Cuando Shimon Revivo dejó su trabajo en el puerto de Asdod y abrió una parada en el mercado y una tienda de fruta y verdura en el distrito segundo de la ciudad, su hijo, Haim Revivo (Asdod, 1972), se convirtió en su compañero en el mercado mayorista de Tel Aviv. Allí, las colas que se formaban eran enormes, mientras el calor pudría los productos, que apestaban. Haim tenía entonces 14 años. Habían pasado solo unos meses desde que Diego Armando Maradona se presentó ante el planeta con todo su esplendor en la mágica Copa del Mundo de México’86. Un día, mientras esperaba a su padre, Revivo Jr. vagaba sin nada que hacer por las calles del sur de Tel Aviv. De pronto, pasó por delante del escaparate de una librería, en el que destacaba un libro sobre Maradona en el Mundial. Costaba 14 séquels (lo que hoy equivaldría a algo menos de un euro), pero no llevaba dinero, y su padre estaba todavía en la furgoneta, en la larguísima cola a la entrada del mercado. Sin pensarlo demasiado, en una decisión poco común en él, se puso el libro bajo la ropa y salió de la tienda sin pagar. Le pesó en la conciencia, pero solo cuando, en el estadio Ramat Gan, semanas antes del inicio del Mundial 94 y vestido con la camiseta de la selección israelí, tuvo ante sí al ‘Pelusa’, se dio cuenta de la magnitud de aquel momento.
Haim Revivo era un jugador de acciones inesperadas, poco convencionales, además de un tipo caprichoso y fijo en sus convicciones, lo cual no siempre lo hacía simpático a ojos del resto. Una verdad, la suya, que ya defendía a los 17 años, cuando competía por un lugar en el Bnei Yehuda. También cuando dejó el Hapoel de Tel Aviv de la noche a la mañana y firmó por el Maccabi Haifa, cuando fichó por el Celta de Vigo, o el día que, como quien se cambia de calcetines, se quitó la camiseta del Fenerbahçe para vestir la del Galatasaray. Siempre hizo lo que consideró más conveniente.
El efecto sorpresa lo convirtió en un agitador, un futbolista alocado y estimulante. Cuando lo invitaron a entrenar con la selección brasileña que dirigía Mário Zagallo, una propuesta que le llegó cuando la ‘Seleçao‘ aterrizó en Israel para un partido amistoso, dejó claro que estaba a la altura. Revivo se convirtió en ‘Revivinho’ y se hizo amigo de Mazinho -como también lo sería de Aleksandr Mostovói y Valery Karpin-.
Después de todos sus éxitos, lo más natural para Revivo era, probablemente, romper con todo. Desde que se retiró, en diciembre de 2003, no ha vuelto nunca la vista atrás.
¿Todavía amas el fútbol?
Menos.
¿Cuánto menos?
Si había llegado a ser 100, hoy es 10.
¿Qué ha cambiado?
Una vez cerré esa etapa, preferí apartarme del fútbol. Durante mi carrera había sido básicamente un autómata. Crecí jugando, sin pensar en ello. Lo hacía y punto. Así se comporta un robot. A veces no sentía ninguna emoción ni felicidad. Pero siempre hay un partido, un papel que desempeñar, un equipo y una selección. Era un robot. Ahora, de vez en cuando veo partidos de Liga de Campeones. Nada más.
¿Qué te diferencia de las estrellas que sí que mantienen el contacto con el fútbol tras la retirada?
Se trata de cómo te ganas la vida. Hay jugadores que es lo que han aprendido a hacer y es lo que quieren seguir haciendo. Cada uno elige lo que le gusta. Mi subsistencia no se basa en el fútbol, así que no dependo de él continuamente. Podría haber sido entrenador o representante, pero preferí salir de ese mundo e involucrarme en otros aspectos de mi vida.
“Preferí apartarme del fútbol. Durante mi carrera había sido básicamente un autómata. Crecí jugando, sin pensar en ello. Lo hacía y punto. Así se comporta un robot. A veces no sentía ninguna emoción ni felicidad”
ATERRIZAJE EN VIGO
Hoy Revivo dice tener una vida cómoda, económicamente asegurada con todo lo que ha acumulado en sus dos carreras: la de futbolista y la que ha desempeñado en el mundo de los negocios junto a su socio, Jacky Ben-Zaken. Procura levantarse cada mañana a las siete, ojea un poco los periódicos, se bebe la primera taza de ese café que tanto le gusta y se contenta con decir ‘buenos días’ a sus hijos antes de que desaparezcan por la puerta camino de sus estudios. Luego, un secretario le informa de las tareas que tiene programadas para ese día -hasta hace poco, incluso contaba con el servicio de un chófer-. Se acerca hasta sus oficinas en Asdod y, siempre que le apetece, regresa para comer en casa, en Tel Aviv.
