El 28 de agosto de 2016, ya superado el ecuador de esta década que cerramos, Alemania albergó un partido cargado de información acerca del futuro del fútbol. En mitad de la nada, con una autopista y un enorme parking como único contexto, se vivió un partido imposible en ninguna otra década: el Hoffenheim, el equipo de un pueblo minúsculo inflado hasta el profesionalismo por su multimillonario propietario, le daba la bienvenida en la Bundesliga al RB Leipzig, la gran apuesta de la marca de bebidas energéticas para entrar en el fútbol de super élite europeo.

Para entonces el RB ya se había convertido en el equipo más odiado de Alemania. Tras aquel viaje inaugural a Hoffenheim, cada visita de los ‘Toros Rojos’ a los diferentes estadios de la Bundesliga se convirtió en peaje inaugural con pancartas, gritos y gestos desagradables. En un partido de copa, la afición del Dynamo Dresden lanzó una cabeza de toro al terreno de juego. En el estadio del Union, los aficionados locales acudieron vestidos de negro y guardaron silencio durante 15 minutos por la “muerte del fútbol”. En las encuestas de la Universidad de Braunschweig sobre las antipatías futboleras de los alemanes, por primera vez un club superaba al todopoderoso Bayern de Múnich como el más odiado. En la patria del 50+1, la ley que blinda la propiedad de los clubes por parte de sus aficionados, muchos le discutieron la legitimidad al RB Leipzig, por mucho que sus propietarios se preocuparan de cumplir con la legalidad.

Inicialmente, los recelos hacia el club sajón estaban motivados por su carácter de club de empresa apenas disimulado: la RB de su denominación no responde a las siglas de la marca (ejem) sino a Rassen Ballsport -deporte de balón y césped, literalmente- precisamente para no incurrir en un ilícito. Que la matriz poseyera varios clubes en otros países, comprase un pequeño club de barrio de Leipzig en 2009 tras merodear infructuosamente las adquisiciones de Sankt Pauli o Múnich1860, y comenzara a inflar con dinero a su filial alemana para que trepase en el escalafón no ayudó a disipar las suspicacias. Sin embargo, la fulgurante evolución del equipo modificó el tiempo verbal en el que se conjugaba la inquietud del fútbol germano. Rápidamente dejó de molestar tanto el pasado (cómo el RB Leipzig había llegado hasta la Bundesliga) y empezó a preocupar más el futuro: para qué se había plantado allí.

 

Tras el fulgurante debut del RB Leipzig en Bundesliga a muchos les dejó de molestar tanto el cómo había llegado hasta la élite del fútbol germano y empezó a preocuparles más el para qué

 

Para responder a esa pregunta hay que viajar a Bangkok, 1982. Un joven ejecutivo austriaco de una empresa de detergentes entra en un hotel y pide algo para desperezarse antes de entrar en una reunión. Acaba de aterrizar y está somnoliento por culpa del jet lag. El camarero le sirve una bebida amarga, bastante común entre los obreros y camioneros del Sudeste asiático. No tiene gas ni resulta especialmente agradable al paladar: parece casi un jarabe disuelto, pero es realmente efectivo. Dietrich Mateschitz se despereza, aunque no tanto como para ver el negocio que se le acaba de presentar.

Para ello será necesario un segundo viaje, este a Hong Kong. En el hall del hotel Mandarin ojea una revista Newsweek. Sus ojos se detienen en un pequeña información acerca de los principales contribuidores al fisco en Japón. Y de un artículo tan aparentemente anodino salta la chispa: cuando lee que una de las mayores fortunas niponas es el propietario de una bebida con taurina y cafeína parecida a la que probó en Tailandia, su conexión neuronal empieza a moverse como la bola de un ping ball. Ya no parará hasta crear su propia empresa en Europa con la que comercializar una bebida similar. Modifica el gusto, le añade gas y grandes dosis de azúcar, cambia el logo y traduce el nombre de la marca tailandesa: de Krating Daeng (toros rojos, en alusión a la taurina) pasa al internacional Red Bull. Mateschitz, que había tardado 10 años en obtener la licenciatura en marketing y dirección de empresas, se aplica ahora con celeridad y acierto. Entiende que ha de ser una marca joven, en un segmento completamente nuevo, y desde pronto la vincula con el deporte. El fútbol no le interesa; en cambio en torno a la aventura, la nieve y el motor vislumbra un valor añadido, una marca fresca y arriesgada. Un año después de su lanzamiento patrocina su primera carrera de montaña. Y en 1995, antes de llegar a países como España, desembarca en la Fórmula 1. En el año 2000 compra el equipo de hockey hielo de su ciudad, Salzburgo.

