Texto de ARNAU SEGURA


Siempre a la sombra de Francesco Totti, Daniele De Rossi, el eterno e incansable ’16’ de la Roma, celebra el 17º aniversario de su debut con los Giallorossi


 

“Solo vivo para amarlos”.

Gladiator.

 

El balompié moderno, tan prisionero de las prisas, tan esclavo de los billetes que han pervertido su esencia hasta límites insospechados, deja lugar a pocas historias preciosas, de aquellas que emocionan a los futboleros más románticos, sedientos de imágenes que les reconecten con el fútbol con el que crecieron. Historias como la de Daniele De Rossi, que esta semana celebra el 17º aniversario de su debut con la elástica de la Roma, el club que le ha visto hacerse un hombre mientras cumplía el sueño de entregarle su carrera al equipo de ciudad, de su corazón. “Para mí, la Roma lo es todo, es mi vida. No creo que pudiera ser feliz alejado de la Roma”, enfatizó en una ocasión el ’16’ giallorossi, eterno e incombustible.

Nacido en 1983, el mismo año en el que los Nils Liedholm, Agostino Di Bartolomei, Bruno Conti, Roberto Pruzzo, Paulo Roberto Falcão, Carlo Ancelotti, Franco Tancredi, Pietro Vierchowod y compañía le brindaron a la Roma su segundo Scudetto, el primero en más de cuatro décadas; De Rossi se enamoró del conjunto capitalino cuando apenas era un niño. Su enfermiza pasión por la Roma se la inculcó su tío Osvaldo, pero lo cierto es que era genéticamente inevitable que el joven Daniele se entregara al mundo del fútbol. Su padre, Alberto De Rossi, fue un futbolista que se formó en el conjunto capitalino, que protagonizó una extensa trayectoria en el balompié transalpino y que vivió sus mejores años en el Livorno, al que se incorporó en el verano de 1983, el mismo en el que Daniele aterrizó en el mundo. La familia entera se trasladó a la Toscana, donde Alberto, que en la actualidad ejerce como técnico de la cantera romanista, ayudó al Amaranto a regresar a la Serie C1 en un curso que el equipo cerró con cero derrotas y con tan solo siete tantos en contra y en el que su hijo pudo adentrarse por primera vez en un campo de fútbol: el Stadio Armando Picchi. “Para mí, era como el Maracaná. Es un recuerdo feliz e inolvidable”, admitía De Rossi hace unos años.

Pocos años más tarde, “debería ser en la temporada 89-90”, Daniele descubrió el Stadio Olimpico; el estadio que ha acabado convirtiéndose en poco menos que en su jardín, que en su casa. “Desde que tengo recuerdos, siempre he sido tifoso de la Roma. No me acuerdo bien del encuentro en cuestión… Pero fue una gran experiencia, comparable a la primera vez que hice de recogepelotas”, reconocía De Rossi en las páginas del #Panenka29, en una imprescindible entrevista en la que recordaba sus primeras aventuras en el que es su coliseo romano favorito: “Corrí muchísimo cuando fui recogepelotas. El año pasado [2013] emitieron un vídeo con todos los goles de Totti; pues bien, en esas imágenes me vi más de una vez detrás de él para darle un balón o para abrazarle tras un gol como si fuera un compañero de equipo [risas]. Yo tenía 14 años en esas imágenes… Nadie me reconocería, pero yo sí: me acuerdo perfectamente de cada gol, de cómo los celebraba. Pero debo ser honesto: si una estrella del equipo contrario pasaba por delante de mí, me quedaba igual de prendado que si fuera un jugador de la Roma. Me acuerdo, por ejemplo, de que un día Buffon me dio sus guantes. Estaba enamorado de aquellos grandes futbolistas porque quería ser como ellos”.

La carrera futbolística de Daniele, que en su juventud también flirteó con deportes como el baloncesto o el voleibol, arrancó cuando tan solo tenía seis años en la Associazione Sportiva Ostia Mare, un modesto club de la capital en el que, durante la década de los 80, la Roma invirtió importantes cantidades de dinero con el objetivo de encontrar nuevos talentos; una institución que De Rossi todavía lleva “en el corazón”. De hecho, a principios de los 90, Daniele, que por aquel entonces actuaba como delantero centro, declinó una oferta de la Roma para incorporarse a sus categorías inferiores. “Quería continuar jugando con mis amigos. Me divertía con ellos y no quería estar en ningún otro lugar, por más hermoso que fuera. Todavía era un niño… Al año siguiente participé en un torneo importante que también reunió la Roma y la Lazio. En aquel momento creció en mí la fascinación por la camiseta de la Roma, por todo lo que rodea al equipo. Como no volvieron a llamarme pensé que había perdido mi oportunidad; pero, un año más tarde, mi sueño se hizo realidad. Recuerdo el primer día que entré en Trigoria… El primer entrenamiento, el momento en el que nos entregaron las camisetas… Comienzas a vestirte como tus ídolos, como los campeones. Pisas por primera vez aquel césped, descubres un mundo desconocido…”, rememoraba De Rossi.

