Antes del debut de Marruecos ante Irán el pasado viernes, no había demasiados futbolistas marroquíes que podían decir que habían jugado un Mundial para su país. Lejos quedaban ya los añorados años 90, en los que los Leones del Atlas jugaron dos campeonatos mundiales consecutivos. En el primero de ellos, el icónico EE.UU.’94, los norteafricanos se marcharon con 0 puntos y solo dos goles, uno ante Arabia Saudí (2-1), obra de Mohammed Chaouch, y otro ante la a la postre semifinalista, Holanda (1-2), marcado por un futbolista que aprovechaba de este modo los únicos minutos que le dio el técnico Abdellah Blinda en aquel torneo: Hassan Nader. Su nombre sonará a los mallorquinistas, pues cuando dejó el WAC de su ciudad natal, Casablanca, con el que había sido campeón nacional en dos ocasiones, se enroló durante dos temporadas en el club de Palma. En esas dos campañas en las Baleares tuvo sensaciones encontradas: alcanzó una final de Copa del Rey, en la que fue titular (1990-91, derrota ante el Atlético, 1-0), y descendió a Segunda al término de la 1991-92. 

Esa experiencia española le abrió las puertas al que se acabaría convirtiendo en su segundo país: Portugal. En 1992 llegó a la capital del Algarve para jugar en uno de los modestos más recordados de la época: el Sporting Clube Farense, equipo dirigido por el técnico barcelonés Paco Fortes -exfutbolista, además de del propio club de Faro, del Barcelona, el Málaga, el Espanyol y el Valladolid-. Con Fortes, habían logrado el ascenso a primera y habían alcanzado de forma sorprendente la final de la Taça en la 1989-90, en la que cayeron contra el Estrela Amadora en el partido de desempate. Una extraordinaria carta de presentación que ayudó a la entidad de Faro a asentarse entre los mejores conjuntos del país, inaugurando una década dorada en la que insuflaría felicidad y tardes de gloria a los viejos graderíos del menudo Estádio de São Luis. Jugar allí se tornó en un suplicio para los rivales, y entre 1991 y 1995, el Farense siempre acabó entre los ocho primeros de la liga. Como rúbrica a esos años en los que vivieron maravillosamente, los Leões se estrenaron en Europa y alcanzaron la Copa de la UEFA, donde se vieron superados por el Olympique de Lyon. 

Ese era el contexto en el Algarve cuando Nader asomó por Faro. Una ciudad, y un club, que le cambiarían la vida: allí pasaría un total de diez temporadas, con un pequeño paréntesis de dos campañas en las que probó suerte con el Benfica. Incluso sería nombrado entrenador del equipo en la 2005-2006. Pero entonces las cosas ya eran muy distintas: el club jugaba en tercera y los problemas económicos lo condenarían a tener que empezar de nuevo, en el escalón más bajo del fútbol portugués. Gracias al empuje de su afición, el Farense sigue hoy vivo y de regreso a la segunda división. En la pasada temporada, además, alcanzó los cuartos de final de la copa por primera vez desde aquel memorable 1990. Un camino largo y lleno de obstáculos en el que la nostalgia ha jugado un papel clave para no ceder al desánimo, con la fuerza de recuerdos en los que casi siempre aparece Nader. 

«Nader llevó al Farense a la quinta plaza, a Europa, a su mejor clasificación de siempre. Era un buen delantero, algo tosco pero luchador. Era de esos que fallaba goles fáciles pero marcaba golazos», recuerda Manuel Neves, experto en fútbol portugués, coautor del blog y del libro Lá em casa mando eu!, y benfiquista -aunque originario de Faro y con la era Fortes muy presente-. Precisamente, la etapa de Nader en el Benfica no fue todo lo bien que cabía esperar, pese a que el africano llegó con el cartel de flamante pichichi de Portugal, con 21 goles la temporada 1994-1995. Aun así, entre 1995 y 1997 «fracasó en el Benfica», tal y como recuerda Neves, con nueve goles en solo 27 partidos. Pero hay veces en las que el fracaso puede ser bienvenido. Sin él, el jugador marroquí nunca hubiera regresado a Faro para completar su leyenda, en un conjunto que seguiría pegado a la máxima categoría hasta 2002. Hassan Nader colgaría allí las botas en 2004, con 240 encuentros jugados y 95 tantos. 

Paco Fortes, inconfundible con su frondoso bigote, insufló a aquel equipo un espíritu especial. Su intensidad y carisma desde la banda transmitía a sus futbolistas un hambre poco común en conjuntos acostumbrados a saltar de categoría en categoría. Pero ese era un equipo que no negociaba ni especulaba. Y en esa tarea de avasallar al rival, el ímpetu de los delanteros era clave. Hassan se servía de su potencia física para incordiar a las defensas contrarias hasta aprovechar su oportunidad. «Tenía faro [instinto] goleador», completa Neves con un juego de palabras. Al marroquí, lo acompañaba en el ataque el serbio Milonja Djukic, que, tras una carrera básicamente centroeuropea, también recaló en el Farense para quedarse -allí estuvo entre 1991 y 1998-. Además de los atacantes, hay otros nombres para recordar en aquella plantilla. Cómo olvidar, por ejemplo, al meta nigeriano Peter Rufai, también mundialista, cuya etapa coincidió con el paso por el Europa del conjunto de Faro. 

PORTUGAL-MARRUECOS, EL DERBI DE NADER

Precisamente, el nombre de Nader sirve hoy para unir a dos países que se enfrentan por primera vez en un Mundial. Marruecos, su país, el lugar en el que el fútbol le dio la oportunidad de crecer, dar el salto a Europa y labrarse un nombre y un camino; y Portugal, allí donde brilló más y mejor, el territorio en el que ha echado raíces. Su hijo, nacido en Faro y educado viendo jugar a su padre en Portugal, ha estado la última temporada cedido por el Vitória de Setúbal en el Olhanense, otro de los clubes de la región del Algarve. Tenía solo tres años cuando su padre jugaba en el Benfica. El pasado octubre, precisamente cuando se preparaba para jugar contra las Águilas en un partido de Copa, declaraba que su único recuerdo de aquella breve etapa es el deseo que tenía de «robar la pelota de la estatua de Eusébio». 

A sus 52 años, hoy Nader ve el fútbol de nuevo desde Marruecos, como técnico del filial del WAC de Casablanca, su club de formación. «Siempre animo a Portugal, es mi segundo país, mis hijos ahora juegan allí y viví momentos inolvidables en un país precioso. Es imposible que no anime a Portugal, pero el miércoles, lo siento, voy a tener que animar a Marruecos», declaraba en la previa, entre risas, al periódico Récord de Portugal. Tras la derrota contra la Irán de Carlos Queiroz -otro portugués con origen africano-, los marroquíes siguen esperando sumar sus primeros puntos mundialistas desde 1998. 20 años después, tendrán una nueva oportunidad, ante Portugal. Precisamente, contra la lusos lograron su primer triunfo en una Copa del Mundo, en México’86 (1-3). Pero eran otros tiempos. Hoy las diferencias parecen haberse ensanchado, aunque «nada es imposible», confía Nader. Un tópico que no lo es tanto cuando lo expresa alguien que jugó en aquel Farense. Alguien que sabe lo que es acostumbrarse a los milagros. Los milagros de uno de los mayores matagigantes que vieron los años 90.