Imagina que no me gustase el fútbol. Notaría un ligero vacío en el cuerpo, como si me hubieran arrancado una extremidad y de repente todo pesara un poquito menos. Dormiría mejor. No haría la cuenta atrás. Tendría sueños distintos. Cenaría los 365 días del año. Sería conocido por mi aplomo, una frialdad sólida y reluciente como la de los cuchillos de los carniceros. Mis uñas estarían intactas. Gritaría solo en contadas ocasiones. Me perseguirían apenas tres o cuatro traumas infantiles. No tendría cicatrices en las rodillas. Los martes y los miércoles y los domingos por la noche me dedicaría a hacer puzzles de fotografías de Nueva York o de Calcuta o de Shanghái que luego llevaría a enmarcar y colgaría en las paredes del pasillo o del salón o del baño. Habría leído las obras completas de Simenon y Flaubert. Tendría más oído musical. Cocinaría como mis abuelas. Sabría arreglar persianas, grifos, enchufes. Mi pareja, mi padre, mi psicóloga no me mirarían a veces como si tuvieran a un rinoceronte azul delante, esos ojos parpadeantes de quien no acaba de identificar muy bien qué es lo que está ocurriendo. Podría justificarme en un minuto. Tendría menos prisa para llegar y para irme de los sitios. Me llevaría bien con todos mis vecinos. Habría devorado ochocientas bolsas menos de Pelotazos. Mi cabeza estaría más despejada, como esos pisos minimalistas en los que molesta hasta un vaso encima de una mesa. Me alegraría y me enfadaría por cosas normales. Imagina que no me gustase el fútbol. Que no sintiera nada cuando, en la última jugada de un partido antológico, con dos equipos empatados a goles, heridas e ilusiones, un balón se colase en el área y un delantero lo controlase solo ante el portero. Imagina esa paz, qué absoluto despropósito.
SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA
Fotografía de Getty Images.


