A la sombra de Puskás, Kocsis o Czibor hacía un frío del carajo. Por eso, hasta hace dos días, cuando un aficionado húngaro se daba media vuelta para contemplar los lujos del pasado, del cuello le nacía un crujido estremecedor. Hacía demasiado tiempo que nadie lubricaba las bisagras del fútbol magiar. Ya iban tantos años en la penumbra (este mismo mes se cumplirá el 62º aniversario del ‘Partido del Siglo’, ese duelo en el que la intrépida Hungría derrumbó por primera vez el murallón de Wembley), que el sabor de la derrota amenazaba con perpetuarse. Aclimatarte a las penas cotidianas que acompañan a una selección mediocre duele lo suyo. Pero tener que familiarizarte con esa cruda realidad habiendo descubierto en otra época a qué huele el Edén, directamente, te parte el corazón.

Hungría buscaba desesperadamente una hoguera en la que poder acercar de nuevo las manos, como todos hacemos cuando el invierno se nos está haciendo demasiado largo. Dio con ella en Oslo, curiosamente, tierra de nevisca y fiordos helados. Allí le pegó el primer mordisco a una repesca que este domingo remataría en el Groupama Arena de Budapest. Noruega, la Noruega glacial, ha servido a modo de víctima para el inicio de la redención de los húngaros, por fin decididos a desperezar su historia. El terreno perdido que tienen delante no es poca cosa: el combinado nacional no asiste a la fase final de un torneo de gran calado desde hace 30 años.

Dzsudzsák, Gera o Priskin ponen el perejil del círculo central hacia arriba, pero nadie duda que la fuerza de la remozada Hungría se construye sobre Király, cuyos pantalones, largos y fofos, son una bravata al fútbol moderno

Ahora nadie debería esperar que el grupo que entrena Bernd Storck, técnico germano que no lleva mucho en el puesto, parta la pana en los estadios franceses. La selección húngara vuelve a la primera línea de fuego, sí, pero lo hace con calzado de cenicienta y favorecida, en parte, por el inédito cuadro de la próxima Eurocopa, que pasa a estar nutrido por 24 equipos (antes eran 16). Hazaña suficiente, de momento, para Viktor Orbán, primer ministro del país, al que el periodista Juan L. Cudeiro define como “un populista que levanta vallas ante los refugiados y las tumba cuando llega un balón”. Aficionado al juego de la pelota, y melancólico de las epopeyas de antaño, Orbán ha invertido más de 500 millones de euros en levantar y remodelar estadios de la liga de su nación con la misma autoridad con la que ha recortado el gasto público en Sanidad o Educación.

Aunque si hay un rostro que conecte especialmente con el despertar futbolístico de los magiares este es sin duda el de Gábor Király, cancerbero titular del conjunto a los 39 años. Sus reflejos, propios de los de un juvenil, se han echado del grupo a la espalda en el doble envite decisivo contra los nórdicos. Balazs Dzsudzsák, Zoltan Gera o Tamás Priskin ponen el perejil del círculo central hacia arriba, pero nadie duda que la fuerza de la remozada Hungría se construye sobre su candado, Király, cuyos pantalones, largos y fofos, son una bravata al fútbol moderno.

Precisamente bajo la apariencia arcaica y desfasada del guardameta se esconde el humilde tributo que los futbolistas de Storck le están rindiendo estos días a la estirpe de héroes que marcaron su pasado. Nombres, los de Puskas y compañía, a los que daba tanto placer ver corriendo detrás de un balón como pronunciarlos en la sobremesa del domingo.