La noche en la que Gianluca Lapadula arribó al Perú, Martín Vizcarra, el presidente de ese entonces, preparaba su defensa frente a la vacancia por incapacidad moral de la que lo acusaba la mayoría en el Congreso. Días antes, el 30 de octubre exactamente, su nombre, en la voz del técnico, Ricardo Gareca, era una lejana isla entre los apellidos de una selección que para muchos fue siempre un espejo de la multiculturalidad y de la identidad nacional. Esto último quizás como la meta impensada, o más bien la resaca de lo que fue la heroica clasificación a Rusia 2018, y que días previos al anuncio oficial de los convocados para la tercera y cuarta fecha por las Eliminatorias a Qatar 2022, se vio acosada por el escepticismo de quienes la creían infranqueable, una fórmula que había funcionado y que no había por qué cambiar.

Pero en medio de esta hecatombe a nivel país, hay dos cosas por la que los reporteros esperaban que el ‘Tigre’ pudiera explayarse. La primera, claro, tenía que ver con si el delantero italiano de madre peruana llegaría con su documento nacional para el 13 de noviembre, día del encuentro con la selección chilena. Y la segunda la crisis— si es que el técnico más hermético pero a la vez con mayor respaldo popular que ha tenido Perú en las últimas dos décadas se atrevería a decir algo respecto de lo que sucedía en las calles.

En la convocatoria, Gareca fue claro sobre lo primero. “Las posibilidades son amplias”, “va por buen camino”. Lapadula ingresó por Raúl Ruidíaz un delantero que suma críticas de la hinchada peruana debido a su falta de gol a los 14 minutos del segundo tiempo en Santiago, cuando los del Rímac perdían por dos tantos anotados por Arturo Vidal. Más tarde, ya en la previa del partido con Argentina en Lima, Gareca sentenció sobre lo segundo: “Los jugadores no son responsables de lo que está ocurriendo. Somos responsables de lo que pasa en la cancha y sobre todas las cosas queremos darle una alegría a la gente”.

Para cuando Lapadula sellaba ya su segundo partido con la blanquirroja con una nueva derrota, Perú se hundía en el fondo de la tabla con uno de 12 puntos posibles, las protestas sociales cobraban la vida de dos personas, y la banda presidencial era ajustada por segunda vez en tan solo una semana.

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Antes de su llamado oficial a la selección peruana, Lapadula vistió la ‘azzurra‘ italiana en un encuentro amistoso contra  San Marino en el que le anotó tres goles. En ese entonces, y tras un primer encuentro con directivos peruanos en 2015, no había vestigio alguno de vínculos entre el delantero del Pescara siquiera con el fútbol sudamericano. Es más, con treinta goles en su último año en la Serie B de Italia y ad portas de un voceado fichaje por el Milan, en la distancia entre Gianluca y la hinchada inca sobraba espacio para quienes consideraban casi una ofensa su eventual desaire a la selección de fútbol versus los que, tal como en un idilio amoroso, son fieles creyentes de las segundas oportunidades.

En 2016, su apellido se hizo meme por primera vez luego de una entrevista entre el periodista Silvio Valencia y el exseleccionado nacional, Johan Fano, transmitida en vivo por el canal Exitosa. ¿Usted cree que Lapadula está jugando con Perú?”, le preguntaba Valencia al futbolista que ese tiempo vivía el ocaso de su carrera en el club UTC de Cajamarca. “En ningún momento he dicho eso”, replicaba Fano, que al instante era nuevamente apabullado por los alaridos del comentarista, exigiendo respeto para el ‘9’ italiano.

Usted le está faltando el respeto a Lapadula. Lapadula juega en Europa. Usted nunca jugó en Europa y ni lo va a hacer —se le escucha decir al periodista en los registros de lo que es hoy un clásico casi barroco de la televisión peruana del último lustro, y que marca el inicio de un tramo más o menos corto entre lo que fue primero la salida de Valencia de la televisión local al comentario que ocupa hoy el primer lugar del vídeo en YouTube y que califica sus palabras como una profecía.