Revivo afirma que la buena vida no lo ha cambiado como persona, y aún hoy se le caen las lágrimas cuando ve a gente que no tiene para comer y que necesita ayuda: “Ahora mismo mi situación podría ser muy distinta”, dice. “Si mis padres no me hubieran empujado al fútbol, las cosas podrían haber ido mal. En el lugar donde crecí, solo podías optar por el fútbol o el crimen. Tuve amigos que murieron asesinados, otros que acabaron en la cárcel. A nuestra familia no le faltaba comida, pero no éramos de clase media. Sigo siendo muy sensible a las necesidades de la gente más débil. Está en mi carácter, me viene de casa, de mis padres. Por suerte, Dios me dio talento en el fútbol”. Revivo nunca ha olvidado que sus primeros entrenadores lo dejaron en casa cuando el resto de los chicos del equipo viajaban a Alemania para disputar un torneo. Pero sabe que aquel momento marcó el principio de su ascenso. En pocos años ya se había convertido en un delantero que rompía redes en clubes como el Hapoel Asdod, el Gadna Yehuda, el Bnei Yehuda, el Hapoel de Tel Aviv y el Maccabi Haifa. Y, desde ahí, el camino que tuvo que recorrer hasta llegar al Celta de Vigo no sería muy largo. “Nunca podré olvidar la primera vez que aterricé en Vigo. Al poner los pies en el suelo, me quedé mirando a mi alrededor y pensé: ‘Dios, ¿dónde estoy? ¿Adónde he ido a parar?'”.
Aunque eras muy popular en Israel, en España no sabían nada de ti.
Cierto. Al principio, en España pasaba desapercibido y, además, la cobertura que se hacía de los partidos del equipo era relativamente modesta. Aparecí por primera vez en los medios nacionales antes de jugar en casa contra el Real Betis, en la cuarta jornada de Liga [octubre de 1996], en la víspera del Yom Kipur [el día más sagrado para los judíos en todo el mundo. Según los mandamientos de la Torah, es obligatorio el tormento del alma. Los judíos, ese día, entre otras cosas, evitan comer y beber]. Cuando supe la fecha en la que se disputaba, informé al equipo de que solo podría jugar si el encuentro terminaba antes de que se iniciara el ayuno del Yom Kipur. Y a partir de ahí empezó todo el ‘festival’. Primero, el Celta se ofreció a mandar una carta al rabino pidiendo permiso para jugar. Le expliqué que eso no era posible. Finalmente, me dijeron que el partido empezaría una hora antes por mí, y la prensa se hizo eco del asunto y me dio protagonismo. De pronto, todo el mundo en España sabía lo que era el Yom Kipur: vi que en los periódicos entrevistaban a hebreos de Madrid, hablaban sobre el día sagrado para los judíos en el que no está permitido hablar ni beber; y me llevaron hasta ciudades cercanas para fotografiarme junto a sinagogas. La noticia generó bastante ruido y entusiasmo, y por un momento fui el centro de atención. Los vigueses son la gente con más amplitud de miras que he conocido. Allí cualquiera puede tener sus creencias y vivir como quiera. Lo que pasó no hizo más que enseñarme lo abiertos que son. El ambiente respecto al Yom Kipur fue bueno y positivo, y me llegó al corazón. Al final, jugué el partido, pero perdimos 0-2. Llegué a casa unos minutos antes de que empezara el ayuno; comí en el coche, de camino a mi domicilio.
Parece que la actitud de la prensa española hacia ti cambió desde aquel caso.
Totalmente. Casi al mismo tiempo establecí una relación estrecha con Elías Israel, que en aquel entonces era periodista del diario MARCA, del que sería director. Una tarde, me llamó y se presentó como un judío que vivía en Madrid, y se ofreció para lo que me hiciera falta. Israel, un hombre encantador, cubría los partidos para el Yedioth Ahronoth, entonces el periódico más popular de mi país, y se acabó convirtiendo en un amigo íntimo. Nos enseñó Madrid, nos presentó a su familia e incluso a un carnicero judío. Escribió artículos en MARCA en los que hablaba bien de mí, lo que me puso en el imaginario de los aficionados españoles.
¿Cómo era tu relación con el equipo?
Durante mi segunda temporada en el Celta, justo antes del parón navideño, estábamos en nuestro momento más dulce de forma. Era el mejor equipo en el que había estado hasta aquel momento. Jugábamos de memoria; en el campo, siempre teníamos claro dónde estaba cada compañero. Sabía dónde estaba Mazinho, él sabía dónde estaba Karpin… Quién estaba lejos y quién estaba cerca… Éramos una auténtica máquina de jugar al fútbol. Cada uno sabía cuál era su trabajo y nadie se salía del guion. Javier Irureta demostró ser un técnico excepcional, lo tenía todo controlado. No es de extrañar que luego ganara la Liga con el Deportivo de La Coruña. Es uno de los mejores entrenadores que he tenido. Me sentía muy cómodo junto a él, no discutimos nunca y jamás me levantó la voz. Un técnico perfecto.
