A lo largo de la vida, todos y cada uno de nosotros, en algún momento, debemos tomar una serie de decisiones. Obviamente, unas serán más sencillas que otras. La mayoría son consideradas de una forma u otra insignificantes, puesto que decidimos pequeñas tonterías como con qué ropa nos vestiremos hoy o qué película tocará mirar la noche del sábado. Por otro lado, existen otras que implicarán un cambio radical en nuestras vidas, decisiones a partir de las que nuestro estado anímico puede variar durante tiempo, como dejar atrás a los compañeros de clase para empezar de nuevo en otro lugar. Para tomar esta serie de decisiones, por intrascendentes que sean, se necesita valor, coraje, ánimo, fuerza, brío, ímpetu o como queráis llamarle. 

Hoy en día, no todo el mundo tiene la capacidad de sobreponerse a las adversidades dando un paso adelante, dejando atrás los miedos e inseguridades y dando un puñetazo en la mesa para silenciar a los que dudaban de ti. En el mundo del fútbol pasa exactamente lo mismo. El éxito de un futbolista se decide en un pequeño instante, suficiente espacio de tiempo para tomar una decisión; chutar o no chutar, correr o quedarse quieto… Sin la confianza necesaria, el planeta puede convertirse en un sitio peor que la cárcel donde estuvo encerrado Buffalo Bill en El silencio de los corderos.

Que se lo pregunten sino a Sandro Ramírez. El delantero canario del Valladolid pasó 710 días sin anotar un solo gol. Extraño en los delanteros, que suelen vivir del rédito que les da perforar las redes rivales. Y es que el factor suerte puede jugar también malas pasadas. Un jugador puede tener una gran actuación, entendiendo perfectamente lo que pide de él su entrenador en las cuestiones tácticas. O acoplarse a las mil maravillas tras los movimientos y órdenes de los compañeros. El hecho de jugar bien no garantiza el éxito, puesto que pequeños errores en la finalización pueden penalizar al conjunto, y aún más al estado anímico del jugador. 

La agonía que genera el fallar de manera consecutiva, pese al ánimo de compañeros, amigos, familia e incluso el público, origina lamentos, gestos de incredulidad y, también, frustración. Hay muchísima gente que siente con mucha fuerza los colores de su conjunto, y como consecuencia, se implican de manera muy emocional en algunos encuentros, a veces excesivamente. Este comportamiento traducido en pitidos, insultos, violencia y situaciones poco agradables que vive el futbolista en el terreno de juego, genera una ansiedad que afecta directamente al desarrollo del propio jugador en el partido.

 

Sin la confianza necesaria, el planeta puede convertirse en un sitio peor que la cárcel donde estuvo encerrado Buffalo Bill en El silencio de los corderos.

 

¿Nadie recuerda a Malcom rompiendo a llorar tras anotar su primer gol en Liga de Campeones frente al Inter? Tras fichar por un gran club a nivel mundial como el Barça, se encontró con un tipo de ostracismo ilógico, puesto que el joven brasileño trabajaba como el que más para poder ganarse no un sitio en el equipo, sino al menos una oportunidad para demostrar si tenía la suficiente valía o no para defender los colores azulgranas. El tiempo demostró que el carioca no fue bien tratado en Barcelona y así lo reflejó su juego, cohibido, distinto al que solía practicar en Burdeos, antes de llegar al Camp Nou.

La autoestima respecto a las habilidades de cada uno juega también un papel muy importante en el desarrollo del futbolista. En gran parte, suele ocurrirles a futbolistas jóvenes a quienes se les da la oportunidad de hacer las primeras apariciones en el panorama profesional. Es negativo que haya un exceso de ‘prepotencia’ en torno al dominio del balón y, también, que exista el temor o pánico frente a las circunstancias que se van a afrontar. Debe haber un equilibrio entre lo que el futbolista puede dar y las posibilidades que este cree que posee.

Tenía ataques de ansiedad, pero al fútbol no le interesó”, relataba Bojan Krkic en el periódico británico The Guardian, demostrando así que las altas expectativas puestas sobre su figura pudieron con él y, como consecuencia, le provocaron graves problemas psicológicos.

Sin duda alguna, en el mundo del balompié no hay nada más valioso que la confianza. Soñar. Ilusionarse. Creer que todo va a salir bien. Existen miles de maneras para hacer disminuir la presión que lleva sobre los hombros un futbolista. Entre todos debemos colaborar, puesto que son personas normales como nosotros, que intentan hacer lo mejor que pueden su trabajo. A ciencia cierta, el fútbol se rige por una premisa básica, el estado de ánimo.

 


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Fotografía de Getty Images.