La selección española se ha clasificado para los octavos de final, por primera vez en su historia, gracias a la vistosidad de un juego alegre y mareante que imponen en cada uno de los encuentros

 

La muchedumbre se come las calles. No hace falta, si quiera, que estas sean reales pero hay que hacer un ejercicio de imaginación. Ríos de gente subiendo y bajando. Cientos de historias desconocidas que te rodean, que te adelantan y que desaparecen por el rabillo del ojo. Ruido, empujones. Inevitablemente observas como una congregación se reúne alrededor de una mesa de cartón. Todos ellos, pendientes de tres vasos opacos. Una pequeña bola bajo uno de ellos; unas veloces manos que los desplazan; una sonrisa pícara en los labios de aquel personaje. Y nadie sabe dónde está la maldita pelota.

Salvando las connotaciones negativas y la mala fama que los practicantes del trile llevan a sus espaldas, el juego de la selección ha recordado, irrevocablemente, a ese juego irreverente que pone nervioso a las rivales. Traslademos esa muchedumbre de gente a las gradas. Coloquemos a las apostantes sobre el verde. Y ante ellas, a once trileras orquestadas por su técnico que se dedican a ocultar el balón. A pasárselo de aquí para allá. A dominarlo. A mimarlo. A colocarlo dónde ellas deciden colocarlo.

El primer choque, ante Sudáfrica, arrancó con los nervios propios de cualquier campeonato. La pelota se escapaba de los vasos y a pesar del juego cargado de intención que se intentaba proponer, no llegaban los resultados. En uno de esos errores, llegó el gol rival. Una mezcla de acierto y fortuna que deriva en un duro golpe. Sin embargo, en la dedicación está el truco. A base de probar – y de la fortuna propia del juego – cayeron dos goles de penalti. Con las sudafricanas apostándolo todo a sus veloces delanteras, cayó el tercero de España. Es difícil competir contra aquellos que dominan el juego.

No obstante, no todos los rivales que se plantan frente a España lo hacen con la misma ansiedad con la que jugó el combinado africano. Alemania es una máquina perfecta prácticamente imposible de burlar. Pacientes, eficientes, observan ese juego incansable y veloz de la selección, conscientes del riesgo que el mismo supone. Pero tan solo necesitan detectar un simple error para atacar. Un simple atisbo de duda para detectar el esférico y mandarlo al fondo de la red. No siempre es correspondida la relación entre buen juego y éxito. Lo supieron nuestras futbolistas en cuanto la colegiada dio por terminado el encuentro.

Por último, China. ¿Cómo se puede ganar si el oponente al que te enfrentas decide no apostar? China se plantó en el encuentro con lo justo y necesario para continuar su camino. España se ofreció a jugar. Le enseñó la pelota, se la escondió… Incluso, en contra de su voluntad, la perdió en errores impropios. Pero la disciplina asiática nos tiene acostumbrados al cálculo. Un cálculo que las ha llevado, en numerosas ocasiones, al éxito. No especular e ir sobre seguro. España movió el balón e intentó que la dichosa pelota entrase en la portería. El esfuerzo quedó sin premio. Por lo menos durante el tiempo reglamentario.

 

 

Con las sudafricanas apostándolo todo a sus veloces delanteras, cayó el tercero de España. Es difícil competir contra aquellos que dominan el juego

 

Porque en estos doscientos setenta minutos que han disputado, las españolas han abrazado la historia hasta en dos ocasiones. Ese juego alegre las ha llevado a conseguir la primera victoria del combinado en un Mundial. El empate ante China, por su parte, a clasificarse por primera vez a la fase final de el máximo torneo de selecciones. Todas ellas – sin descuidar al cuerpo técnico – han conseguido sacarle brillo a una disciplina olvidada durante años y ponerla en el centro de atención de esa muchedumbre que camina en masa por las calles.

¿Todo ha sido bueno? No. La euforia desmedida que supone haber logrado dos hazañas en apenas diez días no debe ocultar una de las debilidades de España. Esconder el balón, ocultarlo y poner contra las cuerdas a los rivales. Nadie lo discute. Sin embargo, todo cambia cuando hay que acabar el trabajo. Tres son los goles que ha sumado la selección en estos partidos de la fase de grupos. Todos ellos, en el primer choque. Y dos, desde los once metros. Tan solo el gol de Lucía García, previa asistencia de Virginia Torrecilla, ha llegado a través de la creación del juego.

Al fin y al cabo, los tantos lo son todo en este sacro deporte que nos tiene pegados a las pantallas durante horas. Y todos estos llegarán, por la cuenta que les trae. No se define el juego de la selección por el acoso y derribo constante en las metas rivales. Esa no es la filosofía. No debe serlo. Porque tras las medias sonrisas que las jugadoras ocultan a sus rivales durante el tiempo de los partidos se esconde la clave de la victoria. En que se gustan. En que disfrutan con ese juego que practican. Confían en él y son conscientes de la calidad que atesoran en sus botas, suficiente de sobras como para jugarlo sin complejos. Sabedoras también de que el esférico acabará cruzando la línea, besará las redes y desatará la alegría.

Llegarán los octavos y esa alegría contagiosa volverá a mover el balón. Si no salta la sorpresa, Estados Unidos serán las rivales a batir. Vigentes campeonas con un combinado repleto de leyendas vivas. Se dice que “sabe más el diablo por viejo que por diablo” y las norteamericanas son expertas en esta clase de campeonatos. Han luchado y sobrevivido a los juegos más atrevidos. ¿Y por qué no decirlo? No les da lástima mandar de regreso al hotel a una selección con un saco de goles en contra. Véase Tailandia en este mismo Mundial.

La ausencia de miedo ha sido clave en esta primera fase del torneo. Han hecho historia, cierto es. No obstante, lo más complicado está por venir. Ahora, más que nunca, tendrán que mover rápido esa bola. Ocultarla de las rivales y que estas, sin saber cómo les ha llegado, se vean con el marcador en contra. Que luzca la sonrisa pícara y la mirada cómplice de nuestras protagonistas. Miradas raudas, inteligentes. Que continúe el trile.