Carlos Kameni habla con la misma sencillez y naturalidad con la que evitaba las celebraciones de los mejores jugadores del mundo. Abandonó Camerún con 13 años y con solo 16 ya se estaba colgando la medalla de oro en las Olimpiadas de Sídney 2000. Un histórico de nuestra Liga, en la que participó en 13 temporadas, completó 300 partidos y desesperó a cientos de delanteros con paradas inverosímiles. Ahora no se le caen los anillos por jugar en Yibuti, donde entrena cada día en un campo de césped artificial que no puede regarse. A sus 37 años, se sigue viendo con fuerzas para volver a competir con su selección y en el fútbol de primer nivel.

Estás jugando en el AS Arta/Solar7. ¿Cómo has ido a parar a Yibuti, este pequeño país situado en el Cuerno de África?

Pues me llamó Alexander Song. Él llevaba ya un año aquí hablándome del proyecto que tenía el presidente del club. Querían jugar la liga de campeones africana y seguir creciendo para armar un buen equipo con una escuela para niños. Yo venía de estar dos años parado y, después de mi problema con el Fenerbahçe y con la pandemia, no tuve la oportunidad de probar en un equipo, por lo que decidí venir aquí a jugar una temporada y ver cómo salían las cosas.

Naciste en Duala, la ciudad con más población de Camerún. ¿Cómo recuerdas tu infancia?

Nací en Duala, pero he crecido en Yaundé. Mi infancia fue la de casi todos los niños africanos: ir al colegio y jugar por las tardes en la calle.

Hace tiempo vi un documental de Samuel Eto’o donde contaba que allí se jugaba al fútbol con lo primero que se encontraban por la calle. Servía todo aquello a lo que se le pudiera dar patadas.

Veo a los niños de hoy, como mis hijos, a los que les regalan pelotas y cosas así, y digo: ‘a mí nunca me han regalado un balón o unos guantes’. Primero, porque mis padres no tenían dinero. Y segundo, porque no querían que su hijo fuera futbolista. Para nosotros la calle lo era todo. Hacíamos una pelota envolviendo papeles dentro de una bolsa de plástico. Hasta con una botella, cualquier cosa nos servía para jugar. El fútbol aquí es una religión.

Tenías 13 años cuando llegaste a Francia. ¿Qué supuso dejar tu país, tu casa y tu familia siendo tan solo un niño?

Dirás que un niño no puede pensar como un adulto, pero yo en ese momento ya sabía lo que quería: ser futbolista. No dudé ni un segundo cuando tuve esa increíble oportunidad. Sabía que iba a ser difícil, pero el sueño de todos los niños africanos es ir a Europa y pude cumplirlo.

¿Cómo se dio tu fichaje por el Le Havre?

En África hay una escuela muy famosa llamada Young Sport Academy, que organiza muchos torneos en Navidad y en verano. Fui a disputar uno y allí me ficharon. Tuve que trasladarme a su sede en Yaundé donde estuve seis meses. Ellos colaboran con muchos de los mejores clubes de Europa. De ahí salió Eto’o al Real Madrid, Djemba-Djemba al Nantes y después yo al Le Havre. El equipo francés me invitó a hacer una prueba y ya me quedé.

Hoy en Europa niegan la entrada a miles de niños que llegan en tu misma situación.

El mundo está hecho de esta manera. Nadie tiene el derecho de tratar mal a un ser humano. Todo esto viene por culpa de asuntos políticos y económicos. Si tuviéramos todo lo que tiene Europa, no saldríamos de nuestros países. Huimos de la pobreza y vamos en busca de nuestra pasión que es el fútbol, para poder ayudar también a nuestras familias. Si vieran las condiciones que hay aquí, cualquiera mataría por llegar a Europa.

Ganas el oro olímpico en Sídney 2000 sin ni siquiera haber debutado en Francia y te conviertes en el jugador más joven de la historia en conseguirlo.

Por mucho que gane o consiga, la gente siempre me va a recordar por esa Olimpiada. Fue algo más que increíble. Brutal. Inolvidable para el país y para todos los jugadores que lo hicimos posible.

¿Después de esto se te empezó a ver de otra forma en Francia?

Esto no cambió nada. Después de ganar el oro olímpico solo jugué un partido de copa. Me cedieron al Saint-Étienne en 2003 donde solo jugaba con el filial y fue tras la Copa Confederaciones cuando me fichó el Espanyol.

 

“Solo soy Kameni el día del partido, después soy uno más”

 

Si no me equivoco, fuiste una recomendación del mítico Thomas N’Kono. ¿Cómo se fraguó tu llegada a España?

Tuve ofertas muy importantes de Inglaterra. Estaba en mis vacaciones en Camerún aprovechando para reflexionar y Thomas siempre me llamaba diciéndome que el Espanyol buscaba portero. Él sabía perfectamente que no podían pagarme ni la mitad de lo que me ofrecían en Inglaterra, pero a pesar de eso, me aconsejaba ir allí. Por lo que no dudé ni un segundo.

