En el prefacio de su libro Zonal Marking, el analista inglés Michael Cox aclara que su intención no es escribir “una historia moderna del fútbol europeo”. Y está bien que lo aclare porque su portada y un rápido vistazo a su índice llevan a pensar lo contrario. Cox data en 1992 la reinvención del fútbol, algo en lo que es fácil coincidir: en aquel año, de la vieja Copa de Europa se crea la Champions, de la anticuada Football League nace la Premier, y de un odioso abuso (ceder el balón a las manos del portero) se origina la mayor modificación del juego desde la regla del fuera de juego. Sin embargo, tras ese punto de partida Cox empieza a repartir periodos de hegemonía como si fueran fichas de dominó: Holanda (1992-1996), Italia (1996-2000), Francia (2000-2004), Portugal (2004-2008), España (2008-2012) y Alemania (2012-2016) se han sucedido -para el autor de Zonal Marking- en ese imaginario trono del fútbol. El siguiente dominador, vaticina, será el balompié inglés, convertido en una especie de síntesis de todos los estilos anteriores. Casi nada.

Más allá de la discrepancia con algunos de esos periodos resulta conflictivo trocear los fenómenos históricos -y el fútbol lo es- en gajos tan rotundos: normalmente sus fronteras no están bien definidas. Especialmente cuando ni siquiera las fronteras de verdad, las de los países, lo están. Tampoco en el fútbol: va quedando poco de aquello que se daba en llamar los ‘estilos nacionales’. Maurizio Sarri es al catenaccio lo que José Bordalás al tiki-taka. En todas partes hay de todo, y no sabemos si es una consecuencia de la globalización o si siempre fue así y la tecnología solo nos ha dado los medios necesarios para comprobarlo. En todo caso, si viajar a Múnich, Estocolmo o Madrid resultan hoy experiencias mucho más similares entre sí que hace 40 años, difícilmente el fútbol podría escapar de ese proceso de homogenización.

En ese mismo prefacio, Michael Cox apostilla: “rápidamente me di cuenta de que esta historia no iba simplemente sobre los diferentes estilos de cada país. Iba también sobre cómo el país dominante en el fútbol continental, y el estilo hegemónico, han cambiado tan regularmente”. Y aquí el peso específico radica en las palabras clave, que no son ‘país dominante’ sino ‘cambio’ y ‘estilo’. Porque eso es el fútbol, mirado con el gran angular de la historia: una idea triunfa, y como triunfa se expande, y como se expande alguien en otro sitio la contrarresta con una nueva idea. La táctica de la WM popularizada por el Arsenal de entreguerras y su técnico, Herbert Chapman, tuvo una vigencia mundial de casi tres décadas, hasta que los ‘Magiares Mágicos’ desballestaron precisamente a la selección inglesa en Wembley (3-6, 1953). Hoy la mayoría de los matrimonios duran bastante menos que la WM.

 

Cambio y estilo, eso es el fútbol mirado con el gran angular de la historia: una idea triunfa, y como triunfa se expande, y como se expande alguien en otro sitio la contrarresta con una nueva idea

 

Si en la sociedad actual se impone el paradigma de la inestabilidad, y si nos creemos aquello tan manido de que el fútbol es el espejo de la sociedad, concluiremos que el balón también se encuentra sumido en una era de cambios constantes. No hay linealidad en los acontecimientos históricos porque mucho antes de que un proceso acabe el siguiente hace tiempo que ha comenzado: hay periodos de convivencia, de transición, de tonos grises entre el blanco que se apaga y el negro que se ilumina. Las referencias, ya sean cronológicas o geográficas, se intercambian además con mayor facilidad. El fútbol en esta década de 2010 a 2020 ha alcanzado sus últimos objetivos globalizadores. No sabemos cuánto tiempo podremos seguir regateando el partido liguero en Miami pero el gol de la Supercopa saudita, ése ya nos lo han marcado. Nos hemos habituado a dueños asiáticos que destituyen entrenadores a miles de kilómetros mientras los aficionados jóvenes pueden seguir competiciones de cuya existencia sus padres eran perfectos -y felices- desconocedores. En esta década nos hemos habituado a acarrear un pequeño acceso a Internet en el bolsillo, de forma que la voracidad con la que se propaga la información nos pudiera absorber a todos en su espiral.

Esa misma inmediatez con la que vemos una semifinal de copa noruega en streaming desde el baño es la que permite a los entrenadores conocer cada vez mejor a sus rivales. No en vano esta ha sido también la década de la explosión en los medios puestos al servicio de los técnicos: analistas, físicos, recuperadores… ¿Recuerdas los pósters de equipos con 23 jugadores, primer y segundo entrenadores, y el presidente? Pues son historia: acércate al entreno de un equipo profesional y comprobarás que hay más jefes que indios. Eso sí, date prisa porque en esta década también se ha puesto de moda eso de cerrar el acceso al público tras quince minutos de rondos. Y paradójicamente cada vez más clubes se apuntan a desnudarse -controladamente- en documentales ‘insider’: imágenes exclusivas, entrevistas personalizadas y acceso a los vestuarios, que en estos diez años han perdido su carácter sagrado para convertirse en discotecas rebozadas de luz neón, vinilos con frases motivacionales y asientos Recaro.

 

El fútbol entró en los años 2010 obnubilado por la pelota y saldrá de ellos frenético por los espacios: del controlo y paso al robo y corro

 

La noticia no es que el fútbol esté cambiando, sino la velocidad a la que lo hace. En esta década nos hemos acostumbrado a novedades como el VAR, las genialidades de Messi o el peinado del ‘Cholo ‘Simeone. Parecían fenómenos pasajeros y sin embargo resulta difícil imaginar cómo era nuestra vida sin ellos. Un cambio de década supone un buen momento para analizar la década de cambios que dejamos atrás. Así que vayamos al juego.