Maravillado por compartir vestuario con futbolistas a los que consideraba “mitad ídolos, mitad compañeros”, como Francesco Totti o Gabriel Batistuta (“Me fascinaba, tenía un carisma, una elegancia… A partir de cierto momento, empecé a hablarle, a reír con él. Pero nunca lo consideré como algo normal”); cumplió el sueño de debutar con el primer equipo de la Roma el 30 de octubre del 2001, en un partido de la Champions League contra el Anderlecht (1-1). El Stadio Olimpico, que aquella temporada celebraría su tercer y último Scudetto, fue el escenario del descubrimiento de chaval de apenas 18 años que, de la mano de Fabio Capello, fue ganando protagonismo hasta que en la 03-04 se convirtió en un futbolista imprescindible para la Roma; en el faro, el pulmón y el epicentro del conjunto giallorossi que hoy todavía es.

“FUERZA Y HONOR”

Tan solo tres años después de estrenarse con la camiseta del primer equipo de la Roma, el férreo centrocampista debutó con la Azzurra en 2004, en un encuentro contra la selección noruega en el que, además de disputar los 90 minutos, firmó el primero de los 21 tantos que ha anotado con el combinado transalpino. Tras ser galardonado como el mejor futbolista joven de la temporada en la Serie A, De Rossi acudió al Mundial de Alemania’06 como titular indiscutible en el centro del campo del ultradefensivo equipo de Marcelo Lippi. Flanqueado por Simone Perrotta y Andrea Pirlo, el mediocentro giallorossi participó en la victoria contra Ghana (2-0), pero en el duelo contra Estados Unidos de la segunda jornada (1-1) fue expulsado en la primera parte por un tremendo codazo a Brian McBride, una acción que, igual que el lamentable episodio racista protagonizado con Mario Mandžukić hace unos años, ilustra la intensidad (excesiva, a veces) que ha caracterizado la carrera de un futbolista que, apasionado, volcánico e indomable, jamás ha evitado un encontronazo (“En el campo, mi posición y mi función exigen el choque físico, el contacto constante. Si por eso me califican de duro, entonces es correcto”); que luce un tatuaje en el gemelo de su pierna derecha que, cual advertencia, escenifica su facilidad para el tackle; que viste el ’16’ en honor a Roy Keane (“Para mí, es un auténtico mito. Es la única persona del mundo a la que le he pedido una foto”).

La injustificable agresión a McBride le costó una sanción de hasta cuatro encuentros, así que Daniele aún pudo disputar la final del campeonato; aunque, de inicio, Lippi se decantó por alinear a Mauro Camoranesi, Gennaro Gattuso, Andrea Pirlo y Simone Perrotta. En el minuto 61, con 1-1 en el electrónico del Estadio Olímpico de Berlín, De Rossi y Vincenzo Iaquinta ingresaron en el terreno de juego en el lugar de Francesco Totti y Perrotta, pero ni ellos ni Alessandro del Piero, que unos minutos más tarde sustituiría a Camoranesi, pudieron evitar que la final se encaminara inevitablemente hacia una tanda de penaltis en la que el ’16’ de la Roma fue el tercer tirador de la Azzurra. “Deportivamente, fue un gesto de valentía porque, después de la expulsión contra Estados Unidos, estaba en una situación difícil. La pelota tal vez pesó un poco más para mí que para el resto, pero sé que si no hubiera aceptado la responsabilidad me hubiera decepcionado”, admitía un De Rossi que batió a Fabien Barthez con un potente disparo a la escuadra. “Ni tirando los guantes”, le espetó, desafiante, antes de ver cómo Fabio Grosso le daba a Italia su cuarto centro intercontinental.

Así es Daniele De Rossi: un tipo sincero, como lo demostró cuando en una rueda de prensa reconoció que lo único que quería para renovar con la Roma era más dinero; un futbolista, honrado e inteligente, que, en una ocasión, en la temporada 05-06, obligó a un colegiado a invalidar un tanto que había conseguido al desviar el balón con la mano; que en 2016 acudió al funeral de Pedro Lombardi e introdujo su medalla de campeón del mundo en el ataúd para que acompañara eternamente al exmiembro del staff de la selección italiana. El ’16’ giallorossi, un jugador que es plenamente consciente de que “los verdaderos héroes son aquellos que se levantan a las cinco de la mañana para ir a trabajar”; está hecho de otra pasta, es un pez que nada a contracorriente en el ecosistema de un fútbol moderno que ha llenado los vestuarios profesionales de jóvenes a los que les partiría “la boca con un bate de béisbol” porque antes de los partidos hacen vídeos en directo a través de Instagram (“Es el mundo el que ha cambiado, no solo el fútbol… Cuando empecé, hace casi 20 años, todo era diferente”).

