Cuando sonríe, por costumbre tras marcar un gol, se le hincha la nariz y parece mayor. De hecho, tiene gestos en los que le echarías más de 30 sin miramientos. Pero no. Seydou Doumbia, el delantero del CSKA Moscú que ha patrocinado las dos últimas pesadillas europeas del Manchester City, solo tiene 26 años. O eso asegura en su página web, donde además de admitir que le flipa Will Smith y que de niño vendía pañuelos en la calle para poder comer, hace constar que llegó al mundo el último día de 1987. Aquel 31 de diciembre, en Yamusukro, la capital administrativa de Costa de Marfil, una familia se quedaba sin comer uvas. Lo que tal vez no se imaginaban es que de aquella celebración interrumpida surgirían, en el futuro, nuevos y fastuosos brindis.

La carrera futbolística de Doumbia no es muy distinta a la de otros costamarfileños que han ‘colonizado’ Europa en los últimos años. Con la salvedad de que este delantero fortachón, de desmarque eléctrico y gatillo fácil, aún viste una etiqueta de eterna promesa que no se desgasta ni con agua hirviendo. Criado futbolísticamente en el equipo de su barrio, el Conservatoire Inter FC, fue el presidente de esta academia, Olivier Koutoua, quien le convenció de que tenía potencial para llegar lejos. Para dotar de credibilidad el vaticinio, le ofreció apadrinarle en lo deportivo y en lo personal. En un ambiente de extrema pobreza, el pequeño goleador no pudo reclinar la invitación y pronto empezó a dejar huella en los Athlétic Adjamé y Toumodi FC primero, y en el AS Denguélé después. Con este último club no solo debutaría en la Ligue 1 de Costa de Marfil; también se convertiría, el 2005 y con 17 primaveras, en el máximo anotador del torneo. Curiosamente, aquel fue el mismo año en el que su compatriota e ídolo Didier Drogba rompía una sequía de medio siglo sin que el Chelsea levantara un título de liga. Era el momento de seguir los pasos de ‘Didí’, dar el salto a una gran competición… Y eso es justo lo que no hizo cuando en 2006 él y sus trenzitas aterrizaron en Japón.

Mientras sus compatriotas generacionales y no tan generacionales como Touré Yayá (Mónaco) o Gervinho (Le Mans, Lille) se fogueaban en Francia -donde Doumbia debería haber recalado si no se hubieran producido una serie de incidencias con su visado-, él sufría para interpretar los pases entre tanto bosque de ojo rasgado. La aventura, como era de esperar, no salió bien y, tras dos años vistiendo camisetas de clubes nipones, logró encauzar su rumbo fichando por el Young Boys suizo. La cantera prometida, el trampolín soñado. En total fueron dos temporadas, coronadas ambas con sendas distinciones al mejor jugador del año. Con 23 años, le esperaba una nueva oportunidad para progresar en su carrera. Y de nuevo escogió la carretera del Este, la que le alejaba de las grandes ligas pero también la que le abrazaba, por primera vez, a una nómina ardiente como el vodka.

Y ahí sigue. Llegó al CSKA en verano del 2010 para sustituir al brasileño Daniel Carvalho, pocos meses después de que el club moscovita completara su mejor actuación en una Liga de Campeones -cayó en cuartos ante el futuro campeón, el Inter-. Sus números en el fútbol ruso no han sido todo lo regulares que esperaba, aunque cuando ha estado enchufado el equipo lo ha notado (en la temporada 2011-12 se convirtió en el primer pichichi africano de la historia de la liga rusa). Sí ha sido, a nivel de palmarés, una trayectoria ascendente, pues el CSKA acumula dos años de dominio en la Premier rusa y en la Champions los goles de Doumbia se han convertido en habituales.

En la edición de la Liga de Campeones que hoy da por concluida su fase regular, al CSKA le tocó integrar el grupo de la muerte, junto a los todopoderosos Bayern, Roma y Manchester City. En los dos duelos contra los ingleses, el papel de Doumbia fue especialmente trascendente: tres goles y un penalti provocado que a la postre sacudieron un grupo donde todos los equipos tienen opciones de clasificarse para los octavos. El último asalto tendrá lugar esta noche en el Allianz Arena, donde el delantero costamarfileño espera poder volver a celebrar un gol y, quien sabe, empezar a sentar las bases de un futuro en la gran liga europea que le falta para poder emular, de una vez por todas, a su ídolo Drogba. Ofertas -sobre todo provenientes de Inglaterra– no le van a faltar. Tiempo tampoco. Aunque no lo parezca, solo tiene 26 años.