Nueve goles. Y pudieron ser más. Hay una forma de distinguir las mejores noches de tu vida: son las que siempre te parece que terminan demasiado pronto.
Durante su carrera, Rakitic no solo aprendió cinco idiomas: también patentó uno propio. Un lenguaje hecho de pausa y precisión, con una mezcla de acento balcánico y alma sevillana.
Kane se resistió a ser una de esas estrellas prematuras que se apagan pronto. Optó por ser paciente, aceptó la condición de líder, remató tantos balones como le mandaron y finalmente se sentó en su trono.
Percibido a veces como un cafre, se ha consolidado como uno de los mejores centrales del mundo. Una recompensa justa, pero tardía, para un chico de barrio.