*Reportaje incluido en el dossier ‘Fútbol e inmigración’ del  número 12 de Panenka, correspondiente a enero de 2012 

Verano de 2006. Mientras la selección ghanesa alcanza los octavos de final del Mundial de Alemania, un joven se sube a un avión en Accra, hace escala en Manila y se baja en Singapur. Se llama Ayi Nii Aryee, ya ha debutado con la sub-16 de su país y maneja una supuesta oferta de un club de la S-League a cambio de 1.000 dólares al mes, toda una fortuna para los estándares africanos. Al aterrizar en Asia, sin embargo, la realidad no se corresponde con la promesa: le proponen un contrato de 100 dólares, la tercera parte de lo que cobra una mujer de la limpieza en una de las ciudades más caras del mundo. Cuando solicita una beca para permanecer como estudiante, los estrictos funcionarios de aduanas le detienen y le deportan de vuelta a Filipinas. Los siguientes seis meses de su vida podrían inspirar una película si no fuera porque ya se ha rodado.

Unas semanas después, el 18 de noviembre, Ayi celebra su cumpleaños. Entra en la mayoría de edad rodeado por un grupo de bomberos filipinos en un hangar. Sin visado, sin dinero para un billete de vuelta, sin representación diplomática de su país en Filipinas, el joven futbolista pasa medio año en un limbo legal con forma de aeropuerto internacional de Manila, vestido con una camiseta de la Juventus, un chándal y unas sandalias. Como Tom Hanks en La terminal, pero sin Catherine Zeta- Jones a la vista; apenas un balón y una pared. “Me entreno yo solo, porque aquí nadie juega al fútbol”, afirma esos días al diario local The News. “Cuando me tumbo en los asientos de las salas de embarque e intento dormir, todo lo que puedo soñar es que salto a un estadio lleno y que los hinchas corean mi nombre. Eso me aporta paz e ilusión”.

El caso de Ayi supone apenas un ejemplo de la salida masiva y en muchos casos desordenada de jugadores procedentes de África. La globalización del balompié, con la aparición de clubes compradores en todo el mundo, y la liberalización del mercado europeo a raiz de la ley Bosman ha propulsado en las últimas dos décadas una corriente migratoria sin parangón en la historia del deporte.

El fútbol llegó a África igual que al resto del planeta: como una lenta oleada que agitaban barcos con bandera británica a finales del siglo XIX. En 1885, cuando la Federación inglesa ya empeaba a admitir el profesionalismo en sus clubes, las potencias occidentales se citaron en el Congreso de Berlín para repartirse el continente negro con escuadra y cartabón. Con la parsimonia del jardinero que repinta las líneas de banda sobre el césped, los funcionarios europeos trazaron sus límites artificiales desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, desde Accra a Mogasdicio. Un siglo y medio después, un regusto colonial aún domina las relaciones entre las viejas metrópolis y sus antiguos territorios de ultramar. En el ámbito de la política o la economía, pero también en el fútbol. Ese deporte que llegó a África como una lenta oleada está saliendo de ella como un tsunami: un violento e incontrolado maremoto que deja no pocas víctimas en la orilla.

Actualmente, 994 jugadores africanos actúan en las 49 ligas del viejo continente. Solo la máxima competición de Irlanda del Norte falta a la extendida costumbre de alinear a algún magrebí o subsahariano cada fin de semana. “Anualmente, los clubes europeos importan varios miles jóvenes para jugar al fútbol. Y eso solo de forma legal, porque en África existe un grave problema de tráfico de jugadores menores de edad”, denuncia Jean Claude Mbvoumin. A punto de cumplir 40 años y después de culminar una modesta carrera como defensa en Francia, este camerunés se ha erigido en voz de la conciencia de un deporte a menudo demasiado condescendiente con sus miserias sociales. “El 80% del nuevo fútbol africano está surgiendo lejos del control de las federaciones e incluso de los clubes locales”, apunta Mbvoumin desde la sede de Foot Solidaire, la asociación que fundó en 1999 para luchar contra el tráfico de jugadores. Las carencias estructurales del fútbol africano  facilitan la aparición de academias informales en los alrededores de las grandes ciudades, como una novedosa forma de cultivo extensivo: en lugar de plantar café o cacao se labran terrenos de juego polvorientos para recolectar al nuevo Eto’o, al nuevo Weah, al nuevo Kanouté. Pies de obra baratos, sin protección laboral y movidos por la ilusión de un El Dorado que se cuela cada noche por la televisón.

