La selección africana más singular que jamás haya pisado un Mundial dejó para la posteridad una acción llena de incongruencias. Mwepu Ilunga quedará para siempre como el futbolista que no conocía las reglas por su insólito despeje ante Brasil, pero quien de verdad ignoraba era el mundo, a quien estaba mandando un mensaje de ayuda que él mismo nos contó en ElEnganche.


No tengo suficiente memoria para recordar en qué momento llegó a mi vida Mwepu Ilunga. No fue amor directo, desde luego, pues su fama internacional había nacido diez años antes (1974) de que acudiera al mundo quien ahora os escribe (1984). No fue amor talentoso, pues se trataba de un limitado defensa africano y mi cupo ya estaba reservado, desde mis primeros visionados futbolísticos, a la figura de Roberto Baggio. Y, desde luego, no fue amor geográfico (cuando eres niño, siempre motiva más aquella bandera extraña o aquel escudo peculiar que defienden unos desconocidos futbolistas que jamás oíste nombrar) porque, entre otras cosas, Zaire, su camiseta, su país, su origen, ya no existía como tal, sino que ahora se llamaba Congo (desde 1997). Y, sin embargo, creo que ningún futbolista me generó nunca una sensación tan poderosa de atracción. Por conocer quien era, por conocer cómo había sido su carrera, por conocer sus pensamientos o por conocer cómo era posible crear una selección de fútbol en un país dictatorial como aquella Zaire nada menos que en los años 70, y lograr, además, clasificarse para el Mundial donde empezó a cambiar el concepto táctico del fútbol en vías de una profesionalidad absoluta.

Porque allí, entre el ‘Fútbol Total’ de la Holanda de Cruyff, los retales de la mítica Brasil setentera y el nacimiento de la Alemania intocable del ‘Kaiser’ Beckenbauer, se hizo hueco una jugada única en la historia de los Mundiales (y del fútbol global). Ningún gol, ningún resultado, ninguna parada y ninguna sonrisa germana al final del torneo, superó en importancia a la jugada más recordada de aquella cita mundialista y una de las más divertidas de todos los Mundiales. Mwepu Ilunga, futbolista de Zaire, saltando imprevisiblemente de la barrera para despejar, a toda prisa y corriendo sin freno, una pelota parada que iba a ejecutar Brasil contra la portería africana y con el árbitro ni tan siquiera habiendo permitido su ejecución, en el tercer y último partido de la fase de grupos del Mundial’74.

Reglamentariamente, cartulina amarilla. Globalmente, sorna para la eternidad. Nada superó la teatralidad, singularidad y hasta comicidad de una acción surrealista que nadie pudo entender durante décadas, que nadie pudo comprender durante años, que incluso hoy, todo el mundo, sigue desconociendo su naturaleza. Quizás fue ese secretismo, esa falta de argumentos, esa ausencia de explicación en torno a un instante irrepetible, lo que me cautivó del personaje. Tanto, que siempre me empeñé en encontrar las respuestas necesarias para sacar al mundo de esa duda. ¿Cómo encontrar a un congoleño de 65 años que nadie sabía dónde vivía? Y, sobre todo, ¿cómo empezar a investigar sobre él cuando muchos no conocían su historia y cuando un personaje de este tipo no alimenta el interés de los grandes focos mediáticos que siempre ayudan más a conseguir dar con un nombre concreto? Tras cientos de llamadas, mails, mensajes y varios años en su búsqueda, el teléfono apareció, sonó y, al cuarto tono, respondió.

En estos casos, existe un curioso pensamiento. Y es que, como periodista, la investigación, búsqueda y definitiva aparición de quien llevas años buscando, es ya un mérito tremendo, una satisfacción plena y un orgullo único pero que, siendo realistas, dura un instante porque cuando aquel teléfono sonó, aquel que tantas horas de sueño te quitó, está al otro lado esperando poder contar esa historia que quizás nadie le ofreció contar. Con la inestimable ayuda, clave, decisiva, de quien tenía tanta locura por el personaje como yo, Francisco Ortí y, sobre todo, su buen francés, pudimos charlar con Ilunga alrededor de 30 minutos con todos los problemas de una llamada internacional España-Congo, el singular ‘francés’ de un anciano que prácticamente nunca salió de Congo y la inicial frialdad de un personaje que, durante algunos minutos, se preguntó cómo era posible que unos periodistas españoles quisieran conocer su historia a fondo más de 40 años después. ¿El reto? Saber qué existía detrás de aquella acción que había pasado a la historia como un sketch cómico pero que, desde luego, tenía su razón de ser en una durísima historia humana.

