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Ivan Rakitic: el centrocampista que no necesitaba traductor

Durante su carrera, Ivan Rakitic no solo aprendió cinco idiomas: también patentó uno propio. Un lenguaje hecho de pausa y precisión, con una mezcla de acento balcánico y alma sevillana

Rakitic

Hay quien necesita una app para aprender idiomas y poder viajar por el mundo. Ivan Rakitic tuvo suficiente con su zurda, una libreta y ganas de encajar. Jugó en cinco países, aprendió de forma fluida cinco lenguas: alemán, croata, español, inglés y francés… y en cada destino supo decir lo mismo: yo pertenezco a este lugar.

Nacido en Suiza, aunque con apellido croata. Su padre y hermano fueron futbolistas en Yugoslavia. En casa se hablaba croata y se pensaba en Zadar, la ciudad de la que provenían. Pero en las calles se escuchaba el alemán, las mañanas olían a chocolate y un sueño se reproducía de forma cíclica: jugar en el Basilea. De allí salió Rakitic, con cara de empollón y con piernas de estratega. Le tocó decidir entre la selección suiza —con la que ya había jugado en categorías inferiores— o la croata, eligió el idioma que pesaba más emocionalmente. El que lo conectaba con su origen. El croata. Aunque implicara más esfuerzo o más distancia.

Con solo 16 años, cumpliendo uno de sus sueños, debutó con el primer equipo del Basilea. Y, dos años más tarde, ya era un fijo en la Bundesliga con el Schalke 04, donde compartió equipo con jugadores de la talla de Raúl Gonzalez Blanco o Manuel Neuer. Era de esos centrocampistas que pensaban antes de recibir, como si en su cabeza el fútbol se jugara en cámara lenta. Fue el dorsal ‘10’ del equipo cuando todavía era una promesa y, aún así, aceptó salir por la puerta lateral: en el mercado de invierno de 2011, con 22 años, dejó al conjunto alemán siendo uno de los pilares de un equipo que meses después alcanzaría las semifinales de Champions. Entre el Atlético de Simeone o el Sevilla de Monchi, eligió el segundo. El director deportivo del club andaluz lo fichó por 1,5 millones de euros. Una completa ganga.

Cuando pisó por primera vez el Sánchez Pizjuán dejó de ser un ilusionante aprendiz para convertirse en el patrón. En 2011, con solo 23 años, ya hablaba mejor el español que muchos de sus compañeros. Se pasaba las tardes viendo series, leyendo periódicos deportivos y tomando café con los veteranos. En 2014 levantó la Europa League como capitán del conjunto sevillista, en uno de los ciclos más intensos y mágicos del club. Ahí mostró que se puede ser extranjero y, aun así, parecer de Triana. 

 

Cuando pisó por primera vez el Sánchez Pizjuán dejó de ser un ilusionante aprendiz para convertirse en el patrón. En 2011, con solo 23 años, ya hablaba mejor el español que muchos de sus compañeros

 

Después de levantar el título europeo con el Sevilla, su carrera dio un salto que pocos habrían anticipado. En verano de 2014, fichó por el FC Barcelona. Compartió vestuario con Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Neymar y Suárez. Pero nunca quiso ser protagonista. Prefería hacer mejores a los que lo rodeaban. Como los faros en la costa: no se mueven, no hacen ruido, pero sin ellos más de un marinero se habría quedado a la deriva.

Apenas aterrizó, Luis Enrique lo puso a competir con el símbolo del mediocampo ‘culer’: Xavi Hernández. Y Rakitic no solo lo hizo bien. Le ganó el sitio. En un centro del campo que todos recitábamos de memoria —Busquets, Xavi, Iniesta—, fue él quien rompió la liturgia. Su fútbol tenía más recorrido, más energía, más llegada. Chutaba desde fuera del área, robaba balones, cubría espacios… Lo tenía todo.

El equipo azulgrana venía de firmar una temporada irregular con el ‘Tata’ Martino, el adiós de Puyol y de Valdés y la pérdida de Tito Vilanova. Había dudas, heridas abiertas, un nuevo entrenador. Y, para colmo, el Madrid acababa de levantar su ansiada ‘Décima’.

En Berlín, en la final de la Copa de Europa de 2015, marcó el primer gol de un 3-1 que cerró el segundo triplete de la historia del Barça. Y, aun así, nunca levantó la voz. Era un centrocampista que hablaba bajo (aunque en muchos idiomas). Nunca fue un organizador al uso. Le sobraba pausa y le faltaba ego para que lo llamaran así.

 

Sobre todo, patentó un estilo. Una forma de ocupar el campo sin alardes. De pasar desapercibido y, aun así, ser imprescindible. De entender el juego con una mezcla exacta de sensibilidad y rigor

 

Con el conjunto azulgrana lo ganó todo: 4 Ligas, 4 Copas del Rey, una Champions, un Mundial de Clubes, una Supercopa de Europa y dos Supercopas de España. Pero, sobre todo, patentó un estilo. Una forma de ocupar el campo sin alardes. De pasar desapercibido y, aun así, ser imprescindible. De entender el juego con una mezcla exacta de sensibilidad y rigor.

Aunque su mejor obra, tal vez, la firmó con una camiseta a cuadros. En el Mundial de Rusia 2018, formó parte de aquella Croacia legendaria que se coló en la final contra todo pronóstico. Ganaron tres partidos seguidos en la prórroga. Rakitic, que nunca fue el más rápido ni el más ruidoso, acabó siendo el más decisivo, marcando el gol de la victoria en los penaltis en octavos contra Dinamarca y en cuartos ante la anfitriona del torneo. Junto a Luka Modric —rival con el Madrid, socio con la selección— formó uno de los centros del campo más armoniosos de la década. Contrapuntos perfectos.

En 2020 volvió al Sevilla, como quien regresa al barrio donde aprendió a mirar el mundo. Y después de un breve paso por el Al- Shabab Club y el Hajduk Split decidió colgar las botas. Lo hizo el 7 de julio de 2025, a los 37 años y tras una carrera de casi 900 partidos, 106 internacionalidades y 17 títulos.

Porque no solo habla cinco idiomas. También supo cuándo callar. Y ahora que se ha ido, el silencio suena a despedida. A esa clase de adiós que no necesita traducción para entenderse.

 


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Fotografía de Getty Images.