Por supuesto, Fano no fue el único que sucumbió al escepticismo que despertaba en el país su llegada al puesto que durante las eliminatorias pasadas había sido ocupado por Paolo Guerrero. Lapadula aún no borra la foto en Instagram en donde se luce con la camiseta que ocuparon alguna vez Luca Toni y Giancarlo Antognoni, y debajo de los centenares de hinchas peruanos que le reclaman como en un noviazgo tóxico la supresión de tal registro, hay otros que, en 2018, fueron a restregarle en las redes que Perú había ganado un cupo para la Copa del Mundo, mientras que la cuatro veces campeona Italia había sido eliminada por los suecos.

Pero ante la dramática situación de una selección que no sabía cómo manejar la presión de llegar a una nueva etapa de eliminatorias con el peso de una clasificación agónica y un subcampeonato de Copa América, a la hinchada no le quedó otra más que tener a Lapadula al menos como una posibilidad abierta, como una moneda al aire, como ese milagro en un partido de visita con la hinchada y el marcador en contra, como esa posibilidad de augurar vida —libertad— después del caudillismo de Guerrero y su subalterno, Jefferson Farfán.

Una vez confirmada la convocatoria de Lapadula, al autor del gol que devolvió a Perú a los mundiales después de 36 años le preguntaron sobre qué ritual de baile podrían hacerle al ahora oficialmente italoperuano para sellar su bienvenida. “Un festejo lo hacemos bailar”, respondió Farfán, “con una vela quemarle el trasero pa’ que salte, pa’ que brinque”.

Por esos días, si bien Guerrero no se pronunció sobre el tema, su madre, una voz recurrente para la televisión local, sí lo hizo aprovechando una entrevista en un programa de espectáculos. “Que venga el chico y que demuestre a todo el Perú lo grande que es”, lanzó doña Peta casi como un desafío para Lapadula, un reto acompañado por un gesto que aun difuso tras la mascarilla también evocaba resistencia e incredulidad. Incluso, desde el lado más sesudo del periodismo, antes de su llegada muchos se preguntaban si realmente era posible su integración al grupo. “El jugador peruano es muy celoso”, recordaba el periodista Pedro García a través de Movistar Deportes, y bastaba con mirar un poco a la historia para darse cuenta de que, si bien la selección no había sido ajena a procesos de nacionalización (Julinho, Julio César Valerio, Ramón Quiroga, por dar algunos ejemplos), todos estos se habían dado en futbolistas que tenían un vínculo con el país construido por años.

No obstante, en el caso de Lapadula, por más que la prensa husmeaba milimétricamente en el árbol genealógico del ariete en Perú, buscando cuñas de sus tíos, primos, lo que fuera, sobre si le gustaba la comida peruana o si era hincha de algún equipo nacional, al parecer los únicos registros públicos de aquel crimen estaban reducidos a un tatuaje en su brazo derecho y a una fotografía cuando niño, luciendo en su natal Turín la cuna del derbi del calcio entre la Juventus y el Torino la misma camiseta blanquirroja de los años noventa con la que Flavio Maestri estuvo a punto de clasificar a Perú al Mundial de Francia’98.

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El 9 de octubre de 2020, Gianluca mostró a detalle su tatuaje del brazo derecho. Pero la fotografía que aún permanece en su cuenta de Instagram, al menos al inicio, no generó el tipo de conmoción que sí despertaría su llegada al país apenas un mes después, incluso pese a tener en su descripción una anotación con la bandera peruana, que decía: “Mis orígenes, la mitad de mi corazón, la mitad de mi sangre”. Muy por el contrario, la similitud de la figura del tatuaje con la de un nativo cherokee, dio más cabida a pensar que el tatuador del italiano había colocado la palabra ‘indio’ en el buscador de Google y le impregnó en la piel la primera imagen que le saltó a la vista.

Nuevamente, como en 2016, los memes no se hicieron esperar. Un tarro de nuggets del KFC: “la pollada según Lapadula”; una puesta de sol en los canales de Venecia: “el río Rímac según Lapadula”; una pintura de la toma de la Bastilla: “la batalla de Ayacucho según Lapadula”, y así cientos. Más tarde, el delantero explicaría en una entrevista para un medio italiano que su madre, Blanca Vargas, tenía familia en Paramonga, una ciudad al norte de Lima en donde se venera con la llamada danza de los pieles rojas al Señor de la Soledad y a la Virgen de las Mercedes.

