Esta entrevista está extraída del #Panenka29, publicado en abril de 2014. Puedes conseguirlo aquí.


– Tú eres, junto a Francesco Totti, el símbolo de la AS Roma. Él proviene del centro de la ciudad y tú de Ostia, ¿hay alguna diferencia?
Ostia es el mar de Roma. Es ahí donde los romanos se bañan en verano. Está muy próximo, a unos 30 minutos del centro. Igualmente, la mayor parte de mi vida está en Roma: mis amigos, mis vivencias, la familia de mi pareja, mi abogado, mi notario… Pero no puedo alejarme de Ostia durante mucho tiempo. Echo demasiado de menos el mar. Si eres de ese lugar, cuando vuelves, quieres el mar, lo sientes, lo respiras… En invierno está agitado, con espuma, las playas están desiertas; es en ese momento del año cuando el mar nos pertenece verdaderamente.

– ¿Cómo fue tu adolescencia allí?
Los chavales de mi instituto eran de izquierdas, revolucionarios. Yo iba con ellos pero no pensaba igual. Estaba menos interesado en la política. En mi escuela había siempre huelgas, bloqueos y ocupaciones. Debo decir que no era de los que se apuntaban a las reivindicaciones, más bien las aprovechaba para volver a casa y seguir durmiendo. Tampoco compartía las mismas actividades de ocio. Mis amigos eran de los que hacían surf, escuchaban a Red Hot Chili Peppers o Rage Against The Machine. Ostia no era Hawai pero se llenaba de surfistas. También intenté practicarlo, pero prefería jugar a cartas con los viejos. Había una carpa en la playa (Sporting Beach) que pertenece a mi familia, allí es donde crecí. Todavía a día de hoy, cuando voy, me pongo a jugar a cartas con tipos de 70 u 80 años y me hacen las mismas trampas que en mi adolescencia.

– ¿En qué momento la Roma entró en tu vida?
Desde que tengo recuerdos, siempre he sido tifoso de la Roma. El primer partido que vi fue con mi padre, la Roma jugaba en el estadio Flaminio porque el Olímpico se estaba reformando para el Mundial del ’90. Debería ser la temporada 89-90. No me acuerdo bien del encuentro en cuestión, con la distancia pienso que, en el fondo, lo que pasaba en el terreno de juego no me importaba tanto como lo que ocurría en la Curva, que estaba justo a nuestro lado. Mi padre me dice que me pasé el partido mirando la grada. Veía a esa gente que daba la espalda al terreno y me decía “¡pero si no miran el partido! ¡Sus ídolos están jugando ahí en frente y no los miran!”; no podía comprender lo que sucedía. Fue una gran experiencia, comparable a la primera vez que fui recogepelotas.

– ¿Cómo fue aquello?
Era un Roma-Inter. Si la Roma ganaba, jugaba la UEFA, algo raro en aquella época. Victoria, 1-0. Di Biagio, de penalti. Carlo Mazzone, el entrenador, decidió ir a celebrar la victoria bajo la Curva. Yo corrí detrás de él. Corrí muchísimo cuando fui recogepelotas. El año pasado emitieron un vídeo con todos los goles de Totti; pues bien, en esas imágenes me vi más de una vez detrás de él para darle un balón o para abrazarle tras un gol como si fuera compañero de equipo [risas]. Yo tenía 14 años en esas imágenes, nadie me reconocería, pero yo sí: me acordaba perfectamente de cada gol y de cómo los celebraba. Pero debo ser honesto: si una estrella del equipo contrario pasaba por delante de mí, me quedaba igual de prendado que si fuera un jugador de la Roma. Me acuerdo, por ejemplo, de que un día Buffon me dio sus guantes, a mí y a otro recogepelotas que estaba a mi lado y que a día de hoy es mi mejor amigo. Estábamos enamorados de esos grandes futbolistas porque queríamos ser como ellos. Y estaban ahí, delante de nuestros ojos.

