A falta de mayores nociones, colores. Está demostrado que funciona. Hace escasos días, Aleix Vidal, en el acto de su presentación como nuevo jugador del FC Barcelona, se apresuró a comunicar a los allí presentes que le gustaba “la nueva camiseta del equipo” -antes incluso de pasar revista a la supuesta afición madridista que le acompañó en su infancia o a la futurible competencia con Dani Alves-, consciente que en el Camp Nou pocos temas hay más delicados que el diseño de la zamarra oficial. Para el curso que espera se vienen rayas horizontales, con todo el holocausto conceptual que eso supone para algunos, y al chico habría que reconocerle lo muy hábil que estuvo de reflejos. Cuando pisas un suelo ajeno por vez primera y partes del desconocimiento, agarrarte a un trozo de tela debería ser visto como un acto de fe prudente y disculpable.

Creo que le leí alguna vez a Axel Torres que si el Arsenal había sido el primer conjunto al que admiró en Inglaterra fue por una razón tan limpia como que no había otra camiseta que le gustase más que la gunner. Se agradece la sinceridad del gran periodista, pero no acaban de salir las cuentas, porque si todos aplicasen esos ritos tan instintivos probablemente los cerveceros del Lugo serían los futbolistas más aclamados del globo, y no es el caso. Pregúntale sino a un macedonio por Pelayo Novo, a ver qué te dice. En cualquier caso, el gusto visual como generador de simpatías es algo que funciona, y que siempre está ahí para los que no sabemos lo suficiente. Debo admitir que yo ayer eché mano al mecanismo para ver el Colombia-Venezuela. Sobre los primeros voy a decir que estaba al día, pues esta revista dedicó precisamente su último número a la revalorización del talento cafetero, y si aceptase lo contrario mal me iría. Pero otra cosa es Venezuela, de la que me faltaban referencias constatables, por mucho que algunos nombres me resultaran familiares, ya fuera por cartel de estrellas nacionales (Rincón o Arango), por pasado y presente en la Liga (Amorebieta, Túñez, Miku o Rosales) o simplemente por pintas memorables que le tocan a uno la fibra (Vizcarrondo).

La elástica venezolana, aun así, ató los cabos sueltos por ella misma. Hay algo en ese granate que magnetiza, y espero no ser el único al que le está pasando esto, porque si no empezaré a hacerle caso a Eduardo Inda y a creer que el ‘coletas’ se está apoderando muy sutilmente de mi cabeza. Tocando estos hilos se corre el riesgo de ser tachado de chavista empedernido, más ahora que en este país esa etiqueta se reparte con igual ligereza que el 20 minutos en las bocas de los metros, pero no disgusta cómo luce la Vinotinto al sol chileno, que le vamos a hacer.

El combinado nacional de Venezuela viste con ese amoratado desde los inicios de su existencia, algo que sorprende puesto que no es un color nada recurrente en una selección de fútbol, mucho menos entre las grandes. La primera vez que este equipo participó en una Copa América (Uruguay, 1967), además, sufrió el percance de tener que prescindir de su camisa habitual en un duelo que la enfrentó a Chile (en aquella edición la equipación había basculado hacia un tono más rojizo). En las vísperas del encuentro, los organizadores tuvieron que buscar entre las bambalinas del Centenario de Montevideo una solución para vestir a los venezolanos, hasta que uno de ellos encontró un saco repleto de zamarras de Peñarol. De ahí a que todavía hoy se escuche eso de que a la Vinotinto y al mítico club uruguayo les une una especie de cordón umbilical forjado en una anécdota del pasado. A sabiendas de ello, no es descartable que el bueno de Sabina celebrara ayer las pérdidas de James o la cara de pasmarote que arrastraba Pékerman subido a la mesa y con la melena destartalada.

Más inverosímiles estampas se han visto, y sino reculen solo unas horas y busquen en Twitter a Felipe Calderón. Se ve que el expresidente de México estaba siguiendo el Colombia-Venezuela, cuando de repente le dio por prender fuego a las redes. “Qué pena, qué juego tan sucio del equipo de Venezuela. Parece que los entrenó Maduro”, dijo Calderón, haciendo referencia al planteamiento de partido físico y trabado que propuso el grupo de Noel Sanvicente para evitar que los colombianos activaran su habitual despliegue ofensivo. Héctor Rodríguez, ministro de Educación de Venezuela, no tardó en replicar a su vecino. El hashtag con el que contratacó decía no sé qué de un narcotraficante. En fin, dejémoslo ahí.

Trifulcas aparte, y gustos coloridos también, lo cierto es que Venezuela, cenicienta en Chile, ha iniciado la Copa América 2015 pegando duro, recuperando para la causa su cultura futbolística basada en el esfuerzo y en el rigor posicional, y dejando sin tinte a la Colombia de Falcao y compañía, que no consiguió ni siquiera rescatar un punto en su debut. Arrancamos esta competición piropeando su nutrido cartel de favoritos, pero parece que ahora tendremos que hacer lo propio con los aspirantes a revelación de junio. Se crece la Vinotinto, mientras Paraguay le fuerza unas tablas a Argentina y Perú tiene contra las cuerdas hasta el último suspiro a Brasil.