“LO QUE HACEMOS EN LA VIDA TIENE SU ECO EN LA ETERNIDAD”

En un mundo profundamente individualista, el centrocampista romano es de los que siempre se esfuerzan en remarcar la importancia del colectivo. Lo evidenció el 13 de noviembre del año pasado; cuando, pasado el minuto 70 del encuentro de vuelta de la eliminatoria contra Suecia en la que Italia se jugaba sus últimas opciones de clasificarse para el Mundial de Rusia, un asistente de Gian Piero Ventura le comunicó que empezara a hacer ejercicios de calentamiento, a pesar de que el conjunto italiano necesitaba urgentemente un gol para igualar el 1-0 de la ida. De Rossi, indignado e incapaz de comprender la decisión de su entrenador, no pudo contenerse y, mientras señalaba a Lorenzo Insigne, respondió: “¿Qué coño voy a hacer yo ahí dentro? Este partido hay que ganarlo, no empatarlo. ¡Que entre otro!”. “Pensar que no volveré a ponerme esta camiseta es doloroso. Es un paréntesis que se cierra, es un momento negro para nuestro fútbol”, admitía una vez certificada la noticia de que la Azzurra no participaría en la Copa del Mundo por primera vez en seis décadas. Ciertamente, la constatación de la debacle fue un revés demasiado duro para futbolistas como Gianluigi Buffon, Andrea Barzagli o Daniele De Rossi, que anunciaron su retirada de la selección en las entrañas de un San Siro que vivió una de las noches más tristes de toda su historia.

Como tantas otras veces, el infatigable ’16’ de la Roma, que se despidió de la Azzurra después de 117 partidos (tan solo le superan Buffon, con 176, Fabio Cannavaro, con 136, y Paolo Maldini, con 126) y que, al término del encuentro, subió al autobús del conjunto sueco para disculparse por los silbidos con los que la afición italiana silenció el himno escandinavo; supo convertir una mala experiencia en un trampolín para continuar adelante. Como hizo después de perder la final de la Coppa Italia de la temporada 12-13 contra la Lazio (“Me encerré en mi casa. No es que estuviera triste; es que estaba destruido, sentía que nunca lo superaría. Es algo que aún me duele, estas cosas no se olvidan nunca”), se levantó para completar una de las mejores temporadas de toda su carrera, para vivir “algo increíble” con la eliminatoria que enfrentó la Roma con el Futbol Club Barcelona en los cuartos de final de la Champions League. El conjunto de Eusebio Di Francesco, incontestablemente inferior a la apisonadora de Ernesto Valverde, cayó derrotado en la ida (4-1, con goles en propia portería de De Rossi y de Kostas Manolas). Todo parecía resuelto; pero, justo antes de saltar al césped del Stadio Olimpico para disputar el intrascendente encuentro de vuelta, el centrocampista romano reunió a sus compañeros en el vestuario. “¿Por qué no?”, se limitó a decir para espolear a un equipo que, renunciando a ser enterrado antes de tiempo, supo desnudar al Barcelona al más puro estilo Veni, vidi, vici para remontar la eliminatoria por mediación de Edin Džeko, de Daniele De Rossi y de Kostas Manolas, los tres grandes protagonistas de una noche épica, histórica.

Indudablemente, para la Roma, la de la inesperada victoria contra el Barcelona fue la mejor noche de la temporada 17-18, la primera sin un Francesco Totti que, con su adiós, dejó un insondable vacío en el Stadio Olimpico, en el corazón de Daniele De Rossi. “Francesco es inalcanzable. Estos 16 años me han regalado un lujo que pocas personas han podido disfrutar: vivirlo no solo como un ídolo. Estar todos los días con él te lleva a vivir como una cosa normal el hecho de estar con un futbolista que no es normal. Porque lo que hizo Francesco no es normal, porque ha sido un fenómeno durante 25 años”, acentuaba el mediocentro giallorossi; el hombre que hizo menos dolorosa la noticia de la retirada de Totti para la sufridora hinchada romanista. De Rossi, que tres días después de la despedida del eterno ’10’ extendió su contrato con el conjunto capitalino hasta el año 2019 para tranquilizar a la afición, que siempre había vivido eclipsado por la sombra de la leyenda de Francesco Totti, recibió el brazalete con el objetivo de honrar el recuerdo de su gran amigo, el del único futbolista que ha vestido la elástica de la Roma en más ocasiones que él (768 por 604). De hecho, tal es el respeto de Daniele hacia la figura del exdelantero giallorossi que en el primer encuentro en el que actuó como primer capitán del equipo desafió la normativa de la Serie A para evitar portar el Capitano que hasta la fecha había lucido Totti.

