternancia infinita en la que no existan los dominios y en la que cuantas más aficiones de cuantos más lugares diferentes puedan disfrutar, mejor”.

Ayer, los futbolistas de Croacia, orgullosamente acompañados en las graderías del Estadio Luzhnikí por aquella generación fabulosa que hace 20 años situó al país en el universo futbolístico, representaron precisamente este sentimiento. El de una nación, insuperable en su capacidad de aunar el talento con un espíritu increíblemente competitivo e incansable, de poco más de cuatro millones de habitantes que, después de aliarse con el destino para culminar la proeza de superar hasta tres prórrogas y dos tandas de penaltis en tan solo diez días, había conseguido alcanzar la luna, conquistar un escenario impensable e inimaginable para un país que nació del horror de la guerra que a principios de la década de los 90 asoló la península de los Balcanes, donde “el nacionalismo, el odio étnico, la brutalidad y el salvajismo” dejaron tras de sí 20.000 muertos y alrededor de 500.000 desplazados, según apuntaba el periodista de El Mundo Paco Cabezas. “De los 23 futbolistas que Croacia tiene en Rusia’18, solo dos nacieron después del fin oficial de la guerra. Todos los titulares de cuartos de final eran niños mientras sucedía aquella pesadilla; excepto Sime Vrsaljko y Ante Rebic, que nacieron durante ella”, añadía Ignacio Pato en Playground, reviviendo el impacto que tuvo aquel inhumano conflicto en los 23 futbolistas croatas que ayer, liderados por el enorme magnetismo que transmite la dupla que conforman Luka Modric e Ivan Rakitic, se empeñaron en nadar a contracorriente para intentar desafiar las arcaicas leyes del fútbol.

Perdidamente enamorados del entusiasmo y del coraje que han derrochado los croatas, absolutamente contagiados de una pasión que se vivió igual en Zagreb que en un pequeño bar de la comarca de Osona, nos reunimos a las dos de la tarde. Sintiéndome culpable por haber gafado a las selecciones de Argentina, Uruguay, Bélgica e Inglaterra, aparecí con unos viejos pantalones de Francia. Estúpidas e irracionales supersticiones para tratar de contrarrestar aquello que, a pesar de que en el Frankfurt Múnich todos preferíamos ignorar, parecía una evidencia irrefutable: que los discípulos de Didier Deschamps saldrían finalmente vencedores, que los de Zlatko Dalic irían pereciendo de una forma tan lenta como inevitable.

Todo hacía presagiar que acabarían perdiendo, y así acabó siendo. “En un Mundial de muchas sorpresas, la única certeza ha sido Francia”, aseguraba Ramon Besa. Ciertamente, Francia pareció jugar todo el Mundial como si ya se supiera campeona antes de que el balón empezara a rodar. Le bastó con sublimar el arte de contemporizar los encuentros, con aliarse con el resultadismo, para vencer un torneo en el que sus grandes rivales no supieron estar a la altura.

Y a la heroica Croacia le faltó precisamente esto, la experiencia para no ahogarse tan cerca de la orilla. Pero uno siempre recordará cómo se dejó emborrachar por la euforia para celebrar el bello tanto de Ivan Perisic y los minutos en los que discutió con un buen amigo sobre qué camiseta era más imprescindible, si la de Ivan Strinic o la del infatigable Ante Rebic. Nosotros jamás ganaremos un Mundial, así que supongo que por este motivo nos atrae sobremanera que alguien de apariencia humana pueda estar a un paso de conseguirlo.

Enfadado con el fútbol y con la pésima realización televisiva, dolorosamente incapaz de entender que las imágenes más bellas de toda la Copa del Mundo son las que pueden verse justo después del pitido final, regresé hacia casa abatido. Abrí Twitter como quien busca refugio, esperando encontrar un tuit en el que leer que el encuentro todavía no se había terminado. Pero, en realidad, lo que leí fue algo que todavía me enervó más. “Nunca entenderé esta moda de ir siempre con los más débiles, con los más pequeños”. Pensé que no tenía ni puta idea de la vida, que me encantaría que Toni Padilla le explicara aquello de que ser de un equipo humilde te enseña a encajar mejor los reveses de la vida. Y, mientras repetía todos los insultos que conozco para mis adentros, rompí mi silencio para enseñarle a Carla un tuit que debería comportar poco menos que la silla eléctrica. Pero, para ella, el fútbol ya no vale la pena desde que el destino alejó del título a Inglaterra y la infantil sonrisa de Jesse Lingard.

 

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Hoy ha vuelto a salir el sol. Pero, más allá del incomparable espectáculo futbolístico, la sensación que deja este Mundial es extremadamente agridulce. Por nada del mundo quería que, de la mano de Francia o Brasil, se impusiera lo más predecible, pero finalmente ha acabado siendo así. Quizás la realidad es que no queda demasiado lugar para los románticos en el mundo del balompié. Al pensarlo, profundamente entristecido, me asalta una duda existencial. Entonces, para terminar con una sonrisa dolorosamente desencajada, ¿ha valido la pena tragarse 64 encuentros, con prórrogas y tandas de penaltis incluidas, ilusionarse, desilusionarse, emocionarse, llorar y reír como un crío por patrias ajenas?

Sí, indudablemente. Nos vemos dentro de 4 años.