 

“Algunas veces, puedes hacer una malísima temporada siendo octavo, pero si la Lazio acaba décima, ya puedes respirar”

 

– ¿Totti era tu modelo a seguir?
Cuando Totti comenzó había muchos romanos en el equipo. Scarchilli, Beretta, Di Biagio, Petruzzi… Francesco era el más talentoso de todos ellos, pero en su debut, al menos para mí, pasó más inadvertido. Después vi a los demás perderse o cambiar de equipo. Pero él se quedaba. Se convirtió en un símbolo. Yo tendría 16 o 17 años cuando me vi sentado al lado de él, en una situación de mitad ídolo, mitad compañero. Entré en el vestuario y le oí decir: “De Rossi, pásame la botella”, fue un shock. Y estaban también los demás: “¿De Rossi, me das una manzana?”, te girabas y veías a Batistuta. Él era el que me alucinaba más por entonces. Cuando Gabriel llegó hubo una luz, una luz maravillosa.

– Se le apodaba el ‘Rey León’…
Sí. Me fascinaba, tenía un carisma, una elegancia… A partir de cierto momento, empecé a hablarle, a reír con él. Pero nunca lo consideré como algo normal. Supe ser siempre comedido con lo que me iba llegando. Entonces, ¿en qué momento te conviertes en uno de ellos? Fue gracias a Capello (entrenador entre 1999 y 2004). Hay algunos técnicos que ponen a un joven entre los profesionales porque les falta un jugador en el entrenamiento. Así, sin prevenir. Capello no hizo eso. Él te daba verdaderamente un sitio. Te entregaba una camiseta, un pantalón y un dorsal. Cuando obtienes eso, quiere decir que ya tienes tu sitio. Fabio no le daba la oportunidad a cualquiera. Él no le está dando el puesto a un joven, sino a un jugador de fútbol.

– Tu primer partido de liga en 2003 lo juegas gracias a Pep Guardiola, por entonces en la Roma…
Sí… Él acababa de acordar su salida del club, entonces el míster dijo: “como mañana Guardiola se va, voy a hacer jugar al polluelo”. Pep era alguien especial. Yo veía que él en Roma no estaba en su mundo, andaba desorientado. Venía de un fútbol con una mentalidad diferente y se encontró aquí, donde se pensaba sobre todo en el resultado y muy poco en el buen juego. Porque si hay algún italiano que te diga que lo más importante es jugar bien… [risas]. Y a pesar de todo, Guardiola intentó con nosotros, los jóvenes -Aquilani, yo, etc- transmitirnos su idea de fútbol, sus principios, que eran los mismos que luego puso en práctica en Barcelona.

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– El 26 de mayo de 2013, la Roma perdió la final de la Copa contra la Lazio. ¿Cómo vive alguien como tú, siendo jugador y aficionado, ese momento?
Por suerte, nuestros adversarios no lo celebraron de forma demasiado indecente. En el trayecto de vuelta del estadio, yendo en el autobús, vi a un aficionado en una scooter agitando una bandera celeste, pero nada lo suficientemente desproporcionado para hacerme más daño. El resto de la noche… debo reconocer que me duele recordarlo. Estuve con mi pareja y le hice vivir una noche… en fin, fue una semana muy fea. Me encerré en mi casa. No es que estuviera triste, estaba destruido, sentía que nunca lo superaría. Es algo que aún me duele. Estas cosas no se olvidan nunca.

– Después de aquello hubo muchos rumores sobre tu salida de la Roma.
Hubo muchos rumores porque se entendió que yo estaría dispuesto a irme. Mis lazos con la Roma son muy fuertes y profundos, sé que si un día tuviera que salir dejaría a la afición muy triste. Siempre se pensaba igual: “De Rossi no quiere irse”. Pero este pasado verano [el de 2013] fue diferente, casi me había convencido -no totalmente, pero casi- de que marcharme era lo mejor. Un poco por lo que pasó el 26 de mayo, pero también por cómo estaban las cosas con Zeman. Si hubiera llegado un buen equipo con una oferta interesante, en el momento adecuado, hubiera salido. Hice un pacto con el nuevo entrenador (Rudi García): si después de una cierta fecha no llegaba esa oferta, no podría salir. Entonces ese buen equipo llegó (Manchester United), pero vino tarde. Si hubiera aparecido dos semanas antes, probablemente no estaríamos aquí, o estaríamos en otro sitio.

