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La final que sí existió

Se cumplen 45 años de la final con menos seguimiento de la historia. Dos equipos de órbita soviética en Alemania Federal. ¿Qué podía fallar?

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Este artículo está extraído del #Panenka124, nuestro Especial sobre finales, que sigue disponible aquí

 

“Tratándose de una final europea fue algo frustrante y poco respetuoso para los jugadores”. El paso del tiempo no ha borrado en Hans Meyer una cierta amargura cuando le preguntan por el 13 de mayo de 1981. Y no solo porque aquella tarde el equipo que él entrenaba saliera derrotado de la final de la Recopa de Europa, sino porque aquel fue el partido más fantasmagórico que haya decidido nunca un título europeo.

Saltaron al Rheinstadion de Düsseldorf, en Alemania Federal, el campeón de copa soviético, el Dinamo Tbilisi, y el Carl Zeiss Jena, triunfador copero en la República Democrática Alemana. Sí, dos clubes que hoy suenan remotísimos procedentes de dos países que dejaron de existir hace tiempo. Hoy el Jena se halla en la cuarta división alemana, y el club de Tiflis… bueno, está algo mejor: ha ganado 19 de las 34 ligas disputadas desde la independencia de Georgia. Suena bien, ¿verdad? En realidad, según el ranking UEFA, se trata de la décima liga menos competitiva del continente.

Nada que ver con lo que supuso el fútbol georgiano en aquel país de países llamado URSS. A diferencia de la escuela rusa o ucraniana, basada en el físico y la disciplina del colectivo, el fútbol del Cáucaso rebosaba talento y técnica. Así cuajó el milagro del Dinamo Tbilisi, uno de los pocos clubes que disputó todas las ediciones de la Liga Suprema Soviética, pese a representar a una república de apenas cinco millones de habitantes. El Dinamo Tbilisi frecuentaba la zona alta de la tabla. En 1978 aupó su segunda liga soviética, y un curso más tarde -además de eliminar al Liverpool de la Copa de Europa- levantaría la copa de la URSS.

 

Solo 4.000 aficionados asistieron a la final de la Recopa de Europa de 1981. Que dos clubes del bloque del este se enfrentaran en el corazón de Alemania Federal digamos que no fue una gran idea

 

Algo más al oeste, en la RDA, el Carl Zeiss Jena hacía lo propio tras batir en una final copera al Rot-Weiss Erfurt. Tres veces campeón de la Oberliga-DDR, el de Jena se convirtió en el club germano-oriental con más partidos europeos. A nadie extrañó, pues, ver su nombre entre los participantes de la Recopa 80-81. Más sorprendió la llegada de dos equipos de segunda división: West Ham y Castilla. En todo caso, para primavera de 1981 solo quedarían dos escuadras: el Dinamo Tbilisi se desharía de los ‘Hammers‘ londinenses en cuartos de final, y del Feyenoord en semis. Por su parte, el Carl Zeiss se cargaría a Roma, Valencia -vigente campeón de la Recopa- y Benfica. “Eliminar a equipos con jugadores como Falcão o Kempes habla del carácter, la disciplina y el despliegue físico que teníamos”, evoca su entonces entrenador, Hans Mayer.

Así llegaron ambos conjuntos a la final, uno por el lado del despliegue -el Jena- y el otro por la senda del talento -el Dinamo-. Lo pregonaba su peculiar preparador, Nodar Akhalkatsi: “No somos colectivistas a cualquier precio. Nos seguimos formando en la técnica individual y la improvisación”. El problema de aquella final es que ya entonces los jerarcas del fútbol internacional pensaban más en el negocio que en el deporte. En marzo la UEFA había otorgado la final a Düsseldorf, previendo que el Fortuna -que estaba en cuartos- llegaría al duelo decisivo. Pero no pasó ni a semis. En lugar de encontrarse un llenazo, soviéticos y germano-orientales se midieron entre cemento: 4.000 entradas vendidas para un aforo de 64.000.

 

Nunca una final europea concitaría menos público. Apenas unos cientos de aficionados pudieron obtener permiso de la RDA para viajar en un tren vigilado. Así, entre bostezos e indiferencia, se disputó la Recopa más surrealista

 

Algo parecido había sucedido en Basilea en la resolución de la Recopa de 1975. Aquel Dinamo Kiev-Ferencváros había sido la primera final protagonizada por equipos del bloque oriental, en donde la libertad de movimiento estaba restringida. Pero nunca antes ni después una final europea concitaría menos público que la edición de 1981. Apenas unos cientos de aficionados pudieron obtener permiso de la RDA para viajar en un tren vigilado. De Tiflis se desplazaron 50 hinchas. Lo demás lo aportaron los colegios de Düsseldorf. Ganó el Dinamo con remontada, para desagrado del público local, que acabó animando a sus ‘compatriotas’ de la otra Alemania.

Así, entre bostezos e indiferencia, se disputó el título europeo más surrealista. La UEFA, visionaria, forró el campo con publicidad estática de marcas occidentales. Ni en la RDA ni en la URSS podía comprarse entonces Coca-Cola, pero aquella tarde se coló en sus televisores. A cambio, el fútbol del este saltó el Muro de Berlín para reivindicarse. “Una final entre equipos orientales en el corazón del capitalismo no fue una gran idea. La gente no sabía donde quedaban nuestras ciudades… pero menos aún que supiéramos jugar al fútbol”, concluye Mayer cuatro décadas después.