Recuerdo con mucha nitidez la llamada de la Fedración de Guinea Ecuatorial reclamando mis servicios cuatro años después de mi última convocatoria. A finales de 2011, debíamos jugar una eliminatoria frente a Madagascar para acceder a la siguiente fase en esa carrera por conquistar una de las cinco plazas africanas para estar en el Mundial 2014. Pensaba que mi tren ya había pasado, que jamás volvería a defender el escudo del país de mi padre. Hice la maleta y viajé a Malabo junto a mi hermano Juvenal y Rubén Epitié, entonces jugador de la UE Rubí. Nada más aterrizar, nos alojamos en el Hotel Hilton que hay en la carretera antigua, la del peaje de 100 francos XAF (15 céntimos) del aeropuerto. Al día siguiente fuimos a los campos de entrenamiento que la Federación de Guinea Ecuatorial tiene al lado del estadio. Allí estaba Henri Michel, seleccionador entonces, para darnos la bienvenida. Enseguida nos incorporamos a las sesiones de entrenamiento con el resto de compañeros. La renovación del pasaporte ecuatoguineano de Rubén y mía se alargó tanto, que no nos permitió jugar el partido de ida en casa, un 2 a 0 con goles de Randy y Juvenal. Todo estaba en su sitio. Había que cerrar la clasificación en Madagascar cuatro días después.

Lo que debió ser un viaje largo y pesado sin más, se convirtió en una odisea. Un vuelo charter que se demoró demasiado, una escala interminable en Angola por el aterrizaje del Jefe de Estado en el aeropuerto internacional de Luanda, una búsqueda de madrugada de un hotel en Lusaka (Zambia) y un último trayecto express hasta Antananarivo. Llegamos a Madagascar una hora antes del inicio de partido. El equipo de fisioterapeutas, algunos españoles, se echaban las manos a la cabeza. Veían improbable que el cuerpo de un futbolista pudiera responder después de tanta fatiga.  De camino al estadio, entre arrozales e infraestructuras en mal estado, emergieron unos cánticos en el interior del microbús. Canciones autóctonas a ritmo de percusión que levantaron el ánimo al equipo. Llegamos sobre la bocina, metidos en una nube de aficionados locales con comportamiento hostil. El delegado de la FIFA dijo que había que salir a jugar sin calentar. No había tiempo. Henri Michel dio el once inicial mientras nos cambiábamos de pie, en un húmedo zulo sin casi luz ni ventilación. Salí de inicio sin tiempo a asimilarlo. Los primeros minutos fueron un asedio local que Felipe Ovono repelió de manera brillante. En el ecuador de la primera parte abrimos la lata. Una jugada sencilla y efectiva. Balón largo, prolongación del delantero para la carrera del extremo y pase atrás para el hombre de segunda línea. Ese gol nos quitó un peso de encima. Los malgaches necesitaban cuatro goles. Pasamos la eliminatoria. Las caras eran de cansancio mezclado con la satisfacción del deber cumplido. Una imagen imborrable.

De camino al estadio, entre arrozales e infraestructuras en mal estado, emergieron unos cánticos en el interior del microbús. Canciones autóctonas a ritmo de percusión que levantaron el ánimo al equipo

Pues bien, ése fue el último partido oficial de Guinea Ecuatorial antes de la Copa de África. Titular y buen resultado: parecía una convocatoria segura. Sin embargo, desaveniencias entre Michel y la Federación hicieron que el seleccionador abandonara su cargo y, con él, todas mis opciones de estar en esa gran cita en casa. En la lista definitiva, mi nombre no aparecía por ningún lado. Lo tenía en la mano y se me escapó como arena entre los dedos. Había notado la alegría y la ilusión del pueblo de Guinea Ecuatorial ante la inminente Copa África y yo no iba a participar de ella. Esa decepción duró poco tiempo, porque en esa lista estaban muchos de mis ‘hermanos’. Ellos iban a dar la cara. En el partido inaugural fue Balboa, sobre la bocina, quien batió al portero libio para dar los primeros tres puntos a Nzalang. En el segundo partido, el acoso de Senegal en la primera parte fue feroz, pero el equipo, empujado por el impresionante ambiente que se vivió en el Estadio de Bata, aguantó. Después del descanso apareció Juvenal para poner orden, Balboa para romper en velocidad y Randy y Kily para perforar la portería senegalesa y pasar a cuartos. Algo histórico. Pero Costa de Marfil supuso un obstáculo demasiado grande.

Va a empezar una nueva Copa de África en Guinea Ecuatorial, esta vez como única organizadora. Vuelve el fútbol de máximo nivel a esta pequeña república de África Occidental. Una nueva oportunidad para demostrar de lo que el país es capaz.