Este reportaje está extraído del #Panenka162, nuestro nuevo número, que está disponible aquí
La noche es nubosa y húmeda en Old Trafford, 5.000 hinchas visitantes venidos de una pequeña localidad a orillas de un lago salado y rosáceo de Azerbaiyán hacen oír sus voces entre el estruendo de 73.000 espectadores, y un lituano de 49 años se alza en la banda, silencioso, decidido a contemplar la escena. Un cuarto de siglo atrás, Valdas Dambrauskas no era entrenador ni había jugado un solo minuto como profesional. Era un oficinista de 25 años sentado bajo los focos incandescentes e implacables de Sesi nuliai-milijonas, la versión lituana de ¿Quién quiere ser millonario?. Preguntado por quién había ganado el Oscar a Mejor Actor en 1929, contestó ‘Emil Jan- nings’ sin dudarlo un instante. ¿Qué país había publicado el mayor número de periódicos? Señaló correctamente a la India. ¿Mayor producción eléctrica per cápita? Los familiares que lo veían desde casa no podían más con su nerviosismo, pero el acierto de Valdas en la respuesta (Lituania) le dio 4.000 litas, algo más de 1.100 euros. En 2002, todavía en el contexto de debilidad económica posterior a la independencia, muchas ciudades lituanas de provincia se estaban recuperando de la repentina disolución de la Unión Soviética y el fin de su economía planificada, por lo que se podían adquirir propiedades por sumas ínfimas. Así que esa modesta cantidad caída del cielo le pudo haber servido fácilmente para comprar un pequeño apartamento en su Pakruojis natal. Pero la ambición de Dambrauskas desafiaba la lógica de sus coetáneos. En vez de invertir en ladrillo y cemento, convirtió un concurso de preguntas y respuestas de la televisión en capital de riesgo para un sueño disparatado y osado: comprar un billete solo de ida a Londres para convertirse en entrenador profesional.
Dambrauskas no vio nunca el dinero como un cojín para la comodidad doméstica, sino como un impulso para llevar a cabo su apuesta emigrante. Su infancia en Pakruojis había estado marcada por las privaciones y la trágica muerte de su padre cuando él tenía apenas once años. Sin formar parte de una familia de deportistas de élite y sin apoyo financiero, pronto se dio cuenta de que la senda futbolística habitual estaba cerrada para él; iba a tener que labrarse un camino con su propio intelecto y determinación. Un breve viaje de trabajo a Noruega en el 2000 le abrió los ojos al liderazgo cultural global ejercido por la Premier League, lo que lo convenció de que Inglaterra era el crisol en el que se forjaba el auténtico conocimiento futbolístico. En Lituania, las licencias de entrenador se reservaban estrictamente a exfutbolistas internacionales. En el Reino Unido podría encontrar, al menos, un peldaño desde el que escalar.
La ambición de Dambrauskas desafiaba la lógica. En vez de invertir en ladrillo, convirtió un concurso de televisión en capital de riesgo para un sueño disparatado y osado: comprar un billete a Londres para convertirse en entrenador profesional
Al llegar al norte de Londres junto a su novia, hoy esposa, Dambrauskas accedió a un ecosistema ajeno sin contactos personales, con un inglés chapurreado y las puertas de acceso cerradas. Para sobrevivir y sufragar sus estudios, asumió un régimen de trabajos manuales que hubiera doblegado a un espíritu menos decidido. Repartió periódicos en la oscuridad de las primeras horas de la mañana, se dedicó a cuidar jardines, trabajó en una guardería, ejerció de manitas doméstico por cuenta propia, además de hacer largos turnos tras la barra de un pub de Muswell Hill, haciendo malabares para mantener varias actividades a la vez. Se matriculó en un curso de ciencias del deporte y entrenamiento en la London Metropolitan University, en Holloway Road. Desde la ventana de su aula, en una décima planta, pasó años viendo cómo la estructura de acero del Emirates Stadium se levantaba sobre el horizonte del norte de Londres, en pleno apogeo de la era de los ‘Invencibles’ del Arsenal. Su vida estaba carente de vacaciones o descanso: estudiaba manuales tácticos en buses nocturnos, escribía trabajos para la universidad en trayectos cortos y gastaba cada penique que le sobraba en libros y seminarios para entrenadores. Devoraba volúmenes sobre filosofía, ciencias sociales y teoría de la periodización, y buscaba de manera incesante patrones estructurados que le permitieran compensar su falta de experiencia como futbolista de alto nivel. Su esposa permaneció firme a su lado, al tiempo que sus amigos y conocidos se preguntaban por qué un treintañero gastaba todos sus ahorros en libros de texto, cursos de táctica y títulos de entrenador en vez de comprar una casa y asegurar la estabilidad financiera de su familia…