 

El primer RB Salzburgo poco se parecía al equipo vibrante y juvenil que hoy es. Giovanni Trapattoni y Lothar Matthäus, amigos de Beckenbauer, ganaron como dupla técnica la primera liga para el millonario Dietrich Mateschitsz

 

Mateschitz invirtió medio millón de dólares. Hoy posee casi 19.000 millones, una fortuna que solo superan otros 52 potentados en todo el mundo. El año pasado vendió más de 6.000 millones de unidades, el equivalente a darle una lata de Red Bull a todos los habitantes del planeta. Es un tipo acostumbrado a ganar, y a implicarse en el camino. Así le llegó el interés por el fútbol, a través de un buen amigo residente en los Alpes y millonario como él: Franz Beckenbauer. En 2005, en la víspera del Mundial en Alemania cuyo comité organizador presidía el propio Beckenbauer, Mateschitz entendió que el balompié era demasiado poderoso como para no entrar en él. Decidió comprar el Austria Salzburgo. Cambió el nombre, cambió los colores, cambió el escudo. Los aficionados más románticos protestaron: “Red Bull quiere implantar su propia filosofía con métodos más propios de una dictadura totalitaria que de la cultura deportiva austriaca”, protestó el entonces portavoz de los hinchas. “No hay ningún acuerdo posible, somos un club nuevo: no tenemos historia”, afirmaron entonces voces de la propiedad. Hubo una escisión de los aficionados más románticos. A Mateschitz no le preocupó. Siguió aplicando su metodología empresarial e insuflando dinero. En 2006 el equipo acabó subcampeón. Al año siguiente llegó el primer título de liga, con dos viejos conocidos de Beckenbauer en el banquillo: Giovanni Trapattoni como primer entrenador, asistido por Lothar Matthäus. Era un Red Bull muy diferente al actual, pero igualmente vencedor. Con otros tres entrenadores la franquicia logra otras tres campeonatos hasta 2012. Es entonces cuando Mateschitz entiende que ha llegado la hora de marcar una línea clara, una filosofía de juego acorde a los valores de una empresa fresca y arriesgada, y recurre a alguien que ya lo ha hecho con éxito en el pasado.

Llama a Ralf Rangnick. Éste pide plenos poderes: no quiere entrenar sino convertirse en el ideólogo del grupo. Su objetivo no pasa únicamente por Salzburgo sino también, y sobre todo, por la reciente franquicia de Leipzig que en ese momento no logra ascender a la tercera división germana. Apenas cuatro años después, en 2016, Rangnick contemplará desde el palco del Rhein-Neckar Stadion el cierre de un círculo: el RB Leipzig debuta en Bundesliga precisamente ante su anterior club, el Hoffenheim, gracias a cuya experiencia recibió el encargo de Dietrich Mateschitz. En ese lapso, el RB Salzburgo levanta tres dobletes austriacos liga-copa de forma consecutiva. Empieza a incorporar futbolistas jóvenes que luego generarán beneficios con sus pases a otros equipos (Sadio Mané al Southampton, Kevin Kampl al Borussia Dortmund) o se traspasarán internamente a la franquicia hermana al otro lado de los Alpes (Ilsanker, Gulacsi, Sabitzer).

Y así, tras cuatro años al frente del conglomerado futbolístico de Red Bull, Ralf Rangnick decide en 2016 que es el momento de asaltar Europa.

[Continuará: La Redbullización del fútbol (III) / O cómo el Fussball Professor acabó convenciendo a Alemania]