Hasta la 1:18. Pere Pons no supo hallar las palabras para decir adiós a la sufridora hinchada del Girona, a la que le ha visto crecer, hacerse un hombre, hasta la 1:18 de la noche del jueves al viernes. Le imagino buceando en el barro de sus pensamientos; inmerso en un bucle, incapaz de encontrar la forma de despedirse tras tantos partidos, tras tantas emociones vividas en un estadio que jamás olvidará el legado de su hijo pródigo. “Hemos llorado. Hemos sufrido. Y hemos recibido muchos golpes. Pero también hemos disfrutado”, admitía el mediocentro catalán en un breve texto, publicado justo a la misma hora en la que mi ordenador escupía el “que pedirle a mi mente si te entierra es pedirle a un niño que no corra” de la maravillosa Todo se va, de Xavibo. Pensé en que dudo que exista ninguna canción mejor para ilustrar el sentir de la afición del Estadi Municipal de Montilivi, huérfana de un futbolista tan especial como insustituible, del hombre que, junto a su inseparable Àlex Granell, mejor ha sintetizado, ha simbolizado, ha representado, todo lo que es el Girona, un equipo que tuvo que masticar mucha mierda, que tuvo que picar mucha piedra, antes de poder llegar a soñar con ser feliz, antes de convencerse de que el rojiblanco no tenía que ir siempre acompañado del negro, del más cruel de los sufrimientos, de la más absoluta de las tristezas, de los silencios sepulcrales.

La naturaleza del cuadro rojiblanco se personifica en Pere Pons; tímido, humilde, modesto, consciente de sus orígenes, de sus raíces. Y de “la suerte que tengo de levantarme por las mañanas para ir a jugar al fútbol. Es mi profesión, mi oficio. Tengo la suerte de disfrutarlo cada día. Es increíble. Somos unos privilegiados”, como afirmaba el gerundense, que lejos de sentirse un semidios se limita a disfrutar del deporte del que se enamoró hace dos décadas gracias a su amigo Marc Feixas, hace unos meses en un reportaje de Panenka en el que también acentuaba que, “con lo que hemos tenido que sufrir, ahora todos pensamos que esto no se nos puede escapar. Tengo que agarrarme aquí como sea. Aquel niño que corría por las calles con el balón en los pies jugando en Primera. Quién podía imaginárselo”. El inesperado (e inexplicable) descenso a Segunda del Girona (“Hemos hecho un tramo final desastroso que nos ha metido en el pozo. En la mierda”, reconocía el propio futbolista gerundense) ha escrito el último capítulo de la bella historia de Pere Pons en el Girona, pero el agradecimiento será eterno. “Era muy difícil igualar la oferta de continuar jugando en Primera, que ha sido siempre mi sueño, mi deseo. Pero el club ha hecho todo lo posible para que me quedara. Aquí siempre me he sentido muy querido. Soy quien soy gracias al Girona. Aquí me he formado como jugador. Aquí me han educado como persona”, reivindicaba el centrocampista catalán, el segundo futbolista de toda la historia que ha vestido más veces la camiseta del club en la LFP, en la rueda de prensa con la que se puso fin a una relación que comenzó a dibujarse hace 16 años, cuando aquel enclenque alevín desembarcó en el Estadi de Montilivi con una maleta repleta de sueños e ilusiones.

Desde que debutó en 2012 de la mano de Rubi en un encuentro de Copa contra el Sporting, Pere Pons fue creciendo hasta convertirse en un referente para la cantera, en un ídolo para la afición, en una pieza irremplazable, imprescindible, en los esquemas del mejor Girona de la historia. En el dueño de un centro del campo que, sin él, siempre parecerá un solar; que le ha visto evolucionar una barbaridad en lo futbolístico, pasar de ser un stopper que jugaba con el retrovisor a ser un box to box, omnipresente e incansable, que ha perdido el miedo a mirar, a ir, hacia adelante. Nunca olvidaré la jugada de la que nació el gol que abrió el camino hacia la mágica e inolvidable remontada contra el Real Madrid de la 17-18, aquel zigzag que la razón nos hizo pensar que no podía ser obra del mediocentro de Sant Martí Vell. Nos miramos con Jordi Bofill, del Diari Ara; en medio de la locura que poseyó Montilivi. “‘¿Borja? No, no. Pere, Pere. Ha sido Pere'”, nos repetíamos; incapaces, todavía, de descifrar, de comprender, si lo que sucedía ante nosotros era real o no. “Nada volverá a ser lo mismo. Es imposible que lo sea. Ha representado como nadie el Orgull gironí que el Girona ha predicado en los últimos tiempos. No se ha borrado nunca. Ni en los momentos más complicados. Siempre ha hallado la forma de levantar la cabeza. De volver a creer. De mantenerse fiel a sus colores”, afirmaba Bofill esta semana; ilustrando la forma de ser de un futbolista que jamás escatimó un esfuerzo.

No en vano, Pere Pons será recordado como uno de los principales artífices del mejor Girona de todos los tiempos, del que enamoró a una ciudad acostumbrada a celebrar triunfos azulgranas, a vivir de espaldas al equipo que ahora adora, al rojiblanco que ahora inunda sus calles, a aquel club que dos décadas antes malvivía en los infiernos del fútbol catalán, incapaz de atesorar un currículum a la altura de lo que se le presuponía. Porque el ‘8’, abanderado de la intensidad innegociable, de la ambición irracional, de la ilusión infantil, que definía aquel salvaje Girona que, de la mano de Pablo Machín, asombró al universo balompédico con su fútbol aguerrido e intenso, que se presentó (por fin) en Primera sin pedir permiso, tirando abajo la puerta, sintiéndose invencible, olvidándose de la realidad, de la lógica, dispuesto a prometer que reventaría al Barcelona y al Real Madrid y a cumplirlo; fue, en definitiva, uno de los principales responsables de que el cuadro rojiblanco enterrara para siempre sus fantasmas, de que se liberara, redimiera, de un pasado demasiado triste, marcado por la frustración de los no ascensos. “Habíamos soñado durante muchos años con estar aquí”, solía repetir Pere Pons, feliz de haber contribuido a cambiar el curso de la historia de su club, que después de tropezar tantas veces con la misma piedra, de haber normalizado el amargo sabor del fracaso, de haber convertido el Estadi Municipal de Montilivi en un parque temático de la tristeza, de cansarse de ver zarpar barcos que jamás regresarían, de ver cómo se les desgarraba el alma al perecer por enésima en la orilla, acabó tocando el cielo en el eterno 4 de junio del 2017, despojándose de una vez del victimismo para empezar a escribir los mejores días de toda su historia, repletos de epopeyas irrealizables. Porque si un día el Girona se secó las lágrimas, dejó de soñar con ser grande y comenzó a serlo de verdad fue precisamente gracias a hombres como Pere Pons.