UN SUEÑO DE CLASE MEDIA

“Es fácil imaginar el impacto que genera en un poblado de Costa de Marfil ver a Didier Drogba levantar la Champions o Yaya Touré ganar la Premier”, advierte el periodista británico del Sunday Times Ian Hawkey. “Esos triunfos suponen la mejor publicidad para las academias ilegales y las mafias”. Buen conocedor del continente en el que se crió, Hawkey es el autor de Feet of the chameleon, uno de los mejores libros sobre el balompié en África. “Se ha convertido en parte del paisaje habitual: si conduces por una carretera de Ghana, Senegal o Nigeria, verás carteles de estas academias incontroladas cada 10 kilómetros, muchas de ellas con nombres religiosos”. La fe en una vida mejor al otro lado de la muerte se combina en estos campos de tierra roja con la esperanza de una vida mejor al otro lado del mar. Una mezcla que alimenta los sueños de los niños y las ambiciones de sus padres. “En las zonas pobres, las familias intuyen que un negro solo puede alcanzar el éxito en Europa a través del deporte o de la música. Les cuesta más imaginarse a sus hijos como futuros médicos o abogados que como estrellas del fútbol”.

Sin embargo, el origen mayoritario de estos críos no se encuentra en las barriadas de hojalata que se desparraman en los suburbios de las capitales. “Suelen abundar los chicos de la clase media, porque son los que se pueden permitir sufragar los gastos”, señala Mbvoumin. “Essien ha estudiado en un colegio acomodado, gracias en parte a las ventajas que le concedía su buen nivel deportivo. Drogba pudo crecer en Francia porque tenía un tío futbolista. Que un niño procedente de una remota aldea de Sahel llegue a Europa y triunfe es todavía bastante improbable, más bien un mito que las mafias se encargan de nutrir”, apostilla Hawkey. “Existen algunos casos -como el de George Weah, surgido de un entorno de pobreza extrema en Liberia- pero siguen siendo minoritarios”.

En las zonas pobres, las familias intuyen que un negro solo puede alcanzar el éxito en Europa a través del deporte o de la música

Entrar en una de estas academias constituye en ocasiones el primer paso de un incierto viaje al paraíso de la zona UEFA. Solo en los descampados que rodean Accra, la capital ghanesa, entre vertederos de basura y chabolas, se cuentan unas 500 de estas supuestas escuelas de fútbol. Miles más motean el país con las omnipresentes falsificaciones del Chelsea, el Barça, el Arsenal o el Madrid, que se agitan bajo la atenta mirada de los dueños de las instalaciones, personajes oscuros con un conocimiento limitado del juego. “La mayoría de ellos se presentan como ex futbolistas pero prácticamente ninguno puede aportar evidencia alguna de su carrera”, escribe el escocés Dan McDougall. Amnistía Internacional ha reconocido el mérito de las indagaciones de este reportero sobre el mercado negro del fútbol mundial.

“Los responsables de las academias empiezan a tantear a las familias más dispuestas a pagar por el espejismo de una carrera deportiva”, abunda Hawkey. El talento del niño no es suficiente, aseguran a los padres; se requieren contactos. Además les garantizan asesoramiento en el papeleo y los trámites del viaje. Normalmente el trato se cierra en una cifra a medio camino entre los 1.000 y los 10.000 euros, en función de la capacidad adquisitiva que intuyan en el entorno del crío. A cambio, la familia recibe la promesa de que el chaval probará su calidad en las categorías inferiores del Anderlecht, del Lille, del Rubin Kazan, del Omonia Nikosia. Nombres exóticos que suenan a gloria y dibujan un primer escalón hacia la elite.