“Nuestros éxitos estaban basados en el trabajo. Hicimos un gran trabajo de preparación a las órdenes de Blagoje Vidinic y recogimos los frutos logrando la clasificación para la Copa del Mundo”, recordaba Ilunga, pues hay que contextualizar la singular osadía de los entonces zaireños que era la primera selección de la ‘África negra’ que lograba disputar una Copa del Mundo, con todo el cartel, presión, exigencia que eso significaba. El orgullo era inmenso pero las anomalías en torno a la imagen que quería dar el país en aquella cita, también. Porque en Zaire, nada era ajeno a la figura de Mobutu, un hombre belicoso y militar desde muy joven por su fuerte carácter guerrero, lo que le llevó a dar un golpe de estado para asaltar el poder y nombrándose de manera unilateral presidente del país. Una persona que se llamó así mismo Mobutu Sese Seko Nkuku Wa Za Banga -traducido como ‘el guerrero todopoderoso que, debido a su resistencia y voluntad inflexible, va a ir de conquista en conquista, dejando el fuego a su paso-, que rebautizó el país para convertirlo en Zaire -antes y después era el Congo- y que, como buen dictador, hacía y deshacía a su antojo. Prohibió todos los partidos políticos excepto el suyo, obligó a poner fotos suyas en todos los edificios, estaban prohibidos los trajes y sombreros con estampado de leopardo -excepto los suyos- y su amante era la hermana gemela de una de sus dos mujeres, inquietante. En tal ‘circo’, encontró en el fútbol y en aquella clasificación, un motivo más para sacar pecho y enjaular a sus jugadores.

 

“Nos dijeron que si perdíamos por cuatro goles o más ante Brasil, ninguno de nosotros podría volver a casa”

 

Sin Mobutu, la economía de Zaire y su crecimiento futbolístico en el continente africano jamás le hubiera permitido llegar al Mundial del ’74, pero precisamente con Mobutu, lo que debería haber sido un sueño hecho realidad, se convirtió en la peor de las pesadillas para olvidar. Sin el polémico dictador, Ilunga jamás hubiera saltado de aquella barrera para la acción más surrealista de la historia de los Mundiales, cuya finalización merece entender primeramente cómo era aquel grupo de futbolistas y su entorno: “Realizaron una selección de los mejores hechiceros. Cogieron al mejor de cada región. No querían que nos fuera mal y todas estas cosas querían tenerlas controladas. Cuando llegamos a Alemania tras una infinidad de problemas de conexiones de avión, la gente se acercaba a saludarnos y hacerse fotos con nosotros. Era como si nunca hubiesen visto una persona negra”, afirma aún sorprendido Ilunga.

Perder contra Escocia en el debut (2-0), no fue algo inesperado, pero se dejó una grata imagen: “No fuimos con la intención de ganar, evidentemente. Estaba Brasil, estaba Alemania… Había grandes equipos, pero nosotros estábamos decididos a hacerlo bien. No queríamos hacer el ridículo. Íbamos a competir. Jugamos muy bien contra Escocia. Trabajamos bien, aunque no pudimos ganar. Estábamos muy contentos pese a la derrota”, confirma Ilunga, que rápidamente recuerda que, pese a ello, allí empezaron los problemas que, como tantas veces, tenían al dinero y a las amenazas como protagonistas.

“Nos dijeron que se habían gastado mucho dinero en el viaje y que no quedaba más. Pusieron excusas sin sentido. Después de enterarnos de que no nos iban a pagar, nos negamos a jugar. No queríamos jugar. Si miras el video ante Yugoslavia en nuestro segundo partido, se ve claro. Nos paseábamos sobre el campo”, reconoce Ilunga, que cuenta que horas antes del inicio del partido, los futbolistas se declararon en huelga y las presiones gubernamentales les obligaron a saltar al césped. Los balcánicos, sin oposición, golearon 9-0 en aquella huelga activa de los zaireños. Sí, huelga. Hasta el punto de que el portero fue sustituido a los 20 minutos o el delantero decidió quedarse en los vestuarios tras el descanso porque sí.

Pero siendo Zaire una selección consideraba menor, infravalorada desde su origen hasta su color de piel y desconocimiento global, jamás se enfocó aquella derrota y aquellos momentos desde un punto de vista íntimo, personal, interno. Es más, Ilunga nos contó algo que él mismo intentó hacer para mostrar su reivindicación: “Realicé una dura entrada que debía costarme la expulsión y sacaron roja, pero el árbitro se equivocó al completar el acta. En lugar de apuntar la expulsión al dorsal número ‘2’, que era yo, se la asignó al ’13’, que era Ndaye Mulamba”, recuerda, en un dato increíble que hubiera imposibilitado lo que estaba por llegar.

 

“Quería marcharme del partido. Intentaba forzar mi expulsión, pero el árbitro no fue severo conmigo y sólo me mostró una tarjeta amarilla”

 

Y es que Ilunga, que había intentado terminar ya con aquella pesadilla, iba a convertirse en foco eterno en el siguiente partido ante Brasil. En los días previos, ya con la selección eliminada y tras ser históricamente goleada, recibieron una llamada telefónica de Mobutu: “Antes del partido contra los brasileños unos hombres vinieron a hablar con nosotros. Se presentaron como la guardia presidencial de Mobutu. Él, les había enviado para mandarnos un mensaje. Cerraron el hotel para asegurarse que no hubiera testigos y nos amenazaron. Nos dijeron que si perdíamos por cuatro goles o más ante Brasil, ninguno de nosotros podría volver a casa”, apuntaba acongojado aun pese al paso del tiempo.

