Drongen es un barrio rural de Gante, dominado por una abadía fundada en el siglo VII por San Amando, el patrón de los cerveceros. En sus calles, en las que los viejos chamullan un dialecto aún más contundente que el flamenco estándar, creció un enano con cara de pillo y piernas de junco. Kevin de Bruyne tiene la cara blanca como la espuma y el pelo amarillo como la birra trapense, disfrutó de una infancia acomodada en este rincón de Flandes y es, en resumidas cuentas, un belga prototípico. “Yo no era de los gamberros del barrio, pero si lo hubiera sido nadie me habría pillado. Ni siquiera en bici”, rememora con su cara de monje benedictino, cierto parecido al príncipe Enrique de Gales y un aire despistado. “En las fiestas, soy el típico que se queda callado en una esquina”, ratifica. Esa velocidad silenciosa le llevó al cercano Genk. Le dio tiempo de ganar la liga belga antes de saltar al Chelsea, pero apenas pisó la Premier: tres partidos en dos años, una cesión al Werder Bremen y otra al Wolfsburgo. “Mourinho toma sus decisiones, pero no las explica”, apunta cuando se le inquiere por la poca confianza que depositó el luso en él. Así que aceptó un exilio en Wolfsburgo, capital de la Volkswagen y una de las ciudades más aburridas de toda la zona euro.

Sin otra cosa que hacer que darle carrete a su juego, De Bruyne reventó las previsiones. Diez goles, 20 asistencias y un título de copa alemana después, hace dos veranos protagonizó el fichaje más sonado: 75 millones de euros para desplegar su fútbol en el Etihad de Mánchester. Desde entonces, ha jugado 142 partidos con los Citizens, sumando un total de 35 goles y 53 asistencias. Guardiola le ha convertido en un futbolista mucho más versátil, capaz de dar el último pase, pero también de organizar el juego del equipo, participando mucho más en el rol de centrocampista de lo que lo hacía antes.

En Rusia, con Hazard, Mertens y Lukaku más descolgados arriba, parece que Roberto Martínez también quiere sacar de Kevin su perfil de director de orquesta. De Bruyne disputará su segundo Mundial más maduro que nunca y, como del resto del equipo, se espera de él su mejor versión.

 

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