En tu primer año en la Liga consigues ser el portero con más penaltis parados. Evitaste celebraciones de jugadores como Baptista, Torres o el mismísimo Ronaldo. ¿Esto lo entrenabas mucho?

Nunca he entrenado los penaltis. Todo es instinto. No me gusta estudiar a los lanzadores. Respeto el trabajo que hacen los entrenadores, pero prefiero no ir al campo ya condicionado. Muchos futbolistas toman la decisión de lanzar a un lado o al otro en ese mismo momento, así que para mí lo mejor es no saber cómo van a golpear.

Haces historia en el Espanyol. Ganas la Copa en 2006, rompes el récord de imbatibilidad de N’Kono, juegas 222 partidos y el equipo llega a la final de la Copa de la UEFA en 2007. ¿Qué recuerdos mantienes de tu paso por el conjunto ‘perico’?

Me quedo con todo. Fueron ocho años maravillosos y muy importantes para mi carrera. Ellos saben que el Espanyol es mi segunda casa y mi segunda familia. Me abrieron las puertas después de mi paso por Francia cuando solo tenía 20 años recién cumplidos y en una liga tan complicada como la española. Siempre tuve el cariño de la gente. No podría elegir un momento porque todo fue bonito, salvo uno. El fallecimiento de Jarque.

Supongo que fue un golpe muy duro.

Muy duro. Yo le llamaba ‘Bombero’, porque podía jugar y ayudar en todas las posiciones. Siempre estábamos juntos en las convocatorias, éramos los dos jóvenes y muy amigos.

Siempre hacías grandes actuaciones contra Barça y Madrid. ¿Te motivabas especialmente ante los grandes?

Para mí todos los partidos eran importantes. Contra rivales como el Barça o el Madrid no necesitas una motivación extra. Enfrentarte a los mejores ya es un desafío en sí mismo. Me lo tomaba con tranquilidad y pensaba: ‘ellos serán lo mejores, pero yo también voy a demostrar que puedo pararlos’.

Te has enfrentado a los mejores jugadores del mundo. ¿Cuál es el que te ha hecho pasar tus peores ratos?

Hay muchos jugadores que me han metido cantidad de goles. Siempre me he enfrentado a futbolistas muy peligrosos. Por ejemplo, ‘Samu’ [así se refiere a su amigo Eto’o] no me ha metido muchos goles, pero es uno de los que cuando me enfrentaba a él decía: ‘a ver por dónde me va a salir este tío’. Sabías que él vivía por y para el gol y en cualquier momento te la podía enchufar. Igual me pasaba con Raúl González, que no sabías qué iba a hacer a la hora de definir. La gente siempre se queda con los nombres de Messi o Cristiano, pero he jugado con una generación de futbolistas increíbles, como lo fueron Ronaldo Nazário, Ronaldinho o Van Nistelrooy, gente a la que mirabas y veías el peligro constante.

Después llegaste al Málaga y también fuiste un ídolo. ¿Cómo lo haces para ser siempre tan bien recordado?

El Málaga y yo tenemos una conexión que no se puede explicar. Por ejemplo, en el Espanyol me lo gané en el campo, pero en Málaga, nada más llegar, ya me recibieron con los brazos abiertos y con un cariño espacial sin ni siquiera haber defendido sus colores. Los primeros años fui suplente de Willy Caballero, pero incluso en el banquillo podía sentir el calor de la afición. Después, gracias a Dios, empecé a jugar y lo hice bien. Yo soy como soy, nunca trato de mostrar una cara que no es la mía. No me olvido de que solo soy Kameni el día del partido; después, uno más. Me gusta ver a la gente alegre, ayudarles y compartir momentos con ellos. Así lo he hecho siempre.

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Todavía hoy seguís siendo el mejor Málaga de la historia. ¿Cómo fue esa aventura en Champions con un equipo que nunca había competido en esas esferas?

Aquel año fue algo más que increíble. Para conseguir un resultado como ese, además de un buen equipo, debes tener un grupo de amigos. Un conjunto de personas que miren siempre en la misma dirección, que sepan bien por qué están ahí y lo que quieren hacer. Con ese grupo los entrenamientos eran una pasada. Quedábamos para comer prácticamente cada semana. Era una unión increíble que fortaleció al equipo.

 

“Si no tuviera fuerzas para competir, no habría aguantado aquí ni un mes”

 

¿Qué ocurrió para que fueras al Fenerbahçe en 2017?

Me empujaron a la salida. No elegí ir al Fenerbahçe. En Málaga podría haberme plantado porque tenía contrato, y haber dicho que no me iba, pero no tenía ganas de volver a tener una situación de estrés y entrar en problemas con un entrenador. Arnau, en paz descanse, me renovó y justo después llegó Michel. En marzo o abril ya estábamos salvados, firmamos una serie de victorias muy buenas y yo estaba muy bien. Entonces empecé a escuchar que Michel quería a Roberto, suplente en el Espanyol. Thomas N’Kono, que seguía allí, me lo confirmó y me preguntó qué pasaba en el Málaga para que quisieran a Roberto cuando yo estaba jugando muy bien. Michel me llamó y me dijo que él no había pedido a ningún portero, que era la directiva la que empezó a buscar nombres y él solo dio su opinión. Pero no era verdad. Quien pidió a Roberto fue él.

