Rouwen Hennings hacía rato que tenía su mente en otra parte. Permanecía adormilado en una de las dos camas que había en aquel compartimiento de hotel, ahorrando energías para el día siguiente. Pero en el otro colchón, su compañero de habitación no conseguía hacer lo mismo. Iban a tocar las cinco de la madrugada (ahora sí, ya era día 16 de octubre de 2009) y Andreas Biermann seguía enfrente de la pantalla de su ordenador, jugando en uno de esos portales digitales de apuestas ‘on-line’. No podría pegar ojo en lo poco que le quedaba de velada. De hecho, ni lo intentaría.

Los dos, por aquel entonces, formaban parte de la primera plantilla del FC Sankt Pauli, que esa misma mañana iba a desplazarse al Stadion Niederrhein para tratar de asestar un golpe como visitante al RW Oberhausen, en una jornada correspondiente a la 2. Bundesliga. Los ‘piratas’ cumplirían con su objetivo y se impondrían por 1-3, en un encuentro en el que Biermann entró en la segunda parte para sumar en defensa y ayudar a amordazar la ventaja que los suyos ya habían puesto en el marcador. Años más tarde, él mismo reconocería no haber experimentado ningún tipo de emoción tras aquel resultado. Sus compañeros de ese día, en cambio, sí que celebraron con júbilo el pitido final del colegiado. Andreas se dejó llevar, pues temía llamar la atención; bailó y gritó junto al grupo, pero con el corazón gélido. Sólo él sabía que toda esa apatía inexplicable era la mejor demostración de que algo en su cabeza había vuelto a torcerse. Sólo él se imaginaba que aquella había sido su última aparición como futbolista profesional.

Detrás de la fachada de un tipo que se empeñaba en mostrarse conmovedor, alegre y optimista ante las masas, se escondía un ser con espíritu frágil como el vidrio, incapaz de dejar atrás sus fantasmas y cada vez más asustado ante la recaída definitiva

“Fue triste que tuviera que despedirme de ese modo, pero supongo que ya había asumido que no estaba para seguir jugando”, apuntó el jugador en otras declaraciones posteriores. Biermann hacía tiempo que notaba que su enfermedad había vuelto a brotar en su interior. Durante los días posteriores a ese partido en el Niederrheim, se aisló y trató de sacudirse de las malas vibraciones que rondaban de nuevo por su cabeza acudiendo a su vicio predilecto: las salas de bingo. Fue de local en local jugando al póker. Un periplo que se saldó con unas pocas alegrías instantáneas, un puñado bastante mayor de disgustos amargos, un montón de copas vacías y, sobre todo, un agujero enorme en su bolsillo. Un agujero, concretamente, de 20.000 €. Los mismos con los que iba a comprar el terreno en el que tenía pensado levantar un nuevo hogar para su familia.

Al llegar a su casa de Shenefeld, población cercana a Hamburgo, su mujer Juliane olió el despilfarro, se enfrentó con él y le pidió explicaciones. No se puede decir que Andreas no se lo esperase: antes que eso, se había pasado por una tienda de utensilios de jardinería y había comprado con un falso pretexto un tubo color verde, de dos metros de largo y con un diámetro lo suficientemente grande para encajar en el conducto de escape de un auto. Lo preparó todo como si supiese con exactitud lo que iba a pasarle durante la hora siguiente. Y su intuición no falló. Tras la bronca con Juliane, le mintió y le dijo que le iba a traer del coche los papeles que demostraban que el estado de sus cuentas no había variado un ápice. Pero en cuanto salió de la puerta para dirigirse al aparcamiento, ya no volvió a emprender el camino de vuelta.

Lo primero que hizo Biermann al iniciar su escapada fue apagar su teléfono móvil. No quería que nadie supiese de su paradero, tener que justificar su marcha y ni mucho menos ver como los suyos se preocupaban por su ausencia, algo que podría acabar ablandando sus intenciones. Su esposa y sus criaturas, Talea y Nicklas, la primera de dos años de edad y el otro recién nacido de solo siete meses, eran razones de peso para dudar. Pero la decisión estaba tomada. “No tenía miedo a la muerte. Ella era la única que podía liberarme de la mierda en la que me había quedado atrapado”. Paró en una gasolinera, donde vació varios combinados de whisky de un solo trago, y acto seguido se puso a conducir sin rumbo, hasta que encontró un rincón aislado donde estacionar, cercano al pueblo de Wedel, a orillas del río Elba. Lo preparó todo, subió las ventanillas, dio el play a su disco preferido de Philipp Poisel y encendió otra vez el motor. Allí se quedó, esperando el punto y final.

