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Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero, porque es las canciones y los versos que nos hablan sobre él. Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, porque es todas las gestas que nos contaron y que llegaron a nuestra retina ya amplificadas por la tele, el VHS y el mural en la pared. ¿De qué planeta viniste?, se preguntaba Víctor Hugo Morales ese día del 86, el de los ingleses en el Azteca. La cuestión más famosa que se formuló sobre Maradona fue a su vez la más fácil de contestar. ¿De qué planeta vino? Del nuestro, claro, la tierra donde se deja crecer la maleza mientras se quiere podar el talento. He visto a Maradona, he visto a Maradona, oh, mamá, enamorado estoy, porque lo que sucede con los mitos es que son de la gente, y Maradona lo es más que ningún otro que haya pateado un balón con cierta gracia. Puedes sentirte más o menos cercano a Pelé, a Cruyff, a Messi. Pero Maradona… Solo Maradona fue la medida (y a la vez la exageración) de todas las cosas, de todo y de todos. Porque todos, del primero al último, podemos algún día llegar a ser un Diego; una mala piedra en el camino y entonces te equivocas y pagas. Pero ninguno de nosotros, en nuestra jornada de ocho horas (ponle diez), por más excelencia, brillo y empeño que le echemos, podríamos siquiera soñar con ser Maradona. Un Maradona y a la vez millones de Diegos. ¿Cómo vamos a condensarlos todos en una canción, en una narración, en una revista? Cada cual tiene el suyo. Para unos, un recuerdo; para otros, un prejuicio y una sospecha; para tantos, un llanto agradecido. Con la perversidad de haber hecho feliz a los que no les alcanzaba con la vida, de haber regalado esperanza a los que no podían comprarla. A fin de cuentas, la paradoja general de un pueblo, el futbolístico, que modela dioses pero exige ídolos humanos. Dios está en todas partes, pero Maradona… Solo Maradona sabe dónde estuvo Maradona. Barrilete cósmico, lo que vimos nosotros fue su estela. Pero qué suerte haberlo visto volar.

 


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