Texto de ARNAU SEGURA


El exfutbolista de la Juve intentó suicidarse en 2006. “Es difícil saber qué pudo romperse aquí dentro… Es como si hubiera muerto una vez. Ahora vivo de verdad”, enfatizaría un año más tarde


 

“El futbolista también es una persona, un ser humano. Muchas veces se tiene la impresión de que el jugador de fútbol no tiene sentimientos o momentos negativos. Pero no es así.”

Gianluca Pessotto, ‘Pessottino’.

 

Gianluca Pessotto fue un futbolista disciplinado, constante, fiable, humilde e introvertido; un férreo lateral izquierdo que en la 95-96, después de pasar por el Milan, el Varese, el Massese, el Bolonia, el Hellas Verona y el Torino, alcanzó el cénit de su carrera al alzar la Champions League con la Juventus. “Es la emoción máxima, fue bellísimo… Es el tipo de partidos que sueñas jugar cuando comienzas a jugar al fútbol. Durante 90 minutos no escuchas nada ni te preocupa el resultado, lo único que quieres es jugar. El fútbol no se juega por el resultado, se juega por la pasión”, reconocería al cabo de unos años Pessottino, a quien Enric González definió en El País como “uno de esos gregarios de lujo imprescindibles en cualquier equipo italiano. Un tipo con seis Scudetto y una Copa de Europa en el palmarés del que, sin embargo, no se recordará ningún golazo, ninguna jugada sensacional, ningún momento extraordinario. Pessotto no iba a pasar a los anales del fútbol porque no tenía la calidad en los pies, sino en el corazón. Era un tipo que leía a Dostoievski en las concentraciones, que tenía una buena palabra para todos, que mejoraba el vestuario con su presencia”.

Ciertamente, cuando Pessotto decidió retirarse del fútbol en 2006, después de once campañas en la Vecchia Signora en las que disputó más de 350 encuentros oficiales, después de adornar su currículum con una Supercopa de Europa, una Intercontinental, una Intertoto y tres títulos de la Supercopa de Italia, después de ser internacional en más de una veintena de ocasiones (“Vestir la camiseta de tu selección es el máximo logro de cualquier jugador”), lo hizo como no podía ser de otra forma, a su manera: en silencio, sin llamar demasiado la atención. La Juventus, consciente del enorme capital humano de Il profesorino, se apresuró en nombrarle responsable del primer equipo, un cargo que el exfutbolista aceptó con el convencimiento de que le permitiría “seguir en contacto con el equipo y con su realidad en el terreno de juego”.

El ofrecimiento de la Vecchia Signora, además de premiar la brillante trayectoria de uno de los miembros más carismáticos de una de las mejores Juventus de la historia, también se enmarcaba en el objetivo de la entidad de recomponer su reputación, devastada por el Calciopoli, el escándalo por la manipulación de partidos que en 2006 sumió al balompié transalpino en la peor crisis institucional de su historia y que, además de salpicar al Milan, a la Fiorentina y a la Lazio, provocó el descenso a la Serie B del conjunto turinés, el más laureado del país. “La noticia ha sumido aún más en la conmoción y en la tristeza a una institución que, poco a poco, se va resquebrajando”, relataba El Periódico. El nombre del exfutbolista no aparecía en la lista de los investigados por el Moggigate, el apodo con el que se conoció popularmente el escándalo por la implicación de Luciano Moggi; pero, citando a Enric González, “descubrir que había entregado sus mejores años a una sociedad deshonesta y que todos los títulos ganados iban a quedar empañados para siempre” fue demasiado para un Pessotto que, por aquel entonces, se sometía a tratamiento psicológico porque, como admitiría más tarde su propia mujer, “no se sentía capaz de ejercer su nuevo rol. Siempre me repetía que había demasiada diferencia entre estar en el campo o detrás de un escritorio”.

 

Descubrir que había entregado sus mejores años a una institución deshonesta fue demasiado para Pessotto

 

El 27 de junio de 2006, cinco días después de presenciar como la selección italiana batía a la de la República Checa en la fase de grupos del Mundial de Alemania, pocas horas después de discutirse con su mujer por cancelar un fin de semana familiar para dedicarse al trabajo, Gianluca Pessotto, mentalmente exhausto, decidió que la vida ya había sido suficientemente cruel con él. Alrededor de las once de la mañana, el exfutbolista, padre de dos niñas, se lanzó al vacío por una ventana del cuarto piso de la sede de la Juventus con un rosario entre las manos. Sin embargo, su cuerpo cayó sobre dos coches que frenaron la velocidad de la caída y evitaron que falleciera al instante. Mientras la sorpresa y la conmoción se apoderaban de una Italia que pronto empezó a dar crédito a la hipótesis, negada por la mujer del exfutbolista, de que realmente se había tratado de un intento de suicidio, Pessottino fue trasladado rápidamente al Hospital Molinette de Turín. “Sufre múltiples fracturas, pero su vida no corre peligro”, aseveraba el primer parte médico; “las sensaciones son positivas. No hay riesgo de una muerte inmediata, pero el partido será largo”, añadían los médicos al cabo de unas horas.