¿Cómo eran las cosas fuera del campo?
A diferencia de mi etapa en Turquía, en Vigo me llevaba mejor con los extranjeros. Mazinho, Claude Makélélé, Mostovói, Karpin… Cuando hacíamos un rondo de cinco contra dos, el único español que se unía a nosotros era Míchel Salgado. Éramos seis o siete jugadores que estábamos siempre juntos. Y los técnicos no lo pasaban por alto. Nos hicimos más fuertes. Por un lado, estaban Alexandr Mostovói y Valery Karpin, que sobre el terreno de juego parecían tipos duros y efervescentes, pero eran gente tranquila fuera de él. Junto con Mazinho, formábamos un grupo unido y feliz. Mi mujer se hizo buena amiga de las suyas. Vivíamos a cinco minutos en coche los unos de los otros, comíamos juntos, los niños iban a las mismas guarderías, nos encontrábamos casi cada tarde y la hija de Karpin era la mejor amiga de la mía. Era muy divertido: precisamente en Europa, que desde la distancia parece fría e intimidante, conocí a un grupo maravilloso de futbolistas y personas.
¿Había tensión competitiva entre Mostovói y tú?
En absoluto. Al contrario. En primer lugar, él era la estrella. Por eso lo ficharon. Yo llegué porque me vieron en una cinta de vídeo marcando goles con el Maccabi Haifa. No había lugar a dudas.
¿Y con Karpin?
Valery Karpin era mi colega. Recuerdo que, a veces, cuando volvía de jugar con la selección de Israel, el entrenador, creyendo que estaría cansado, no me ponía en el once titular. Al descanso, en el vestuario, Karpin se levantaba, miraba al técnico y le gritaba, enfadado: ‘¡Ya está bien! ¡Pon a Revivo! ¡Hazlo entrar! ¡Que juegue! Vamos a hacer el fútbol que nos gusta’.
La vinculación entre los futbolistas extranjeros se mantuvo incluso cuando dejaron de jugar juntos. “La conexión más fuerte la tenía, de hecho, con los hijos de Mazinho, Thiago y Rafinha”, recuerda Revivo. “Los conozco a ambos desde que eran niños. Me quedaba con su padre después de las sesiones preparatorias y les entrenábamos usando unos conos. Unos diez años más tarde, volví a Barcelona con mis hijos y visité el entrenamiento del Barça. Les miré, me vieron, y me fijé en que, desde la distancia, hablaban entre ellos como diciéndose: ‘¿Es Revivo? ¿Es él?’. Les sonreí y, por lo visto, reconocieron mi sonrisa. De pronto, dejaron el entrenamiento y arrancaron a correr hacia mí, dando saltos y abrazándome. Fue un momento muy emocionante”.
El éxito en Vigo le había abierto las puertas de los dos grandes del fútbol español: “Estuve más cerca del Barça; de hecho, ya había firmado por ellos. Pero antes ya me había llamado John Toshack, que entonces entrenaba al Real Madrid, para ofrecerme fichar por su equipo. Aunque el entonces presidente del Celta, Horacio Gómez, no lo aprobó. Lloré en mi cama durante semanas. No podía dormir de frustración. Deseaba marcharme al Real, y Gómez lo había impedido. Desde ese momento dejé de hablarle, no se lo perdoné”. Su traslado a la Ciudad Condal acabó igualmente frustrado. “Una semana antes de jugar un encuentro contra el Barcelona, los periódicos volvieron a publicar que la temporada siguiente iba a marcharme al Barça. El día del partido, cuando salí al terreno de juego de Balaídos, Luis Figo y Rivaldo se me acercaron y me dieron palmadas en la espalda. Rivaldo me abrazó y me dijo: ‘¿Así que la temporada que viene estarás con nosotros?'”, cuenta Revivo, que aclara que le dijo “la verdad” al brasileño: nadie había hablado con él al respecto. “Pero él me contestó: ‘Está cerrado, el año que viene estarás en nuestro equipo’. De pronto, apareció Louis van Gaal, y mantuve una conversación con él, sobre el césped de Balaídos, delante de las cámaras de televisión y de los periodistas. La imagen apareció al día siguiente en todos los programas deportivos y en toda la prensa escrita”, indica el exdelantero, que detalla su charla con el holandés: “Me preguntó qué perspectivas tenía en mi carrera. Quería saber hasta qué punto estaba motivado a marcharme, y cuál era mi predisposición mental para jugar en el Barcelona. Al acabar, me dijo que quería que jugara para él la temporada siguiente”.