Para su arribo a Lima, el 8 de noviembre de 2020, el tema estaba tan zanjado que incluso los vecinos de Paramonga pintaron un mural en su nombre en el que se podía leer: “Lapadula, fortaleza inca, bienvenido a Perú”. Mientras tanto, esa noche, en el aeropuerto Jorge Chávez, pese a que el país apenas salía de la primera ola de la pandemia, decenas de reporteros transmitían aglutinados su llegada a territorio nacional. Algunos, además, ya preparaban para el día siguiente las notas sobre el costo de su gabardina beige y su mochila Gucci, con las respectivas opciones de réplicas en Gamarra, el emporio textil más grande del país y en el que ya se comercializaban camisetas con su apellido. A su llegada a la concentración en el hotel, Gianluca Lapadula bajó de una camioneta negra acompañado de representantes de la Federación Peruana de Fútbol. El país estaba a punto de derrumbarse esa semana, pero las imágenes que la televisión mostraba una y otra vez como en un loop, eran las del delantero saludando a la prensa y haciendo gala de una mascarilla con los colores de la bandera.

A pesar de las tres primeras derrotas desde su debut con la selección nacional, la prensa y la hinchada terminaron rescatando la actitud de Lapadula, aun cuando le tocó entrar siempre con el marcador en contra. En una conferencia de prensa previo a su partido estrella frente a la selección de Ecuador, y en donde Perú sumó sus tres primeros puntos en las eliminatorias, un periodista le recordó una escena posterior a la derrota frente a Colombia por tres goles a cero.

—Tengo una pregunta un poco personal, pero no quería dejar de hacértela. Pasó después del partido, yo entro a la cancha a buscar a uno de los jugadores para una entrevista, tú te acercas con la nariz ensangrentada, me abrazas y me dices: ‘Lo siento mucho’. Me emocionó, pero fuera de eso, quería saber ¿qué tan hincha te has vuelto de la selección? ¿Eres igual cuando juegas en tu club?

Lapadula, con la mirada distraída y esquiva de la cámara, responde en un español que mejora de a pocos: “Claro, a ninguno le gusta perder, a ninguno le gusta la derrota”

Alguna vez el padre del delantero italiano Patrick Cutrone declaró que, después de un partido donde no anotaba, era mejor “estar lejos de él durante un par de horas”. Es cierto que Italia no es precisamente conocida por exportar a genios del área. Es más, todos los ‘9’ nombrados en este texto son apenas sombras para lo que es la verdadera materia prima de los ‘azzurri‘: sus defensas, verdaderos perros de caza, especialistas —sino los inventores— en el arte de evitar el arte. Alguna vez también, el cineasta italiano Paolo Pasolini escribió como un halago que “el máximo goleador de una temporada es el mayor poeta de un país”. Pero si a los delanteros del calcio les corresponde tal definición, sus defensas son los novelistas ajenos a las cloacas de donde emerge la poesía y más cercanos a la rimbombancia y a los flashes de la farándula cultural.

Ese fue el ecosistema que curtió a Lapadula, una sabana de feroces puntapiés directo a las canillas, contragolpes de súbito y delanteros obreros capaces de domar la gloria. Con su último equipo de la Serie A, el Benevento, lejos de disputar siquiera una chance en la Europa League, a Lapadula le tocó de nuevo el melancólico agujero de final de tabla, que terminó por condenarlo al descenso poco antes de la fecha ocho por las eliminatorias. No es muy distinto con una selección que, no obstante el paréntesis de Rusia 2018, conoce a la perfección ese terreno. Si la alegría es la marca brasileña en el fútbol, y la garra, la uruguaya, para los peruanos el sufrimiento es el sello de casa. No se trata de un desdén como el de Renton, el personaje de Trainspotting, por la Escocia eliminada por Perú en Argentina’78, sino más bien de una angustia a la espera de que, como dijera el fallecido narrador, Daniel Peredo, “una más va a haber”: tres puntos del cielo, la pelota rozando el travesaño segundos antes del pitido final. Así se enrumba Perú hacia una nueva edición de la cada vez más frecuente Copa América, con nuevos nombres que irrumpen en su selección y los mismos cuatro puntos con los que fue en las eliminatorias pasadas a la edición número cien del torneo de fútbol más antiguo del mundo. Hubo accidentes aquella vez. Al igual que ahora, el pecho advierte, que algo aún puede pasar.

 


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Fotografía de la Federación Peruana de Fútbol.