En mayo de 2009 el Barcelona profanó el Santiago Bernabéu con un cambio de fichas que marcó un antes y un después en el esquema del equipo y en el fútbol mundial. Pep Guardiola desplazó a Samuel Eto’o al costado diestro del ataque y situó a Leo Messi en el centro, más cerca de la sala de máquinas. El resto es historia. Pero aquello no fue una invención del técnico de Santpedor. Al final, él solo fue, y es, un ladrón de ideas, como se definió a sí mismo, en busca de la constante evolución de sus plantillas. Lo de situar a un ariete mentiroso ya lo habían visto antes en el Camp Nou, de la mano de Johan Cruyff, con Michael Laudrup por el centro para que fueran los hombres de banda quienes aparecieran frente al arquero a base de tirar diagonales. También en el estadio del Real Madrid se observó algo parecido mucho tiempo atrás, cuando las Copas de Europa caían una detrás de otra entre mediados y finales de los 50. Y en ese caso, las funciones de delantero sin alma de ariete puro recaían sobre Alfredo Di Stéfano. Aunque aquello tampoco fue el inicio. Para descubrir el origen del falso ‘9’ hay que tirar unos pocos años más atrás y coger billete en dirección a Wembley, al Partido del Siglo, con previo paso por la Hungría de principios de la década de los 50, la de los ‘magiares mágicos’, y centrarse en la figura de Nándor Hidegkuti.

Quizá su nombre no traiga tantos recuerdos como los de sus compañeros de ataque. Aquí, al menos en el fútbol español, Ferenc Puskás, Zoltán Czibor o Sándor Kocsis gozan de mayor cartel; probablemente, casi seguro, por haber jugado en nuestra liga. Él, Hidegkuti, en cambio, nunca salió de la liga húngara. Sus primeros pasos los dio en el modesto Elektromos y en 1945, con 23 años, dio el salto al que por entonces era el equipo más potente de su país, el MTK Budapest, donde permaneció hasta 1958, cuando llegó el momento de cambiar las botas por la pizarra.

Si por algo se recuerda su figura más allá de las fronteras húngaras es porque formó parte de aquella Hungría que, pese a no poder alzar el Mundial de Suiza’54 tras caer inesperadamente en la final ante Alemania en el recordado eternamente como Milagro de Berna, fue una de las tantísimas campeonas sin Copa del Mundo que nos ha dejado el fútbol a lo largo de toda su existencia. Con un juego alegre, divertido, combinativo y demoledor, encandilaron a propios y extraños, a húngaros y foráneos; pues fueron unos avanzados en su tiempo y sentaron las bases del fútbol que se practicaría en Europa en las siguientes décadas, siendo el preludio del ‘Fútbol Total’ de Rinus Michels.

De entre las tantísimas exhibiciones que dejó aquella selección, hay una que entró por motivos evidentes en los anales de la historia del fútbol. Fue el 25 de noviembre de 1953. Contra Inglaterra. En la catedral del fútbol mundial, en Wembley. Era un amistoso, pero también un partido por el honor. Los inventores del fútbol, reticentes ellos en creer en un modo de entender el juego que no fuera el suyo, contra los vigentes campeones olímpicos en Helsinki’52. Inglaterra no conocía la derrota como local ante ninguna selección de fuera de las Islas Británicas; Hungría acumulaba 24 partidos consecutivos sin morder el polvo. El espectáculo estaba garantizado. Y Gustav Sebes, el seleccionador húngaro, tenía preparado un as en la manga para despedazar la defensa inglesa y, de paso, para dar una lección a una Inglaterra balompédica reacia a reconocer que, por más que ellos inventaran el juego, la evolución se estaba dando lejos de sus fronteras.

 

Mientras los rivales se volvían locos, él regaló a los amantes de este deporte la primera exhibición de un delantero que era de todo menos un ariete al uso

 

Hungría salió al césped de Wembley situando en su delantera de cinco hombres a Budai, Kocsis, Hidegkuti, Puskás y Czibor. Pero era mentira. El plan de Sebes pasaba por retrasar unos metros la posición del teórico delantero centro, Hidegkuti, para acompañar a Bozsik y Zakariás en la medular. Con aquel movimiento, se cargó en la cuna del deporte rey el esquema por antonomasia del fútbol inglés, la formación conocida como WM.

Los ingleses no las vieron venir en todo el partido. Antes del primer minuto de juego, Hidegkuti ya había metido el primero. A la media hora, el marcador señalaba un doloroso y humillante 1-4, con un gol de Sewell para poner las tablas en el marcador antes de que Hidegkuti y Puskás, por partida doble, sentenciaran el choque en apenas 30 minutos. Al descanso se llegó con un 2-4 y, tras el entretiempo, Bozsik y Hidegkuti aniquilaron a los ingleses antes de que Alf Ramsey camuflara el destrozo con un tanto de penalti. El denominado Partido del Siglo, uno entre los tantos duelos que ha recibido esta etiqueta, concluyó con un aplastante 3-6 a favor de los húngaros, pero más allá del resultado, si hubo un protagonista por encima del resto, además de por sus tres goles, ese fue Nándor Hidegkuti.

El atacante del MTK Budapest, seguramente sin saberlo, revolucionó aquella noche el fútbol con su actuación. Harry Johnstone y Billy Wright, centrales de la selección dirigida por el ilustre Walter Winterbottom, fueron incapaces de entender cómo defender a un Hidegkuti que aparecía y desaparecía de la referencia de ataque a su antojo. No sabían si saltar a por él o dejarle libre. Combinaba a la perfección con Bozsik y Zakariás y dejaba espacios a la espalda de la zaga para el resto de atacantes húngaros, a quienes no paraba de filtrar balones. Uno detrás de otro, regalo tras regalo. Y mientras los rivales se volvían locos, inoperantes a la hora de detectar por dónde se presentaría, él regaló a los amantes de este deporte la primera exhibición de un delantero que era de todo menos un ariete al uso. Fue el primer falso ‘9’ de la historia.

Meses después de aquello, los ingleses, heridos, reclamaron una revancha. Tendría lugar en Budapest y volverían a quedar retratados. Esta vez el marcador lució un apabullante 7-1. El fútbol había cambiado para siempre.

 


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Fotografía de Getty Images.