¿Y qué falló?
Unas semanas más tarde, un representante del Barcelona llegó a un hotel de Vigo y firmó un acuerdo con Richard Dutruel y conmigo. Pero luego las cosas se complicaron: el presidente del Barça, Josep Lluís Núñez, dimitió. Y con él, Van Gaal, el entrenador que me quería. Joan Gaspart le prometió a mi agente que, si era elegido presidente, yo jugaría en Barcelona, pero luego vino una oferta de 2,7 millones de dólares del Fenerbahçe. Lo que iba a ganar en Barcelona en tres años lo cobré en Turquía en una temporada.
ESTAMBUL, ENTRE DOS AGUAS
¿Te daba miedo ir a Turquía, siendo judío?
Sí. Era una gran preocupación. Hasta que firmé no me di cuenta de que iba a ser un judío que viviría y trabajaría en un país musulmán. Estaba muy asustado. Sí que tenía un buen salario, pero, al final, tenía que rendir sobre el campo. Pero todos los miedos se disiparon cuando aterricé en Estambul y ya desde el avión vi una marea amarilla y azul esperándome en el aeropuerto, animándome y coreando mi nombre.
“Estuve más cerca del Barça; de hecho, ya había firmado por ellos. Pero antes ya me había llamado Toshack, que entonces entrenaba al Madrid, para ofrecerme fichar por su equipo. Aunque el entonces presidente del Celta, Horacio Gómez, no lo aprobó”
Revivo llegaba a uno de los clubes más laureados de Turquía, pero el Galatasaray llevaba cinco años saliendo campeón. “Llegué para liderar al Fenerbahçe, lo cual significaba cargar con un gran peso sobre mis espaldas. Los inicios, en lo deportivo, fueron complicados, me lesioné y me vi relegado al banquillo. El cambio se produjo cuando nos enfrentamos al Galatasaray en la copa. Volví al equipo, el entrenador me nombró capitán y todo fue distinto. Marqué en aquel encuentro, además de dar tres asistencias, y ganamos en los penaltis. Desde entonces, no me perdí un solo partido”, recuerda. La conexión con Turquía también derivó en una relación estrecha con los jugadores locales. “A diferencia de lo que ocurría en España, en Turquía pasaba más tiempo con los turcos, especialmente Ogün Temizkanoglu y Rüstü Reçber. Enseguida me di cuenta de que también controlaban los medios de comunicación. Por ejemplo, si había un extranjero que no les gustaba, lo anulaban en el vestuario y en la prensa”, reconoce Revivo.
En el ‘Fener’ ganaste tu primer y único campeonato.
Los años en el Fenerbahçe fueron mágicos. Nunca olvidaré el título de liga y la actuación que tuvimos en la fase de grupos de la Liga de Campeones, la siguiente temporada. Fue la primera liga de mi carrera, y me convertí en el primer israelí que jugaba y marcaba en la Champions League. Me trataron de forma maravillosa, pero llegados a cierto punto, algo empezó a ir mal. No siempre me pagaban cuando debían, y en lo futbolístico, conseguíamos menos resultados. Cuando el Galatasaray se interesó por mí, me dije que no podía hacerle algo así al ‘Fener’. Pero, estando en casa, me fijé en mi familia y reflexioné: ‘¿qué es más importante, la familia o el fútbol?’. Mi hijo mayor, Bar, acababa de empezar el primer curso en el colegio británico de Estambul, y yo pensaba: ‘¿voy a llevármelo a otro país, con otro idioma, a otra casa?’. Prefería quedarme en Turquía. Llevaba ocho meses sin cobrar. Pedí una renovación de contrato o que me pagaran inmediatamente. De otro modo no iría a entrenar. El ‘Gala’ se comprometió a pagarme el dinero que me debía el ‘Fener’, además de un contrato de dos años y medio.
— Elche Club de Fútbol (@elchecf) September 2, 2026
Roy Revivo, el hijo de Haim, ha fichado este verano por el Elche CF
Aun así, medio año después Revivo decidió dejar el país otomano, regresar a Israel y, poco después, se retiró del fútbol. “Lo estaba pasando mal. No podía salir sin que me siguieran o me fotografiaran. Estaba bajo presión. Había llegado la hora de volver”.
¿Qué es lo que no te gusta de ser conocido?
Durante años no he concedido entrevistas porque no tenía ningún interés en ser famoso. Hace un tiempo, el bien era el que dirigía el mundo. Para mí, hoy está dominado por la maldad, por lo que, desde mi punto de vista, ser famoso es algo negativo, no positivo.
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Fotografía de Getty Images.



