Planteamiento, nudo y desenlace. En una de esas clases de lengua y literatura, la profesora de la escuela determinó cuales eran las tres fases de una narrativa. Por aquel entonces, ni siquiera extrapolé aquella cadena de palabras a lo que es la vida misma. La capacidad de un estudiante de secundaria no está preparada para asimilar aquella analogía. Y, sin embargo, años más tarde uno entiende que cuando atendí a aquella lección, yo no era más que un planteamiento. Hoy, con el nudo lejos de deshacerse, el desenlace se antoja lejano. Al final nos quedar entender que somos la suma de todas las historias -breves y no tan breves- que vivimos en nuestro día a día. Y también que, tarde o temprano, culminarán en su punto y final. Pero, ¿cómo acaba una buena historia? Si vale la pena, entre lágrimas. Como la de Anita Pádár.

España se verá las caras esta próxima noche frente a Hungría en uno de esos encuentros programados en el parón de selecciones. Con la vista puesta en la Eurocopa del próximo verano, las futbolistas de Jorge Vilda buscarán avanzar un pasito más en ese nuevo objetivo de clasificarse para la Copa del Mundo que se celebrará dentro de un par de años. Saltarán al césped, jugarán el encuentro, anotarán media docena de goles -si siguen en la línea de los últimos partidos- y se marcharán satisfechas al túnel de vestuarios. Alabaremos el juego de las nuestras y el marcador no nos sorprenderá demasiado. También diremos eso de “Hungría no está, hoy en día, a nuestro nivel”, a pesar de que siempre hayamos perdido contra ellas. Claro que, de esas derrotas, ha llovido bastante.

Hungría, cuya historia, a pesar de latente y existente, está vacía de éxitos. Jamás, desde que debutasen con victoria por 1-0 frente a la Alemania Federal en 1985, el país dividido por el Danubio ha logrado clasificarse para un Mundial. Tampoco para ninguna Eurocopa. Y sin embargo, uno de sus mejores capítulos lleva el nombre de la futbolista presentada en el primer párrafo. Anita Pádár comenzó a sortear rivales y perforar porterías cuando muchas de las futbolistas de nuestra selección todavía no habían conocido este mundo. A sus 42 años, la exjugadora nacida en Karcag todavía se deja ver por la banda del MKT Hungária cuando juega su equipo. Ya no viste de corto y los ojos se llenan de recuerdos al ver a sus sucesoras.

 

Entre 1998 y 2015, Anita Pádár fue la máxima goleadora de todas y cada una de las temporadas. En ese periodo se registraron, bajo su nombre, un total de 567 dianas

 

Es, como no podía ser de otro modo, la máxima representante de su selección y ha vestido la camiseta de su país en 126 ocasiones. También es la futbolista que más veces ha visto puerta, con 43 dianas. Así pues, lo que para Hungría es su mejor capítulo, para Pádár es toda su historia. Una que comenzó en 1993, 28 años atrás, en las filas del Szolnoki. Anita aterrizó muy joven en el fútbol femenino. Apenas había cumplido 14 años. Y, sin embargo, muy pronto comenzó a llamar la atención de los grandes clubes de la competición doméstica. Maletas a cuestas y, al año de llegar, se marchó al László Kórház, por aquel entonces campeón de liga. Durante dos años, sus goles se tiñeron con los colores del equipo de Ferencvaros. Allí, en su primer curso, también conoció la sensación de levantar un título y sentirse campeona.

Tras aquella etapa, tuvo un periplo de un año en el Iris antes de regresar al László Kórház. Tres cursos más cargados de goles y títulos antes de poner rumbo al Renova. Solo duró una temporada. El Femina de Budapest apostó por ella y Anita hizo de la capital de Hungría, su hogar. Once temporadas defendiendo el rojo de la casaca y el escudo de la capital. Por último, tras todos esos años, decidió emprender una última aventura en el MKT Hungária. Cinco años donde también se convirtió en heroína. El caso es que, bajo todo este contexto, se esconde la verdadera historia futbolística de Pádár. Una que lleva el gol por bandera.

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‘Spanci’, como se la conoce en su tierra, fue una ganadora nata. Entre 1994 y 2014, levantó 12 títulos de liga. Campeonatos que, hasta en cinco ocasiones fueron dobletes tras ganar también la copa de su país. Un trofeo con el que se abrazó seis veces. En total, 18 títulos de los que ella fue protagonista. Y es que, entre 1998 y 2015, Anita Pádár fue la máxima goleadora de todas y cada una de las temporadas. En ese periodo se registraron, bajo su nombre, un total de 567 dianas. Una cifra que, teniendo en cuenta los anotados en copa, selección y temporadas en las que no acabó en lo alto de la tabla de goleadoras, se acerca a los 700.

 

En 2016 se podría haber desbordado el Danubio a la altura de Budapest con el adiós de su mejor jugadora. Porque la historia es finita, sí. Pero también puede ser inolvidable

 

De sus botas se caían los goles. De sus remates llovían cientos de celebraciones. Su cuento se forjó con la eficacia de sus remates. Sus páginas se redactaron con cada uno de sus títulos. Y, sin embargo y a pesar de sus números, jamás salió de Hungría. Toda su historia futbolística se vivió en el país de la Europa del este y tan solo queda conjeturar qué hubiese sido de la futbolista más importante de la nación si su equipaje hubiese cruzado las fronteras. Quizás no hubiese sido la goleadora en la que se convirtió. Puede ser que otras competiciones le viniesen grande. O, por el contrario, igual su nombre ahora estaría entre las futbolistas históricas que precedieron a las actuales generaciones. El caso es que, sea como sea, esas suposiciones se quedaron lejos de su guion.

Hoy, la selección de los magiares saltará al césped del Hidegkuti Nándor Stadion de Budapest. Enfrente tendrán a un combinado que las supera en todos y cada uno de los aspectos. ¿Una nueva derrota? ¿Una nueva resignación? La historia de la selección húngara no es muy halagüeña, por el momento. Pero quién sabe. De esta salió un capítulo tan maravilloso como el de la delantera húngara. Hoy, sin embargo, ya no estará Pádár, cuyo baile se detuvo cinco años atrás. Cuya música agotó todos los acordes posibles antes de apagarse. Cuyas botas siguieron empeñadas en saltar al verde hasta que se descosieron. E igual, cada fin de semana, repetían eso de “uno más y lo dejo”. Hasta que ya no hubo más sábados ni domingos.

Es imposible eternizar una historia. Hay planteamiento. Hay un nudo. Y, cuanto más memorable ha sido la historia, más lágrimas corren mejilla abajo en el desenlace. Así fue el suyo. Subió a la palestra y anunció, con la emoción a flor de piel, que ya no había más páginas por escribir. En 2016 se podría haber desbordado el Danubio a la altura de Budapest con el adiós de su mejor jugadora. Porque la historia es finita, sí. Pero también puede ser inolvidable. ‘Spanci’ tiene cerca de 700 motivos para que sea por siempre recordada.

 


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Fotografía de Imago.