Londres y el verano de 1948 fueron el punto de partida. Los Juegos Olímpicos retomaban su normalidad después de dos ediciones sin disputarse por culpa de la Segunda Guerra Mundial. Se les llamó los ‘Juegos de la austeridad’ por la situación en la que Europa restablecía la mayor competición deportiva del planeta. Las heridas de la guerra aún estaban abiertas, no eran tiempos en los que lo ostentoso ni lo aparatoso tuvieran lugar en unos Juegos. Ni se construyeron nuevos estadios ni hubo un gran desembolso de dinero para Londres’48. La única gran novedad fue la retransmisión por televisión a cargo de la BBC. Y, ¿qué pinta el Milan en esta historia? Por aquel momento no pintaba absolutamente nada, pero pronto encajarían las piezas en San Siro para que los grandes protagonistas de aquellos Juegos catapultaran al Milan hacia terrenos prácticamente desconocidos para los rossoneri.

Hasta la llegada de los Juegos Olímpicos de 1948, el Milan solo había sido campeón italiano en tres ocasiones. Conquistó su primer título en 1901 y volvió a reinar Italia de manera consecutiva en 1906 y en 1907. Aquel Milan deambulaba por la competición a la sombra de Genoa, Pro Vercelli, Inter, Torino o Juventus, que ya habían tenido sus respectivas épocas gloriosas en los 50 años que llevaba disputándose el campeonato italiano -con el formato de la Serie A a partir de 1929-. El Milan aún no había ni asomado la cabeza entre los grandes del calcio hasta que aquel verano en Londres cambió su historia. Obviamente, el club no tuvo incidencia alguna en el torneo de fútbol olímpico y el papel de la selección italiana fue más bien discreto. Quien brilló muy por encima del resto de las selecciones participantes fue Suecia. Nadie osó toser a los escandinavos en la competición. 3-0 a Austria en octavos; 12-0 a Corea del Sur en cuartos; 4-1 ante Dinamarca para coger un sitio en la final; y un 3-1 contra Yugoslavia para llevarse el oro. En aquel combinado de futbolistas amateurs suecos no había ningún jugador rossonero, pero los lombardos vieron en la delantera de aquel equipo todo lo necesario para que el Milan fuera el club que conocemos hoy en día, ese que ya ha visto pasar a algunos de los mejores futbolistas de la historia para situar a la entidad entre las más respetadas de Italia y del continente.

 

El tridente sueco dio un primer aviso de lo que sucedería en los próximos años en el calcio al anotar 118 goles en 38 partidos

 

Gunnar Gren, Gunnar Nordahl -máximo goleador de Londres’48- y Nils Liedholm fueron los artífices de que Suecia ganase el torneo de fútbol de Londres’48, conquistando el primer y único oro futbolístico de Suecia en unos Juegos Olímpicos. En enero del año siguiente Nordahl hacía las maletas para iniciar su aventura italiana. Dejaba atrás su etapa en el IFK Norrköping junto a Liedholm, aunque solo un semestre después se reencontraron vestidos ambos de rossonero. De la mano de Liedholm también llegaba el tercer componente de aquella delantera imparable. Gren se desvinculaba del IFK Göteborg para reunirse con sus compañeros de selección. El ‘Grande Torino’ había conquistado los últimos cuatro Scudetti de manera consecutiva y la Juventus sería la campeona de la 49-50 en una lucha frente a frente con el Milan por llevarse el título. Si bien no consiguieron alcanzar el puesto más alto de la tabla, el tridente sueco dio un primer aviso de lo que sucedería en los próximos años en el calcio al anotar 118 goles en 38 partidos en su primer curso juntos en Italia.

Con el inicio de la segunda mitad de siglo, el Milan, de la mano de sus tres atacantes, daría un vuelco su historia. Llegaron los primeros títulos, los éxitos y los reconocimientos, gracias, sobre todo, a aquella delantera a la que apodaban ‘Gre-No-Li’. Los tres aterrizaron en Milán cerca de la treintena y, aunque tarde, tuvieron tiempo de convertir al Milan en uno de los todopoderosos del país transalpino.

Se compenetraban a las mil maravillas sobre el césped y cada uno sabía bien cuál era su función en el equipo. Nordahl, alto, fuerte y técnico, batió todos los registros goleadores del club, siendo aún a día de hoy el máximo anotador del Milan con 210 goles en sus ocho temporadas como milanista. Por su parte, Liedholm era la clase y la elegancia hechas futbolista, por lo que se le conocía como Il Barone. Cuenta la leyenda que nunca se permitió el lujo de fallar un pase y que en su último servicio para el Milan obtuvo una ovación de cinco minutos como reconocimiento al fútbol que enamoró a la parroquia de San Siro durante doce años. Y, por último, Gunnar Gren, uno de esos privilegiados capaces de dibujar la jugada en su mente mucho antes de que el rival pueda descifrar lo que va a acontecer. Inteligente sobre el campo, hábil con el balón en los pies y todo un maestro de la táctica. Es cierto que solo conquistaron un Scudetto los tres juntos, el de la 50-51. Gren marchó a la Fiorentina en 1953 después de un breve periodo como jugador-entrenador. Se quedaban solos Liedholm y Nordahl para capitanear aquel equipo. Mano a mano ganaron la liga en la temporada 54-55, un año antes de que Gunnar Nordahl empezara una nueva etapa en la Roma. Y Nils Liedholm, en cambio, fue el único de los tres que puso el punto y final a su carrera como futbolista vestido de rossonero en 1962. Dándole tiempo de conquistar otras dos ligas más con el Milan antes de colgar las botas.

Quizá no se les tenga tan en mente como a los tres tulipanes que lideraron la etapa más exitosa del club bajo la tutela del revolucionario Arrigo Sacchi. Seguramente no dejaron a rebosar las vitrinas del club como lo hicieron los Pirlo, Kaká, Maldini o Shevchenko en tiempos de Carlo Ancelotti en el banquillo. Y tampoco se les recordará como a aquel Milan de un Fabio Capello que cogió el testigo de Sacchi para dominar la Serie A a principios de los 90 y acabar con la historia del Dream Team azulgrana en Atenas. Pero siempre serán los tres suecos que le enseñaron al Milan que su lugar en el mundo balompédico estaba mucho más arriba de lo que había estado hasta aquel entonces, aunque parezca que los futbolistas rossoneri actuales busquen todo lo contrario.