Lo potente de la cita es que, además, necesitaba ganar al menos por 3-0 para asegurarse la clasificación a la segunda ronda. Los jugadores de Zaire saltaron al terreno de juego afectados por el miedo, temblorosos, sin querer jugar ese partido, con la mente en evitar a toda costa una goleada severa y aunque en los primeros minutos los brasileños ya ganaban, el reto era correr hasta el final por sus propias vidas. Rivelino hizo el 2-0 a los 66 minutos y los zaireños ya pensaban en que jamás iban a poder volver a su país. Cuando a falta de doce minutos, la pelota rondaba el área zaireña y el propio Rivelino iba a disparar un balón parado peligrosísimo, llegó la acción más famosa con Ilunga como protagonista histórico. El defensa no soportaba continuar sobre el terreno de juego y, con el balón en el césped y la barrera ya a la distancia, Ilunga escapó del muro y fue directo hacia la pelota hasta, de manera imprevisible, disparar lo más lejos posible. Todos callaron durante segundos ante lo que habían visto. ¿Qué había pasado? El árbitro rumano Nicolae Rainea, incrédulo, amonestó con cartulina amarilla a Ilunga, aún con la cara desencajada. Aquella jugada tenía una dolorosísima intrahistoria llena de horror y miedos en cada jugador zaireño: “Lo hice a propósito. Por supuesto que conocía las normas del juego. Había jugado muchos años al fútbol antes de ese partido. ¿Cómo demonios iba a no saber las reglas? No tenía ninguna razón para continuar jugando. No quería arriesgarme. Conozco las reglas muy bien. Quería marcharme del partido. Intentaba forzar mi expulsión, pero el árbitro no fue severo conmigo y sólo me mostró una tarjeta amarilla”, nos cuenta Ilunga. Eso sí, no olvida las risas de los presentes: “Los jugadores brasileños se reían, pensaban que era divertido. Los aficionados también. Me sentía muy enfadado con ellos en ese momento. No sabían la presión que estábamos sufriendo nosotros como para que encima tuviéramos que aguantar sus burlas. Fue muy doloroso”, profundizaba con la voz entrecortada y recordando que tras aquel partido, su despeje se convirtió en la imagen imborrable de la historia de los Mundiales, comercializada, expandida y rentabilizada a costa de sus miedos.

“Nadie vino a recibirnos en el aeropuerto. ¡No vino nadie a recibirnos! Varias semanas antes nos habíamos marchado rodeados de gente que nos admiraba y al volver ya nadie se acordaba de nosotros”, apunta, asegurando que Mobutu había prohibido a los ciudadanos acudir al aeropuerto para recibir a sus Leopardos que, lejos de ser héroes nacionales, pasaron desapercibidos para la eternidad en su país: “Nos equivocamos al creer lo que nos dijeron. Todos pensábamos que después de la Copa del Mundo volveríamos a nuestra casa convertidos millonarios. Y mira lo que nos pasó. Si comparas como se trata a otros jugadores que han logrado lo mismo que yo en otros países verás que ellos son personas respetadas. Viven bien. En cambio parece que yo le haya hecho algo malo a mí país y me obligan a vivir en estas condiciones. Volvimos con las manos vacías y convertidos en repudiados. Si vieras donde vivo te echarías a llorar”, nos contaba Ilunga.

Olvidados por decreto nacional, sometidos a las amenazas de su dictador y guardando en secretos la realidad de lo que soportaron en aquella pesadilla llamada Mundial’74, Mwepu Ilunga murió un año después de concedernos aquella llamada. Una charla que a quienes pudimos conseguirla, nos devolvió fe en que el fútbol sigue siendo el mejor canalizador de historia de vida. Pero, sobre todo, la finalidad era conseguir que la gente supiera la verdad de lo que había sucedido con aquella singular Zaire de 1974. Quizás, la leyenda quiera repetir que los zaireños no conocían las reglas porque la sorna y lo cómico siempre encuentra una cómoda acogida en la sociedad. Pero a nosotros y, sobre todo a Ilunga, le encantaría que conocieras la realidad y, al menos tú, que has leído este reportaje, puedas saber lo que pasó y contárselo a quienes tengan la curiosidad de conocer su historia, su verdadera historia.


En el programa-podcast Nº14 de ElEnganche en SpainMedia, estuvieron con nosotros Francisco Ortí (periodista deportivo), Pancho Jaúregui (periodista deportivo) y Ondoa (portero de la selección de Camerún).