 

“No hay riesgo de una muerte inmediata, pero el partido será largo”

 

La terrible noticia llegó rápidamente a la concentración italiana, que tan solo unas horas antes había batido a Australia en los octavos de final de la Copa del Mundo. Fabio Cannavaro, el capitán de la Azzurra, fue informado mientras atendía a los medios de comunicación en una rueda de prensa que interrumpió al instante. “Estoy consternado. Pessottino es la mejor persona del mundo”, enfatizó el central de la Juventus. “Estuvo con nosotros en Hamburgo hace unos días y parecía contento y sereno. Es nuestro amigo, estamos todos muy tristes. ¿Qué puede haber pasado?”, se preguntaba el interista Marco Materazzi mientras Alessandro Del Piero y Gianluca Zambrotta, excompañeros de Pessoto en la Vecchia Signora, abandonaban momentáneamente la concentración para visitar al exfutbolista en el hospital.

La Azzurra, históricamente acostumbrada a pelear contra todos los elementos, se conjuró para brindarle aquella Copa del Mundo a un Pessotto que, a su manera, también disputó aquel torneo. “Naturalmente, la victoria fue para él. Solo esperamos ganar para darle fuerza moral. Espero que vea que en ningún momento bajamos los brazos, y que él haga lo mismo”, aseguró, después de avasallar a Ucrania con un inapelable 3 a 0 en los cuartos de final, un Zambrotta que, al término del encuentro, mostró una bandera italiana junto a Cannavaro y Del Piero en la que se podía leer un inequívoco “Pessottino, siamo con te” (“Pessottino, estamos contigo”). Durante todo el partido, una enorme pancarta (“Gianluca nel cuore”, “Gianluca en el corazón”) había inspirado a los futbolistas de Marcelo Lippi desde las abarrotadas graderías del Volksparkstadion de Hamburgo. Después de deshacerse de la anfitriona en las semifinales, Italia acabó batiendo a Francia en una histórica final que le dio su cuarto entorchado intercontinental. “Pessotto no vio el partido, pero levantó sus puños cuando se enteró de que la Azzurra había ganado”, reveló El Mundo. La alegría del exfutbolista de la Vecchia Signora aún fue mayor cuando Cannavaro, Del Piero y Zambrotta le llevaron el trofeo a la habitación del hospital. Aquella misma tarde, la salud de Pessotto empeoró repentinamente, con un súbito aumento de la fiebre hasta los 40 grados; aunque, según cuenta Eduardo Casado en 20 minutos, “los médicos no hallaron ninguna explicación y concluyeron que se debió a la profundísima emoción que sintió Pessotto al ver a sus amigos con la Copa del Mundo”.

Mientras acumulaba días de lucha, de intervenciones quirúrgicas, de pronósticos reservados y de leves mejorías, Pessottino también contó con el apoyo de Paolo Montero. En cuanto recibió la noticia, el contundente zaguero uruguayo viajó desde Montevideo hasta Turín para acompañar a su amigo, con quien coincidió durante nueve temporadas en el viejo Stadio delle Alpi. Tan fiel como discreto (“No quiero ser antipático, pero no se está cerca de un amigo para después ir a contarlo. Son cosas que deberían permanecer a nivel privado”, remarcó en una ocasión, cuando los periodistas le descubrieron saliendo del hospital por una puerta lateral), permaneció al lado de un Gianluca Pessotto que recibió una gran noticia el 17 de julio, el día en el que los médicos declararon que estaba fuera de peligro mortal.