Horas más tardé, Juliane, que en plena desesperación ya había avisado a las autoridades, había acudido a las instalaciones del Sankt Pauli por si alguien sabía algo de todo aquello e incluso había entrado en el correo electrónico de su marido para hacerse con cualquier dato esclarecedor sobre su repentina fuga, recibe una llamada que confirma lo que se temía desde el primer momento. Biermann ha sido encontrado por la policía y está ingresado en la UCI del hospital de Altona en estado muy crítico, tras intento de suicidio fallido.

Todos los detalles de esta horripilante experiencia que acabó de la manera que menos esperaba su protagonista, los contó el propio Biermann en una biografía que le publicaron dos años más tarde de lo sucedido.

SU LUCHA CONTRA EL DIABLO

La depresión es una enfermedad mental que se construye sobre las expresiones de anhedonia (incapacidad humana para disfrutar de los acontecimientos de la vida cuotidiana). Según datos oficiales, es la principal causa de suicidios en Alemania, como la de tantos otros países de medio mundo. Se trata de un trastorno que suele manifestarse por rachas: períodos de tiempo en los que la dolencia se pronuncia a mayor grado, sucedidos de otros en los que el desaliento parece que disminuye. Aunque si no se consigue erradicar a tiempo la enfermedad, a medida que avanzan los meses las fases benévolas cada vez son más cortas e infrecuentes.

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El libro autobiográfico que Biermann publicó sobre su enfermedad

El caso de Andreas Biermann siguió el patrón del depresivo. Después de recuperarse de la catástrofe de Wedel, decidió dar un golpe de timón en su vida y buscar algo de luz al final del túnel. Se afilió en el conjunto amateur alemán del Spandauer Kickers (su historial clínico le redujo las opciones de firmar por ningún otro club profesional), hizo público su problema y se puso a escribir una biografía (‘Depresión: Tarjeta Roja’) para dar a conocer al mundo su historia. Incluso empezó a estudiar Psicología. Pero detrás de la fachada de un tipo que se empeñaba en mostrarse conmovedor, alegre y optimista ante las masas, se escondía un ser con espíritu frágil como el vidrio, incapaz de dejar atrás para siempre sus peores fantasmas y cada vez más asustado ante la posibilidad de la recaída definitiva. La construcción de su apariencia empezaría a resquebrajarse durante el verano de 2012, en el viaje de fin de curso que el Spandauer realizó a Mallorca, donde muchos de sus compañeros tuvieron que intervenir para que Biermann no culminara otra de sus intentonas suicidas. El “diablo” que llevaba dentro cada vez estaba más cerca de ganar la partida.

Cuando algo se repite en muchas ocasiones, se convierte en inevitable y, finalmente, ya nada puede impedir que acabe sucediendo. Biermann, roto por dentro, desesperado y exhausto, acabó lo que demasiadas veces había empezado (antes de su fallecimiento había tentado el suicidio tres veces, contando los capítulos expuestos). Viernes 18 de julio del presente 2014. Escapada a Berlín. Antes de marcharse, se había comprometido con Juliane (con la que se había divorciado) para recoger a sus hijos a su retorno. Pero no lo hubo. La vía del tren ya no le dio la oportunidad de renacer de nuevo de sus cenizas. El vaso acabó por colmarse, y a continuación se sucedieron los comunicados de lamento de sus más allegados y de algunos clubes de fútbol en los que un día había militado (Union Berlín, Sankt Pauli o el propio Sapndauer).

Conmoción. Sólo cinco días después de que Alemania atrajera las envidias de todo el globo futbolístico al colgarse el laurel más preciado en el Maracaná, el mismo país, entre festejos y muestras de alegría, se dio cuenta de que una de sus heridas seguía supurando. El caso estremecedor de Robert Enke, fallecido en 2009, seguía más vivo en el recuerdo de lo que muchos pensaban. El propio Andreas, antes de dejarnos, soltó unas palabras que así lo corroboran: “cuando escuché las razones que llevaron a Robert a quitarse la vida, me sentí a mí mismo hablándole al espejo”.