No pudieron los rivales. No pudo la presión. No pudieron las lesiones. No pudo el azar. No pudieron las comparaciones. No pudo la fama. No pudieron los títulos. Nadie pudo contra él. O casi nadie. Quedaba un enemigo, el más universal y despiadado que existe, y a ese también lo ha acabado tumbando. Con Messi ya no puede ni el tiempo. Era el monstruo del final del juego. Y le está pegando un baño de época. 39 años, un país entero encerrado en su pecho, un equipo que va a la guerra por él, dos asistencias antológicas, otra final de la Copa del Mundo. La historia de Messi no la podrían haber escrito mejor Hemingway, Faulkner o Shelley. Normal: no eran Messi. Hay sitios a los que no llega ni la imaginación. Esta Argentina es uno de ellos. Este tipo es uno de ellos. Durante años, se especuló con el último tramo de su carrera como si se tratara de material clasificado. Después de tanto tiempo, enfrentarse a su adiós era adentrarse en territorio desconocido. ¿Cómo sería su versión previa a la retirada? Cada uno la dibujaba a su manera: un mediocentro pasador, un amuleto para las segundas partes, un consejero para los jóvenes, una leyenda en la enfermería. Ninguno acertó. Y no es extraño. La verdad es que la opción que se ha acabado imponiendo era la más descabellada. Messi ha decidido despedirse siendo Messi. Esto es: brillando, ganando, liderando, marcando, trascendiendo. Misma introducción, mismo nudo y mismo desenlace. Eternamente Messi. La vida nos enseñó que todo se marchita, hasta que vino él y volvió a cambiar las reglas. No pudo la física. No pudo el sentido común. No pudo la lógica. Con Messi, en definitiva, no han podido ni nuestros propios miedos.
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Fotografía de Getty Images.


