Extraña sensación la que tendrá Uruguay cuando llegue a Rusia y todos la señalen como la favorita de su grupo. El Maestro Tabárez afronta su cuarto Mundial fiel a sus ideas. Desde que asumió de nuevo el cargo ha visto ir y venir ante sus ojos tendencias futbolísticas que contradecían su manual, pero Uruguay siempre ha sido Uruguay: lucha, épica, agresividad y sorpresa. Un traje que le cae a la perfección cuando asume el papel de víctima pero que este verano tendrá que lucir siendo el centro de atención.

Si hace cuatro años se creció para sobrevivir en un grupo de la muerte junto a Italia e Inglaterra, a los que derrotó -solo perdió, cosas de Uruguay, ante el rival a priori inferior, Costa Rica-, esta vez la mayoría de quinielas la sitúan en octavos. No es para menos: el cuarto puesto de Sudáfrica y la citada machada de hace cuatro años confirman al equipo uruguayo como algo más que un convidado de piedra en las citas mundialistas. Este año, además, han alcanzado la fase final directamente, sin necesidad de repesca, por primera vez desde que se implantara el sistema de liga única en la zona sudamericana.

Si el jefe en el banquillo es el mismo de hace cuatro años, tampoco ha variado en exceso la espina dorsal celeste, que crece en veteranía. Fernando Muslera, Maxi Pereira, Godín, Suárez, Cavani,… Referentes habituales, presentes ya en el bello y lejano verano sudafricano de 2010, que afrontan quizá su última oportunidad en una cita de este calibre. Junto a ellos, nuevos valores como el juventino Rodrigo Betancur, el atlético José María Giménez, el aurinegro Guillermo Varela o el celtista Maxi Gómez. Un atacante, este último, que completará un cartel de lujo en ataque, pues a los nombres de Suárez y Cavani, hay que sumar el de Cristian Stuani, que se ha ganado volver a estar en un Mundial tras una brillante y goleadora temporada en Girona.

 

 

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