Transcurridas las jornadas de partidos clasificatorios para el Mundial de Brasil, los aficionados al fútbol noruego se han quedado con un sabor agridulce. La última derrota ante Albania no entraba en los planes y obliga al combinado ‘vikingo’ a ganar los próximos duelos del grupo si quiere acceder a la repesca. Pero que no cunda el pánico. Tal vez el destino tiene reservado a los noruegos un nuevo capítulo para su baúl.

Adolf Hitler siempre tuvo una necesidad imperiosa de demostrar que todo lo que le pertenecía era superior a las posibilidades ajenas. Por este motivo, esa tarde canceló su presencia en las pruebas de remo, en las que su combinado alemán también era gran favorito, y se marchó resignado antes de tiempo. Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 eran el escaparate perfecto para exhibir la supremacía de su legión al mundo, y no estaba para más disgustos. Horas antes había vivido un auténtico baño de nervios sentado al lado de Goebbels en las gradas del Olympiastadion. Era la primera ocasión en la que el Führer asistía en directo a ver un partido de fútbol, y el cuadro teutón cayó estrepitosamente sin poder obtener el billete para las semifinales.

Los noruegos fueron los ejecutores de aquella ‘ofensa’. El enfrentamiento acabó 0-2, y mientras por un lado se escribía uno de los capítulos más frustrantes de la representación anfitriona en la competición, en el bando vencedor se registraba el primer recuerdo de muchos, algunos tan heroicos como fugaces.

La historia del combinado ‘vikingo’ ya detonó en sus inicios un estampado a juego entre la dificultad y la proeza. La Federación Noruega de Fútbol se fundó en 1902, a remolque del resto del Viejo Continente, que ya hacía años que se beneficiaba del tremendo impacto que causaba en la masa el balompié. Los trámites para la configuración de su escuadra nacional no se concretaron hasta seis primaveras más tarde, aunque las secuelas de un inicio abrupto no se acabaron aquí. Precisaron de diez años y 27 derrotas seguidas para ganar su primer partido. Un largo periodo de tiempo provocado en gran parte por el regusto regional que desprendía su imberbe plan de desarrollo y por el escepticismo causado al observar a escasos kilómetros hacia el oeste cómo el fútbol en Inglaterra ya prácticamente se había convertido en una cuestión de estado.

Si seguimos resiguiendo el escorzo que ha dibujado la trayectoria futbolística de Noruega hasta el momento, alcanzamos dos puntos de inflexión. El primero, en la jornada inaugural de los Juegos Olímpicos de Atenas de 1920, cuando se impusieron ante sus avanzados vecinos británicos con dos goles de Einar Gundersen. Ese partido sirvió para colocar a la selección por primera vez en el mapa balompédico mundial y para elevar la figura del bigoleador del choque a icono nacional.

LOS FELICES AÑOS 90

La segunda evocación es algo más próxima, data de 1998, durante el transcurso del Mundial de Francia. Después de sumar dos empates en sus dos primeros enfrentamientos, los noruegos tuvieron que jugarse la clasificación a la siguiente ronda en el tercero. Y allí esperaba Brasil, el rival más temido de los torneos continentales, y que a la postre saldría subcampeona de la competición. “No sé porque teníamos tanto miedo. Para nosotros, cuanto más difícil fuera, mejor“, rememora un aficionado que presenció el choque. Y sus ‘vikingos’ le dieron la razón volviendo a lograr lo imposible. 1-2, sorpresa monumental y una estadística todavía hoy vigente: es la única nación que ha disputado un partido con la ‘canarinha’ sin perderlo. También es verdad que -pensarán algunos- mejor no intentarlo de nuevo…

[quote]Noruega es a día de hoy la única nación que ha disputado un partido con la ‘canarinha’ sin perderlo. En el Mundial de 1998, los ‘vikingos’ sorprendieron a Brasil por 1-2[/quote]En su particular obra de trazos cortos e indefinidos, la década de los 90 es quizás el periodo más estable que se le recuerda al fútbol internacional noruego. De las tres únicas apariciones que registran en los Mundiales, las dos últimas se produjeron durante esos diez años. Con Egil Olsen y su fama de extremo metódico mandando desde el banquillo, y los hermanos Flo y el incombustible Solskjaer llevando las riendas del equipo.

Pero como en todo relato, éste también tiene su propio antihéroe: Italia. Los aficionados escandinavos tiemblan cada vez que oyen hablar de la azzurra. Hasta tres eliminaciones registran los noruegos por parte del combinado transalpino. Dos derrotas en los octavos de final del Mundial de 1938 y el de 1998; y una tercera en la fase de grupos del Mundial de 1994 (que, a la postre, dejaría a Noruega sin poder avanzar a la siguiente ronda). Han pasado un buen puñado de años desde entonces. Corea y Japón, Alemania y Sudáfrica no fueron escenario para nuevas gestas. Asimismo, sólo una participación en una Eurocopa, la del año 2000, les avala. Tampoco en tierras próximas como son Bélgica y los Países Bajos, organizadores del torneo, pudieron sacudirse de tanta intermitencia. Eliminados de la fase de grupos, para el recuerdo quedará la victoria por la mínima ante la selección española, con gol del ‘ex-spur’ Iversen.

Pero cuanto más tiempo tardan en aparecer nuevas oportunidades, más se aceleran los pálpitos de los noruegos, que huelen otro capítulo de oro para su particular baúl de los recuerdos. Desde 2009, la Federación del país ha vuelto a dar las riendas del proyecto internacional al idolatrado Olsen, incapaz de triunfar en ningún otro sitio. Es cierto que la configuración de su plantel no asusta, con jugadores de perfil medio como Hangeland o el veterano Riise como máximos exponentes. Pero el devenir de su paso en la próxima Copa del Mundo lo marcará ese intangible de heroicidad y misticismo que rodea al fútbol noruego desde siempre. Si finalmente obtienen el billete, sólo tendrán que rezar para no encontrarse a Italia en el cuadro del torneo. Porque lo que es el nombre de Brasil, estadísticas en mano, sigue siendo sinónimo de éxito.