En 2011 estaban condenados a desaparecer o a ser absorbidos por un club de la zona, así que un puñado de aficionados asumieron el reto de ponerse al frente de la nave y esculpir un club diferente, cercano y popular. Desde entonces, el UC Ceares, un equipo de barrio de Gijón, es probablemente el más british y alternativo de España: el cielo gris, la fina llovizna, el verde reluciente mezclado con el asfalto y las fachadas de edificios obreros nos evocan a un paisaje del norte de Inglaterra. En la megafonía suenan Slade, Liquidator, Oasis o New Order pero el cartel que nos da la bienvenida al campo descubre que esto no es Anfield: ‘Esto ye La Cruz’. El lema ‘Keeping the faith since 1946’ acompaña siempre el nombre de un club en el que, desde 2011, todas las decisiones se toman en asamblea y que lucha por reforzar sus raíces en el barrio.

El Ceares se encuentra esta temporada en una zona tranquila del grupo II de la Tercera División, sin posibilidades de jugar el play-off, pero muy lejos del descenso. En 2014 lograron el hito de jugar una promoción para ascender de categoría, un premio deportivo al trabajo bien hecho que, de todos modos, no es una prioridad: “Nuestro objetivo deportivo es estar lo más arriba posible sin traicionar nuestros principios. Jamás pondremos en riesgo la manera en la gestionamos el club por las aspiraciones deportivas”. Xose F. Estrada es un exfutbolista del equipo gijonés que en los años 90 colgó las botas, tras una lesión, en La Cruz. Enseguida se contagió de los valores del nuevo proyecto y, actualmente, es socio y miembro de la dirección del club en el que tiene el cargo de Secretario, aunque en una entidad de propiedad popular totalmente transversal “todos hacemos de todo”, apostilla. Diseñador gráfico de profesión, saca tiempo libre de debajo de las piedras para dedicárselo al Ceares, como el resto de los vecinos que gestionan el club. En La Cruz no hay palco: la directiva vive los partidos desde la grada, mezclándose con jóvenes y veteranos. “Tenemos una regla fundamental: ningún miembro de los grupos de trabajo donde se toman decisiones puede recibir remuneración por parte del club. Hay jugadores, entrenadores o personal de mantenimiento que cobran, claro, pero ninguno de ellos puede participar de las decisiones directivas. Es nuestro código ético”, apunta. Actualmente el club cuenta con unos 400 socios que están llamados a participar de todas las asambleas que se promueven para tomar decisiones. “Acostumbran a participar de ellas unos 75 socios, que es un porcentaje muy alto”.

 

“Ningún miembro de la directiva puede cobrar por parte del club. Es nuestro código ético”

 

Se quedaron sin su club de toda la vida. La moda de los patrocinios, la codicia de los políticos, la frialdad de las franquicias o simplemente, la dejadez de los dirigentes, sepultaron de un plumazo sus ilusiones. El negocio del fútbol fue especialmente cruel con ellos, pero se rebelaron contra todo y contra todos para resucitar aquel hormigueo de cada domingo, esa sensación inconfundible de identificarte con tu gente a través de una camiseta. Esta es la historia del UC Ceares que, como otros muchos equipos europeos, se resistieron a desaparecer bajo las garras del capitalismo salvaje. Y sobre todo, es la historia de unos aficionados que, en lugar de resignarse, decidieron dar un paso adelante para rescatar el viejo espíritu de su club. “La mayoría de gente está aquí por el proyecto de barrio y la pertenencia a una comunidad. La faceta deportiva, muchas veces, es lo de menos”, especifica Xose. Ellos han demostrado que en estos tiempos de globalización, multinacionales y agencias de calificación de deuda, aún existe un hueco para que el fútbol sea gestionado de una manera más racional, cercana y eficaz. El formato de club de accionariado popular no solo invita a nuevos socios del entorno del barrio -en el caso del Ceares se cuadriplicaron los afiliados de la noche a la mañana- sino que también llama la atención de seguidores de fuera, como es el caso del autor de Trainspoting Irvine Welsh. Xose lo cuenta con agradecimiento: “Se implicó y nos ayudó mucho a nivel de difusión y promoción y por ello le otorgamos el título simbólico de socio de honor. Como él, mucha otra gente de fuera nos ha ayudado”.