El fútbol entró en los años 2010 obnubilado por la pelota y saldrá de ellos frenético por los espacios. No solo si hacemos caso a las propuestas de sus equipos referencia, aquel Barça y este Liverpool, sino también de las selecciones que han marcado tendencia en este periodo: de la España de Del Bosque, que era la de Xavi e Iniesta, a la Francia de Deschamps, que es la de Griezmann y Mbappé. Del controlo y paso al robo y corro. Se puede matizar, porque el fútbol es demasiado grande como para generar unanimidades: en cada periodo el estilo hegemónico siempre convive con otros divergentes, cuando no abiertamente opositores. Por eso al comienzo de la década decíamos aquello de ‘todos los estilos son respetables’ pensando en Mourinho y la acabamos refiriéndonos a Setién.

Del juego de posición al gegenpressing: ese parece el trayecto recorrido en los últimos 10 años. No son categorías absolutas porque, de nuevo, el fútbol es tan plural que las desborda. El Barça de Guardiola era letal cuando contragolpeaba y estable cuando presionaba la pérdida, de la misma manera que los equipos de Klopp han evolucionado para afrontar con más herramientas el ataque posicional. Son características que nos hablan de la versatilidad de cualquier gran equipo, pero la tendencia entre los conjuntos de referencia mundial parece clara: en diez años se ha pasado de privilegiar las fases con balón a preferir -y casi provocar- que sea el contrario el que tenga la bola para así poder robársela.

 

“Queremos dominar el juego, especialmente sin el balón. Que el rival lo tenga es el preludio de nuestro gol. Queremos recuperarlo arriba para plantarnos en su portería con un pase”, aseguró Klopp en una de sus primeras entrevistas

 

En 2004 el joven entrenador de un Mainz recién llegado a la Bundesliga exponía su idea futbolística en el semanario Der Spiegel: “Queremos dominar el juego. Especialmente cuando no tenemos el balón. Queremos que el rival lo juegue en las zonas en las que a nosotros nos interesa. Que el rival tenga el balón es el preludio de nuestro gol. Queremos recuperarlo tan arriba que solo necesitemos un pase para plantarnos en su portería. No corremos más que los demás pero corremos sin parar”. Empujado por una vitalidad contagiosa, 15 años después Jürgen Klopp ha perfeccionado su propuesta.

El decenio ha acabado sin que el Liverpool lograra su primera Premier. Algo me dice que esa será una de las primeras novedades que traerá la década de los 20. Esta no es, sin embargo, una batalla de gallos: no es un Pep contra Klopp, porque los equipos que quieren jugar como Pep siguen siendo minoría aunque todos hayan introducido principios del fútbol de posición, y los que quieren jugar como Klopp son bastantes más aunque ninguno alcance ni de lejos su velocidad de ejecución. Y no es un duelo individual porque la década prodigiosa de Klopp (en 2011 ganó su primera Bundesliga y en 2019 su primera Champions), ha ido acompañada por la eclosión de toda una corriente emparentada con su idea de juego. En 2012, cuando Klopp estaba a punto de ganar su segunda Bundesliga con el Borussia, Red Bull se puso en manos de Ralf Rangnick para darle alas a su proyecto futbolístico.

10 años mayor que Klopp, Rangnick comparte con el técnico del Liverpool su pasado como futbolista de escaso reconocimiento, sus orígenes en la región de Baden-Württemberg y su predilección por el fútbol de posesiones cortas y transiciones continuas. Como entrenador, Rangnick sólo había triunfado en el Hoffenheim, club de un millonario que le dio todos los poderes. Cogió al equipo en segunda, lo subió a Bundesliga y lo asentó: una década después sigue en la elite. En la temporada 2008-09 el Borussia Dortmund de Klopp visitó al humilde debutante de Rangnick. Cayó por 4-1 y en su caída generó un impacto tal que, en el programa oficial de su siguiente partido en el Westfalen, ‘Kloppo’ firmó un artículo para anunciar que el modelo a seguir para su Borussia sería el equipo que les acababa de golear.

En 2012 el dueño de Red Bull, otro millonario sin mucha idea de fútbol, decidió replicar lo que ya había funcionado en Hoffenheim. Lo que ha venido después supone uno de los cambios más profundos de esta última década: una fabricante de refrescos ha sacudido el fútbol europeo hasta el punto de rozar, hace apenas unas semanas, la clasificación de sus dos equipos principales entre los 16 mejores de la Champions. Mientras, la aristocracia del continente empieza no solo a pescar en sus redes (casos de Keita, Minamino o Haland) sino a clonar su estilo con entrenadores de sello Red Bull (como Marco Rose en el Gladbach). Así se teje el mejor ejemplo de lo difusas que son las fronteras en la actualidad y de lo vano que resulta hablar hoy en día de ‘estilos nacionales’ aplicados al balón. En los albores de 2020 la matriz de juego más reconocible en el fútbol mundial no luce la bandera de un país, ni el escudo de un equipo… sino el logo de una empresa con equipos en cinco países y tres continentes.

Y, atención spoiler, que una fabricante de bebidas energéticas promueva un estilo vigoroso, de presión altísima y ritmo inagotable es de todo menos casual.

[La Redbullización del fútbol (II) / O cómo un ejecutivo austriaco se inventó un conglomerado deportivo tras hacerse millonario ]