La selección argentina iniciará su andadura en Rusia bajo la alargada sombra de una efeméride histórica: este verano se cumplen 40 años del primer Mundial que levantó. Lo hizo en su casa, liquidando a Holanda en la final en el Estadio Monumental, aunque esa gesta siempre quedará enturbiada por el contexto político que envolvió al torneo, disputado en plena dictadura de Jorge Rafael Videla.

El macabro militar, responsable directo de la desaparición de más de 30.000 personas, era uno de esos pocos argentinos a los que no les apasiona el fútbol, como Borges, pero aun así quiso aprovecharse de la pomposidad de un evento como la Copa del Mundo para edulcorar la imagen de su régimen y proyectarlo al exterior. “Nos usaron como arma propagandística, entonces no lo podíamos ver”, reconocería años más tarde Osvaldo Ardiles, uno de los miembros de aquel bloque campeón.

El entrenador del combinado, César Luis Menotti, socialista convencido, también fue muy criticado por no negarse a participar en aquel circo, aunque suyo es el famoso discurso pronunciado en el vestuario de la Albiceleste antes del partido decisivo contra los holandeses, en el que arengó a sus pupilos asegurándoles que “nosotros no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares sino que jugamos para la gente, nosotros no defendemos la dictadura sino la libertad”. Un Menotti, por cierto, que a pocos días del inicio del torneo decidió excluir de la lista de convocados a un tal Diego Armando Maradona, al que consideraba demasiado joven. Ese chico melenudo, ocho años después, en México, devolvería a Argentina a lo más alto, en un campeonato en el que, por fin, el único terror palpable era el que sentían los rivales cuando El Pelusa los encaraba con el balón cosido en los pies.

 

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