Pero en realidad, se produce algo parecido a una venta: niños de 12 a 19 años cuyo futuro queda hipotecado al interés de una red de intermediarios y traficantes. Solo algunos de ellos llegarán a Europa, incluso una minoría afortunada podrá efectivamente mostrar su calidad futbolística en algunas ciudades deportivas del primer mundo; los demás se quedarán por el camino. Como les ocurrió a 34 jovenes costamarfileños que en diciembre de 2006 descubrieron la cara oculta de las academias pirata. A cambio de 300.000 francos CFA (unos 500 euros) sus padres les dejaron en manos de un supuesto agente con conexiones en clubes europeos. Cuatro meses después, la policía encontró a los 34 adolescentes hacinados en una casa de Sissako, en la vecina Mali. Muchos dormían en el suelo y todos se quejaban por el hambre.

 

CUATRO ‘NEGRITOS’

Las investigaciones de periodistas como McDougall y Hawkey, y la hiperactividad de Mbvoumin al frente de Foot Solidaire -una asociación de apenas siete colaboradores, todos altruistas- le ha conferido cierta visibilidad a un problema que algunos medios califican como la última forma de esclavitud. “A la prensa aún le cuesta interesarse por realidades como esta, poco cómodas para la mentalidad del aficionado europeo”, afina Mbvoumin. Él mismo llevo el caso al Parlamento uropeo en 2007, punto de partida para que un engranaje aún más pesado que el político se pusiera en funcionamiento. “La FIFA tardó nueve años en atender nuestras demandas pero la reglamentación no es suficiente. Se ha de trabajar en los países de origen y mejorar sus infraestructuras”, valora.

Parte de esas reticencias que denuncia Mbvoumin pasan por el papel que juegan en todo el entramado los clubes de destino. La legislación prohíbe el fichaje de menores no europeos, pero en la práctica los equipos cuentan con muchos recursos a la hora de camuflar esas incorporaciones o aprovecharlas con intenciones poco deportivas. Quizá uno de los casos más polémicos lo protagonizó el Atlético de Madrid cuando en 1998 reclutó a cuatro adolescentes extranjeros. Por los transfers de los desconocidos Abbas Lawal, Limamou Mbengue, Bernardo Matias Djana y Maximiliano de Oliveira, el club entonces presidido por Jesús Gil pretendió haber desembolsado 2.700 millones de pesetas (unos 15 millones de euros). La justicia condenó después a los directivos implicados por simulación de contrato. “Cuando todo terminó se olvidaron de nosotros. No iban a dejar que los negritos, como nos llamaban, nos lleváramos el pastel”, lamentaba en 2006 uno de aquellos futbolistas a El País. Lawal aún tuvo algún recorrido por equipos de Segunda División. Mbengue terminó tan desorientado como para escribirle una carta al Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, pidiéndole ayuda. Djana regresó a Angola, donde colabora con una organización no gubernamental. Por último, Maxi se hizo albañil y participó en la obra magna de la España de las maravillas, la urbanización Marina D’or, en Oropesa del Mar (Castellón).

“Cuando todo terminó se olvidaron de nosotros. No iban a dejar que los negritos, como nos llamaban, nos lleváramos el pastel”

Para sortear a las mafias -y también para mejorar su capilaridad en estos mercados emergentes- varias escuadras europeas están abriendo sus propias academias por todo el mundo. El Feyenoord en Ghana, el Mónaco en Senegal, o el Ajax en Ciudad del Cabo, donde cuenta con una franquicia en primera división sudafricana, constituyen algunos ejemplos de buena praxis. “En cualquier caso, si un club accede a probar la calidad de los chicos, tiene una responsabilidad: no puede decir ”no eres lo suficientemente bueno, no te queremos”, y despreocuparse. Si se abandona al niño inmigrado, queda a merced de redes de drogadicción, prostitución o delincuencia”, resume el activista camerunés. No hay datos reales, pero las estimaciones hablan de entre 7.000 y 20.000 jóvenes africanos abandonados en Europa después de morder el anzuelo del tráfico futbolístico. Sobre todo porque el regreso no se contempla como una opción. “La presión que sienten los chavales por tratar de salvar conómicamente a su familia -en el amplio concepto africano del término- es enorme. Si los agentes les engañan y finalmente no pueden mostrar su nivel, o si pueden hacerlo pero no logran convencer a ningún club, los niños prefieren vender bolsos falsos en las calles de Bruselas o París antes que regresar a casa con un fracaso”, atestigua Hawkey. El viaje al paraíso del fútbol europeo solo tiene billete de ida.

