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Neymar y el tiempo que no corre hacia delante

Carta personal de despedida a Neymar Júnior, al que es muy posible que ya no veamos más con la camiseta de Brasil. Se apaga el ídolo de una generación

Neymar
EAST RUTHERFORD, NEW JERSEY - JULY 05: Neymar Jr #10 of Brazil reacts after conceding a first goal to Erling Haaland #9 of Norway during the FIFA World Cup 2026 Round of 16 match between Brazil and Norway at New York New Jersey Stadium on July 05, 2026 in East Rutherford, New Jersey. (Photo by Buda Mendes/Getty Images)

Nacimos hace exactamente 13 años y 22 días. Mi primer recuerdo fue un balón largo de Marcelo pasando por encima de tu cabeza. Recuerdo los ojos de Fred, entornados hacia arriba, con esa mueca de concentración que surge de manera espontánea cuando intentas pasar el hilo por la aguja. Recuerdo ver el balón salir despedido hacia ti, como si esos cuatro segundos estuvieran cosidos en el teseracto y te pertenecieran solo a ti. Como si el destino lo tuviera preparado. Del pie del ‘6’ al pecho del ‘9’. Como si la proporción áurea del Hombre de Vitruvio se manifestara sobre el verde de aquel recuerdo de la Copa Confederaciones. El ’10’ eras tú. Y yo solo fui uno más de tus mil amores. 

Recuerdo ese verano de 2013. Te presentaste al mundo con ese desparpajo que siempre te ha caracterizado. La ciudad entera ya hablaba de ti. Se podía leer tu nombre por todas los esquinas de una resacosa Barcelona. Éramos tan jovenes. No habíamos visto el mundo y ambos pensábamos que no conoceríamos el final. Que el tiempo no correría hacia adelante. Y mientras tanto, ese 3-0 con la ‘canarinha‘ ante Japón dejaba pequeños destellos de lo que un día llegarías a ser. Tú y yo, cada fin de semana. No hacía falta decir una sola palabra para que me hicieras sonreír. Pero hoy, amigo mío, es la fecha de nuestra muerte, y sé que has vuelto para despedirte de mí. 

 

“Esta vez, no te giras hacia mí. En vez de darte un último baño de masas, decides encararte con el portero. Nunca nos entendimos, pero yo te quise así”

 

Estás tan cambiado que casi ni te reconozco. Ya no recibes el balón en la banda, ya no encaras al primer individuo que se interpone en la travesía hacia la portería. Ahora eres tú el que te encaras después de soltarle una patada a la estrella del equipo rival. Todo ha cambiado tanto que no sé si eres el mismo de todos estos años. Y, por lo que pudiera llegar a suceder, el destino nos tiene preparado un último baile. Una última canción. Aceptando nuestra muerte, pero con un último beso. Un beso que nadie nunca me ha dado jamás. 

Te he llamado, pero has llegado tarde por primera vez. Recoges la pelota con las dos manos, con el mismo mimo, eso sí, con el que la has tratado siempre. La colocas en el punto de penalti. Reconozco todos y cada uno de los tatuajes que dibujan tus extremidades. Te miro. Y en la profundidad de tus pupilas leo todos aquellos versos que recitamos en voz alta alguna vez. Cuatro pasos laterales hacia el punto de penalti. Ese ritual patentado que nos hace derramar una última lágrima. Ese claqué perfectamente acompasado que reconoceríamos con los ojos cerrados. Y ese golpeo delicado, dulce, que nos hace viajar al clímax de nuestra existencia y que lentamente se derrite en la superficie de la lengua. Una sonrisa final. Una última mirada desafiante. Esta vez, no te giras hacia mí. En vez de darte un último baño de masas, decides encararte con el portero de la selección noruega. Nunca nos entendimos, pero yo te quise así. 

Hasta siempre, Ney. Te guardo en el lugar donde el tiempo no corre hacia adelante. 

 


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Fotografía de Getty Images.