El del exfutbolista italiano, que recibió el alta el 5 de setiembre, es un ejemplo de una lucha heroica. En primer lugar, para asimilar unos hechos que ni siquiera reconocía. “No recuerdo absolutamente nada de ese día, solo una oscuridad total. Lo que sí que recuerdo a la perfección es el dolor que sentía en el alma, un vacío enorme… La soledad más profunda que uno pueda imaginarse”, admitía Pessotto en una entrevista en La Repubblica en la que, un año después de aquel triste 27 de junio, rememoraba su “viaje por el país del dolor”. “Cuando abrí los ojos estaba lleno de tubos. Pasé tres meses como si fuera una planta en un jarrón, como si fuera un recién nacido. Pero me di cuenta de todo lo que había ganado. Cada gesto extra, cada respiración extra es un motivo para ser feliz”, continuaba Pessottino, consciente de que el destino le había concedido una “segunda vida” que quería afrontar con la intención de “bendecir cada día que respiro”. “La vida es un regalo único, pero para mí ha sido doble”.

 

“La vida es un regalo único, pero para mí ha sido doble”

 

“Es difícil saber qué mecanismo se pudo romper aquí dentro…”, reconocía, en otra entrevista, un Pessotto que, después de trabajar con los psicólogos durante unas tres semanas, pudo reconstruir lo que realmente había sucedido aquella trágica mañana, descartando así la hipótesis que él mismo se había ido formando para justificar su presencia en el hospital: “Me convencí a mí mismo de que me había estrellado con el coche. Todos hablaban de coches, así que concluí que había tenido un accidente”, contaba el exfutbolista en la entrevista en La Repubblica, en la que también celebraba que ya no sentía “la angustia que me comía e incluso me impedía respirar. Le temía al futuro, a la muerte. Ahora me siento liberado de un peso enorme. La experiencia fue como la de un astronauta que volvió de un viaje fantástico y un poco monstruoso. Los extraterrestres estuvieron a punto de devorarme, pero todavía estoy aquí. Algo cambiado, es verdad, pero me estoy curando. Y no me avergüenzo de nada”. “¿Cuáles son mis sueños? Darles a mis hijas todo el tiempo del mundo. Y, desde el punto deportivo, vivir el renacimiento de la Juventus, hacer que gane el Scudetto y que regrese a Europa. Hace un año casi se estaba muriendo, como yo”, sentenciaba un irónico Pessotto, dando vida a aquellos versos en los que su admirado Fiódor Dostoievski recalcaba que “cada día me parecía como un tesoro, como algo inapreciable. Empecé a darme cuenta de ello y, a partir de entonces, me acostaba lleno de alegría y me levantaba todavía más feliz”.

 


“Cuando te ocurre un episodio como el que me pasó a mí tienes que reflexionar, pensar en lo bueno que has tenido en la vida.”

“No fue una cosa voluntaria. Yo estaba en un momento al que, ayudado por los médicos, he llamado block out. El que caía por la ventana no era yo. No era yo, no puedo pensar que fuera yo. Siendo muy creyente, siempre he pensado que hubo una mano que me suspendió en el aire para que me mantuviera vivo, algo que me suspendió del poco pelo que tengo, algo que amortiguó aquella caída tan terrible. Cuando me desperté, ni siquiera sentía dolor. Pregunté: ‘Qué ha pasado? No recuerdo nada’.”

“Tengo una nueva vida. Con muchas marcas en el cuerpo, es cierto… Pero tengo una nueva vida. Cada vez que veo a mis hijas de siete y doce años pienso en… Se me parte el corazón. Pero no me responsabilizo, porque no era yo.”

 

Declaraciones de Gianluca Pessotto recogidas en 366 historias del fútbol mundial que deberías saber, de Alfredo Relaño.


 

Como la de tantos otros futbolistas, la historia de Gianluca Pessotto es, en definitiva, la de un jugador que, acostumbrado a competir al más alto nivel, a convivir con la presión de saber que “en la Juventus cada partido que se juega se debe ganar”, no supo encajar el drástico cambio que provocó en su día a día el hecho de colgar las botas, de despedirse de lo que había sido su vida durante las dos últimas décadas. “Cambió todo. La costumbre de estar en tensión, la adrenalina, el estar siempre a mil… Y a mi cuerpo le costó asumir eso, sobre todo a mi cabeza. Sigues hablando de fútbol, pero todo me sabía a poco. Me encontraba en un abismo, no sabía cómo reaccionar ante el presente y el futuro me llenaba de dudas”, reconocía Pessotto hace unos años. Su final bien pudo ser el mismo que el de Robert Enke o el de Agostino Di Bartolomei (“El fútbol me divierte. Es el mejor trabajo del mundo, es un oficio con el que te pagan por divertirte”); pero, cuando la vida se le escapaba de las manos, el destino le dio la oportunidad de regatear una muerte inevitable, de empezar una segunda vida. Y hoy, agradecido, sonríe: “Es como si hubiera muerto una vez. Ahora vivo de verdad”.