Al acabar la temporada, estando de vacaciones con la familia en Roma, me llamó un representante diciéndome que tenía un equipo para mí. Le dije que eso tenía que hablarlo con Arnau y me contestó: ‘Arnau ya lo sabe, ha sido él quien me ha dicho que te busque equipo’. Entonces fui a su despacho y fue allí cuando me admitió que no sabía cómo decirme que Michel no me quería. Se ve que esperó todo lo posible por si el entrenador cambiaba su parecer, pero fue inútil. En ese momento tuve que aceptar la oferta del Fenerbahçe, que en Turquía es como el Real Madrid en España. Aunque empecé jugando muy bien, pasaron cosas muy extrañas. Me quitaron por la cara cuando llevaba solo una derrota en siete partidos y el equipo ascendió desde el penúltimo puesto hasta el tercero. Me tocó jugar la copa y luego en semis también me quitaron. Así que no puedo decir que me arrepiento de haberme ido porque en realidad no fue decisión mía.

Con tu selección también ganaste dos Copas África (2002 y 2017) y jugaste el Mundial de 2010. ¿Qué ha supuesto eso para ti?

Representar los colores de tu país es el sentimiento más fuerte que puede sentir un futbolista. En Camerún siempre se han volcado con la selección. Desde que debutamos, nuestro objetivo es jugar con el equipo nacional. Tuve la suerte de ganar títulos y estar en un Mundial, son momentos que tienen un impacto muy importante en la vida de un jugador. Por eso siempre he dicho que nunca cerraré la puerta a la selección. Porque es mi país, mi sangre y me ha dado todo. Siempre estaré dispuesto para ayudar.

Eto’o era la estrella de aquel equipo y ahora ha sido nombrado presidente de la Federación Camerunesa de Fútbol. ¿Cómo crees que puede ayudar la presencia de Samuel en un puesto como este?

Ayudará mucho. Ya en pocos días han cambiado muchas cosas. Lo que pasaba en el país era un desastre. Te decían que no había dinero, pero después quitaban todo lo que entraba por ahí. Ya costaba trabajo hasta organizar los campeonatos de primera división, así que imagínate en segunda. El fútbol base ha dejado de existir y estaban matando el deporte más importante del país. Eto’o tiene mucho trabajo por delante, pero es un ganador y sé que lo va a conseguir.

¿Cómo es el fútbol en Yibuti?

Lo estuvimos hablando con mis compañeros de aquí que también son profesionales y es que el cambio es brutal, muy grande. Diría que más que pasar a amateur. Un nivel muy muy bajo y con unas condiciones muy complicadas. Entrenamos en un campo de césped artificial de los más antiguos que no puede ni regarse. Es increíble. Aquí están Song, Nounkeu, Diafra Sakho y Alain Traoré.

Es curioso, pero tu primera experiencia en el fútbol africano profesional te llega con 37 años. ¿Te ves todavía con fuerzas para poder competir en ligas de mayor nivel?

Si no tuviera fuerzas para competir, no habría aguantado aquí ni un mes. Siempre que hay vida hay esperanza, por eso entreno y trabajo mucho. Yo no he venido a Yibuti para retirarme, para eso me hubiera quedado tranquilamente en Málaga en un equipo de cuarta división donde podía ir a entrenar cuando quisiera. He venido aquí para engancharme otra vez. Es verdad que no es el mismo nivel, pero es volver a un equipo, a una dinámica de trabajo para poder decir: ‘aquí estoy’ y, si surge la oportunidad, mejor será.

¿Qué te gustaría hacer cuando te retires?

No lo he pensado demasiado. Me veo como entrenador de porteros, dedicarme al fútbol es lo que más deseo. Lo que sí haré es vivir en España.

Has sido alguien que siempre se ha manifestado en contra del racismo y, por desgracia, todavía hoy vemos escenas lamentables en multitud de terrenos de juego. ¿Crees que hace falta más implicación por parte de las grandes figuras de este deporte?

Los futbolistas somos todos grandes, cada uno a su nivel. Creo que lo que de verdad se debería hacer es sancionar. Que las federaciones empiecen a tomar medidas. Hay que dejar todo ese rollo de: ‘vamos a investigar a los racistas’, y luego van y los multan con 600 euros. Deberían de sancionar en el momento e ir a los tribunales. Y después, si es necesario, que se pare el partido y el equipo pierda los tres puntos. Verás como para la próxima no vuelven a hacerlo. Los futbolistas no son los que tienen que decidir cuándo detener un partido, los árbitros están ahí para eso.

 


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Fotografía de Imago.