Todo empezó en junio de 2001, cuando un modesto conjunto del Gran Londres, el Enfield Town FC, nació de la indignación de sus aficionados, hartos de ver cómo el equipo peregrinaba en busca de un estadio propio y de la pésima gestión de sus dirigentes. El ejemplo acabaría por calar: Chesham United, Wrexham, Telford United y, por supuesto, el caso más conocido, el del FC United of Manchester (2005), un club nacido de la indignación popular de una parte de la grada de Old Trafford (los ‘Red Rebels’) por la llegada al palco de la familia Glazer. Desde entonces, multitud de clubes de toda Europa han seguido un modelo en el que los aficionados se empoderan del club y lo gestionan de forma asamblearia. “El modelo de club de accionariado popular está en auge porque, muchas veces, es la única forma que tenemos los aficionados de evitar que nos roben el fútbol”, apunta Xose. Un modelo que ha arraigado en España con el Cerares (2011), y también con otros muchos: Atlético Club de Socios (2007), Ciudad de Murcia (2010), CD Badajoz 1905 (2012), Tarraco (2012), Unionistas (2013), Xerez DFC (2013), Unión Deportiva Ourense (2014), Stadium C.F. (2015), C.F.P. Orihuela Deportiva (2016), Joventut Teulada-Moraira (2017), Rotodos F.C. (2017). “Muchos de estos clubes tienen el objetivo de, además de llevar a cabo una gestión sostenible y social, convertirse en el primer club de su ciudad, como el Ciudad de Murcia o el Xerez DFC. Nosotros somos más pequeñitos y el objetivo principal es contribuir en el desarrollo del barrio”.

 

“La mayoría de gente está aquí por el proyecto de barrio y la pertenencia a una comunidad. La faceta deportiva, muchas veces, es lo de menos”

 

Mecánicos, ingenieras, fontaneros, camareras, comerciales de seguros… Personas normales, anónimas, con una pasión en común: ver jugar al equipo de su vida. En el caso del UC Ceares, el objetivo va más allá de mantener a flote el club. Los valores, el sentimiento de pertenencia y el trasfondo social son fundamentales: se apuesta por el fairplay financiero, por una vuelta a las raíces y, en definitiva, por proponer una alternativa al denominado fútbol negocio: Against modern football. “El club está muy implicado en lo social: hemos hecho torneos con inmigrantes, también impulsamos la acogida de refugiados en nuestro fútbol base para fomentar su integración, también participamos en campañas contra la homofobia y contra el racismo. Y, además, tenemos un protocolo estricto con el comportamiento en las gradas: si alguien propina insultos machistas, homófobos o racistas, automáticamente se le retira la condición de socio”, explica Xose. Una de las aportaciones fundamentales que se han hecho desde que tomaran las riendas del club sus propios socios ha sido la creación de las categorías inferiores. “La verdadera dificultad en la gestión del club fue cuando empezamos con el fútbol base. La escuela de fútbol fue una apuesta para dotar a un club de un futuro tanto a nivel deportivo como de masa social: queremos atraer a personas que compartan los valores del proyecto y que en el futuro puedan formar parte de las asambleas y de los grupos de trabajo”.

El domingo 8, a las 19:00h, se proyectará en los Cines Girona de Barcelona, el documental ‘El equipo de mi barrio’, que cerrará la programación del Offside Fest 2018. Su director, Rafael de los Arcos, lo tuvo claro desde el principio: “Cuando supimos de la existencia de este club, cuando vimos imágenes de su estadio, con las pintadas contra el fútbol moderno y los prados verdes de fondo, supimos que teníamos que rodar un documental sobre el Ceares. No lo dudamos, cogimos un coche y fuimos un fin de semana a conocer a esos tipos que nos habían cautivado”. Tras el primer flechazo, han pasado más de cuatro años de empeño y de lucha buscando financiación para culminar el proyecto. “Hicimos una campaña de crowdfunding y, gracias a micro aportaciones de muchísima gente, el documental es una realidad”, explica Rafa. El núcleo de la película oscila en torno a los preparativos de los festejos del 60 aniversario del club (2016) y de cómo todo el barrio se volcó en ellos de forma altruista. “Este es un metraje en positivo, que traslada muy buen rollo al espectador. Pretende contar una historia bonita: habla de sentimiento de pertenencia, de la comunidad, en definitiva, de las pequeñas cosas que le dan sentido a la vida”. ‘El equipo de mi barrio’ narra las vidas de cada una de las personas que gestionan el club, vecinos de un barrio obrero de Gijón sin experiencia en la gestión de una entidad, pero que a base de dedicación y, sobre todo, de amor a sus colores, han conseguido que el equipo viva los años más gloriosos de su historia y que el ambiente que se vive cada domingo en La Cruz sea la envidia de la categoría.