 

UN SÍMBOLO DEL PELOTAZO NACIONAL

En algunos casos, las familias se han endeudado para poder satisfacer el pago a las mafias. “Tenía 16 años cuando un agente se reunió conmigo y con mis padres y me prometió organizarme una prueba en un equipo belga si conseguía el visado. Era muy difícil, porque además del trámite administrativo debía reunir el dinero para el billete de avión. Al final, entre mi familia y mis amigos hicieron una colecta”, confiesa para Panenka el centrocampista del Numancia Stephen Sunday. Su historia constituye un caso prototípico. Nada más poner el pie en el aeropuerto de París intuyó que Europa no sería tan sencilla como se la habían pintado. “Llamé al número que me había facilitado el representante. Pero no me lo cogió. me quedé paralizado. Me di cuenta de que me había dejado tirado, solo en Europa, con un visado de turista que solo duraba tres meses”.

Solo su amigo Elvis atendió sus súplicas y le ofreció un hueco en su piso de inmigrantes en Móstoles. Allí entrenaba por los parques con un equipo de trabajadores nigerianos, con el que de de vez en cuando jugaba alguna pachanga. Hasta que un ojeador le ofreció probar con el Poli Ejido, entonces en Segunda. Con retraso sobre su plan inicial y tras muchos imprevistos por el camino, Sunday estaba por fin a punto de demostrar su nivel a un equipo europeo. “No tenía las botas adecuadas para jugar en césped y me resbalaba todo el rato. Pensaba que no lo iba a conseguir. Pero entonces me dieron otras botas, el entrenador habló conmigo y me dijo lo que quería que hiciera exactamente. ¡Y todo salió bien!”, recuerda. El Ejido desplegaba entonces su majestuoso manto blanco de invernaderos, bajo los que se afanaban muchos compatriotas de Sunny por sueldos ínfimos durante jornadas agotadoras. A su historia de superación, en medio de una ciudad con no pocas tensiones raciales, pareció acompañarle música de violines cuando en 2007 aceptó la llamada de la selección española sub 20. ¿Quién mejor que un futbolista para simbolizar la atracción que supuso la España del pelotazo para cuatro millones de inmigrantes?

Sin embargo, la carrera de Sunny no ha seguido luego una partitura demasiado melódica: fichado por el Valencia, cedido a Osasuna y después al Betis, disfruta ahora de un momento plácido en Soria. “Solo tengo 24 años. No me desespera no haber triunfado en Primera. Con todo lo que he pasado en mi vida, nada me puede hacer temblar. Soy un hombre fuerte”, proclama.

EL ÉXODO QUE NO CESA

Sunny se formó en la Academia de Taribo West, en Nigeria. Otra institución con prestigio internacional se sitúa en Costa de Marfil. Durante la última década, las principales ligas europeas han pescado en el caladero de la escuela del ASEC Mimosas. Su buen hacer con la cantera tomó carta de naturaleza con la victoria en la Supercopa africana de 1999. La consecución de la Champions apenas unos meses atrás había significado la marcha de casi todas sus estrellas, así que el ASEC tuvo que confeccionar un plantel repleto de imberbes: Bakary Koné, Yapi Yapo, Zokora… “Recuerdo la sonrisa del portero rival, mirando a los chavales que alineábamos. Realmente eran niños contra hombres”, ha evocado Roger Ouégnin, su presidente.

Las no siempre armoniosas relaciones entre inmigración y fútbol abren debates sobre identidad nacional, la libertad del mercado de trabajo y la inclusión de los recién llegados. Pero, sobre todo, ofrecen un retrato de la sociedad, un termómetro de su progreso. ¿Cómo reaccionan los estadios de un determinado país ante la multiculturalidad? ¿Qué prioridad concede el deporte -y su actores cercanos, como los medios de comunicación o los aficionados- a la lucha contra prácticas abusivas? ¿Cuánto tardará en erradicarse este mercado negro de futbolistas al peso? Ouégnin ha sabido descifrar el papel de inferioridad casi colonial que aún padece el deporte africano: “Nuestro club se ha situado a la vanguardia de la modernización del fútbol costamarfileño pero tenemos que aceptar la evidencia. Cuanto más éxito tengamos más grande será el éxodo que le seguirá”.