Ocho años desde el día en que el Deportivo de la Coruña se exilió de la Primera División de la Liga de Fútbol Profesional, un 30 de abril de 2018. Aquel día el FC Barcelona inició, sin saberlo, una de las etapas más duras de nuestra historia reciente, gracias a un hat-trick de Leo Messi que consumó un cruel descenso a los infiernos que ha durado más de lo esperado y que nos ha llevado a jugar contra modestos históricos de nuestro fútbol como el Real Unión de Irún, la Balompédica Linense o el Logroñés de Las Gaunas. Un fútbol menos brillante, pero cargado de un simbolismo que los acólitos del Deportivo no hemos dejado de destacar en los últimos años: bajar al barro.
Unos meses después de aquella derrota y de perder la categoría, me mudé a Barcelona para estudiar. Tenía 22 años y ahora cuento 30 primaveras. Una vida entera que cabe entre ambas edades y que ha trascurrido en diferentes barrios de la ciudad, deslizándose entre curros que empezaban con ilusión y acaban con resignación, amistades nuevas y algunas perdidas, pero sobre todo en viajes a Tarragona, a Sabadell o a Cornellà que pensaba que nunca haría, y que se acabaron convirtiendo en rutina asimilada de un equipo menos lustroso que antaño; un Dépor que, aun así, seguía siendo una suerte de idioma privado y precioso, un enclave psicológico que me permitía seguir formando parte de una comunidad.
“Ocho años son muchos años de exilio y la celebración tenía que estar a la altura del número de telarañas que desempolvamos de nuestros machacados corazones el pasado domingo”
Existe un dicho gallego, de origen incierto, pues algunos se lo atribuyen a Xosé Manuel Beiras, otros a Xosé Ramón Barreiro o incluso al mismísimo Castelao, que viene a resumir la esencia de nuestra identidad nacional e histórica: “O galego non fai a revolución, fai a maleta”. Una idea a priori derrotista, íntimamente ligada a la emigración gallega, pero que también puede aplicarse a una resistencia cotidiana, exenta de la épica de los grandes campos de fútbol de nuestro país. Una noción que explica por qué éramos más de 200 personas el otro día viendo el ascenso del Deportivo en un bar de la Avenida Diagonal, donde se reúne la Peña Deportivista de Barcelona los días de partido. Un nutrido grupo de forofos que vivimos nuestra pasión en el exilio relativo, igual que miles de gallegos por el mundo. Un pequeño porcentaje de una diáspora inmensa que el otro día alcanzó un clímax colectivo en un bar roñoso de Barcelona.
Ocho años son muchos años de exilio y la celebración tenía que estar a la altura del número de telarañas que desempolvamos de nuestros machacados corazones el pasado domingo. No hubimos de lamentar un bagaje de daños excesivo: un herido leve por el impacto de un objeto contundente volador no identificado en la cabeza tras la euforia del pitido final (ánimo, Lisardo), varios cientos de euros invertidos en cerveza desparramada por el suelo y un billete de ida a Primera División para el club más laureado de Galicia. Casi nada.
“Dice Paulina Flores que disfrutar la vida es jugar a capear olas en el mar, y parece que en Coruña los últimos años hayamos sido expertos en comernos torpemente cada una de esas olas. Hoy en cambio podemos gritar que el Deportivo ha vuelto”
El fútbol gallego respira distinto. Sonríe. Tanto que hasta el propio Iago Aspas ha decidido prolongar un año más su contrato con el Celta de Vigo para no perderse un derbi que llevamos demasiado tiempo esperando. Hay quien comenta que el de Moaña sigue para volver a jugar con su equipo en Europa, pero yo no me lo creo. Quién sabe si esta columna le llega, pero desde aquí, este humilde deportivista solo tiene palabras de agradecimiento, Iago, por permitirnos un último baile, un último abucheo en cuanto tu bota viguesa pise el césped sagrado de Riazor y, ojo, lo digo sin retranca. Gracias, te honra el gesto.
Dice Paulina Flores que disfrutar la vida es jugar a capear olas en el mar, y parece que en Coruña los últimos años hayamos sido expertos en comernos torpemente cada una de esas olas. Hoy en cambio podemos gritar, con los labios todavía cortados por la sal del Atlántico (y con algo de resaca), que, tras una larga travesía por el desierto, el Deportivo vuelve a estar donde le toca.
Prepárense porque, ahora sí, o puto Depor está de volta.
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Fotografía de Getty Images.


