El negocio del fútbol es insaciable. Cada vez hay más partidos, más torneos, más eliminatorias, más finales. Cada vez hay menos opciones de ser felices extrañando aquello que nos importa.
Los aficionados al fútbol tenemos taras, manías, carencias. Pero, sobre todo, tenemos una duda: ¿cómo es posible que alguien no se emocione con aquello que a nosotros nos vuelve locos?
En Buenos Aires hay una placa que recuerda los partidos que el Papa Francisco jugó en la calle cuando aún era un niño. Esa inscripción demuestra que, antes de la fe, está el fútbol.
74 años ocupando el mismo asiento en Old Trafford. Una vida entera entregada a un equipo. Pero incluso en el fútbol, parece que el amor también puede agotarse.