La inscripción que escogió el ’16’ en su lugar (“Eres mi única esposa, eres mi único amor”) constituyó la enésima prueba de la incalculable estima que siente tanto por el ’10’ como por la entidad de la que continúa siendo un baluarte, un símbolo. “Cuando me preguntan qué cualidades debe tener un capitán de la Roma, siempre respondo: ‘Las de Daniele De Rossi’. Lo tiene todo para convertirse en el más grande de todos. Él es el corazón de la Roma”, aseveraba hace unos años Giacomo Losi, el defensa de mediados de siglo pasado que completa el triunvirato de futbolistas que más veces han defendido la camiseta romanista.

“HE VISTO PARTE DEL RESTO DEL MUNDO. ES BRUTAL, CRUEL Y OSCURO. ROMA ES LA LUZ”

Escribía David de la Peña en Ecos del Balón que Daniele De Rossi es “un hincha que vive en el campo”. “Es un jugador que ha sacrificado grandeza futbolística en pos de grandeza romana. De Rossi en 15 años no va a ser recordado, cuando ha sido un futbolista importantísimo, claramente superior a miembros de equipos campeones que pasarán a la historia. Sin ir más lejos, Gennaro Gattuso es nada a su lado e históricamente se lo va a comer”, añadía Abel Rojas. Ciertamente, la enorme calidad del ’16’ en la interpretación de los espacios, tan frecuentemente menospreciada por la tentación a enmarcarlo en el estereotipo del futbolista aguerrido, incansable e intenso, le podría haber permitido continuar su carrera en el Real Madrid, en el Inter de Milán, en el Chelsea o en alguno de los dos Manchester; en definitiva; en algún club con más pedigrí que la Roma, que en los últimos 15 años apenas ha alzado dos títulos de la Coppa Italia (06-07 y 07-08) y una Supercoppa (07-08). “Las decisiones que tomé siempre fueron conscientes, aunque alguien podría considerar lo contrario. Siempre he sido totalmente consciente de que eran opciones equivocadas en el ámbito profesional. Aquellas elecciones se leen y se ven como una cuestión de gran altruismo, de amor por la camiseta, de respeto a los aficionados; pero esto solo es una parte de la verdad. La otra parte es que mis elecciones fueron muy egoístas, porque realmente necesitaba jugar con la Roma. Llevar esta camiseta me proporciona placer físico, placer emocional. Los años en los que estuve cerca de irme, entraba al campo con los ojos llenos de lágrimas. Miraba a mi alrededor y pensaba que podía ser mi último partido en el Olimpico. Entonces me daba cuenta de que no podía vivir sin esto, sin la Roma. Hacerlo me hubiera dolido mucho más que no haber vivido nunca un Barcelona – Real Madrid, que no haber jugado nunca en los estadios ingleses, que no haber ganado ciertos títulos… Así es como lo veo yo. Vivo con altibajos continuos, entre el deseo de experimentar cosas nuevas y la necesidad de quedarme aquí”, remarcaba Daniele De Rossi, un esclavo de sus sentimientos, un futbolista que se considera “propiedad de los aficionados de la Roma”, en una brillante entrevista en la Rivista Undici en la que también admitía que, en el verano de 2006, el mismo en el que proclamarse campeón del mundo con la Azzurra, “cada día aparecía un nuevo club que quería ficharme. Me decían: ‘Este entrenador quiere hablar contigo. Este presidente puede darte un cheque en blanco’. Fue maravilloso, pero era totalmente consciente de que dejar la Roma me haría sentir muy mal”.

Ciertamente, el futuro de De Rossi, que acaba contrato con la Roma el próximo mes de junio, es toda una incógnita. Puede decantarse por continuar haciendo historia en el Stadio Olimpico; por partir hacia la MLS o por aventurarse hacia nuevos destinos para cumplir viejos sueños, como defender la camiseta de Boca Juniors (“Mi corazón es de la Roma, pero Boca me gusta muchísimo desde que era pequeño, me apasiona. Siempre pensé en ir allí; en subir esas escaleras, en entrar en La Bombonera, que es el estadio más precioso del mundo, en jugar con Boca… Sería un placer”). Decida lo que decida, lo cierto es que, a pesar de las conexiones con la mafia que han ensombrecido su carrera, la figura de Daniele De Rossi será siempre la de uno de los estandartes de la Roma, la de una de las columnas del Stadio Olimpico. Como él mismo reconocía: “Solo lamento no poder darle a la Roma más que una carrera”.