 

“Estaba casi convencido de marcharme. El Manchester United vino a buscarme, pero ya era tarde. Tenía un pacto con Rudi García”

 

– ¿Cuál fue el problema con Zeman?
Francamente, no lo sé. Nunca lo hablé con él. En Roma se han escrito muchas invenciones. Es lo que da de comer a muchos pseudo-periodistas. Esa gente ha contado mil historias: que había sido maleducado, que había sido violento. Pero nunca tuve una disputa con Zeman. ¿Qué edad tiene? ¿65 años? ¿Cómo voy a ser violento con una persona de 65 años? Seamos serios. Yo nunca me he enfrentado a ningún entrenador, jamás he dicho “debes hacerme jugar de esta manera” o “debes ponerme de titular, si no me voy a rebelar”. Es algo que va en contra de mis principios. Respeto a mis técnicos. Para Zeman creo que, simplemente, no soy su tipo de jugador, eso es todo. Y estoy seguro que habrá muchos entrenadores que piensen igual que él.

– Se dice que para recoger el alma de Roma, no hay que ser de la ciudad, como le eran Fellini y Pasolini, el uno de Rimini, el otro de Friuli…
Si yo hubiera vivido en la época de Pasolini, sin duda que también habría observado su Roma. La diferencia es que no habría sido capaz de describirla, de hacer un poema, una novela, un guión, una película. Igual con Fellini. Es una cuestión de talento. Pero hay que decir que también los romanos pueden observarse a ellos mismos. Voy a citar por ejemplo el nombre de Trilussa, un enorme poeta romano de principios de siglo. Es menos conocido que Pasolini y que Fellini en el extranjero, pero es alguien que sabía describir Roma. Todos sus poemas son cortos, a veces muy cortos, escritos en dialecto romano. Si coges uno de sus libros y lo hueles, puedes captar la esencia de la ciudad. Sus palabras transpiran romanidad. Escribir en dialecto no le permitió ser conocido y laureado en el extranjero, pero Trilussa es un artista muy grande. Y no era del norte de Italia.

– Antes, cuando has hablado de la Lazio, decías “nuestros adversarios”, pero no has usado la palabra Lazio. ¿Es una palabra que no pronuncias jamás?
Sí, sí, la pronuncio [risas]. Decir Lazio no es un problema para mí. La gente de Roma sabe que es un odio futbolístico, un odio que se te impone cuando escoges uno de ambos escudos. Digamos que si la elección viene dada por herencia de uno de tus parientes se trata de un odio futbolístico y eterno. Pero hay respeto. Durante un derbi, en el estadio me insultan, pero lo encuentro completamente normal. Jamás he tenido un problema con un seguidor de la Lazio paseando por Roma. Soy muy respetuoso con esto: algunos de mis amigos y gente a la que quiero profundamente son de la Lazio y no vamos a matarnos. Sólo me molesta cuando ganan y cuando pierden me burlo de ellos, pero no va más allá.

– ¿Jugar en una ciudad en la que hay dos clubes hace la vida más intensa?
Sí, es algo fascinante. Algunas veces puedes hacer una malísima temporada siendo octavo, pero si la Lazio acaba décima, ya puedes respirar. Al mismo tiempo pienso que con la locura por el fútbol que hay aquí, si sólo hubiera un equipo, como en Nápoles o París, Roma tendría la afición más grande del mundo. ¿Imaginas? Si toda la ciudad siguiera al mismo equipo, si todo el mundo fuera hincha de la Roma… porque es evidente que un único equipo se
llamaría Roma y no Lazio… [risas].