La de Uruguay en el Mundial de Corea y Japón’02 quizá sea recordada, y con razón, como la peor participación celeste en una fase final, con dos empates y una derrota que no sirvieron para pasar de la primera fase en un grupo con Dinamarca, Senegal y una Francia decadente y deprimida.

Pero, aunque decepcionen, los uruguayos son incapaces de marcharse de un torneo sin registrar algún hecho reseñable. Y uno de los que más contribuyó a ello fue el defensa Darío Rodríguez. Un futbolista de brega, abonado al mito del espíritu charrúa, al que, de aquel primer Mundial, se le recuerdan dos hechos radicalmente distintos. El primero fue un gol extraordinario, un golpeo perfecto desde fuera del área tras un córner de Recoba que, sin dejarla caer al suelo, Pablo García había controlado de manera magistral antes de cederla al sorprendente goleador. Aunque no les sirvió para derrotar a Dinamarca en el primer partido que disputaron en aquel campeonato, ese tanto ha permanecido en el recuerdo como uno de los mejores en la historia de los Mundiales.

El segundo de los hechos con los que el defensa dejó huella en aquel torneo fue un conato de pelea: en el último choque de la fase de grupos, un duelo caliente en el que Senegal iba ganando por 3-0 a los uruguayos al descanso, Rodríguez y el ‘Chengue’ Morales decidieron meterse en el vestuario del conjunto africano para marcar territorio. “Nos metimos al vestuario y eran 40 contra dos. Obvio que no había chance, quisimos pegar alguna y no pudimos, cuando tiramos dos vinieron 28 más o menos. Había seguridad que no era la del Mundial, eran de ellos, estaban grandes y se nos vinieron todos arriba. Al tipo no le íbamos a llegar [Diouf, que había provocado al banquillo uruguayo antes del descanso] ni a ninguno de los jugadores. Y volvimos y le digo al Chengue: ‘Les pegamos a todos, ¿eh?'”, rememoraba en una entrevista. El partido, por cierto, acabó en empate a 3.

 

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