Tienen que ser pocos los chavales de la provincia de Girona que no fantasean con ser como Pere Pons (Sant Martí Vell, 20.03.1993). A sus 25 años, el incombustible centrocampista rojiblanco, que aterrizó en Montilivi cuando no era más que un enclenque alevín, no solo es uno de los capitanes del primer equipo o uno de los grandes referentes de una hinchada que le idolatra incondicionalmente, también es ya el cuarto futbolista de la historia que ha defendido la elástica del club en más ocasiones, con un total de 186 encuentros que le sitúan a tan solo 63 del jugador que continúa liderando esta estadística, Miguel Ángel González (‘Migue’).

Lo que pocos saben es que Pere, el omnipresente pulmón de un equipo que ha desembarcado en Primera División con la intención de consolidarse rápidamente en la categoría a base de extraordinarias actuaciones como la de este domingo contra el Atlético (1-1), se enamoró del balompié gracias a Marc Feixas (Bordils, 30.01.1993), uno de sus inseparables amigos de la infancia. Fue cuando apenas tenían seis años, en un fin de semana en el que Pere, que por aquel entonces jugaba a balonmano con el Bordils, no tenía partido, así que decidió atender los ruegos de Marc. “Siempre me decía que fuese a verle, hasta que aquel día por fin pude ir. Era un partido contra el Cassà”, rememora Pere justo antes de que Marc, que actualmente defiende la camiseta del Guíxols, de la Segunda Catalana, continúe dibujando la anécdota: “Sí, fue allí… Éramos seis y Andrés Valverde, el entrenador del equipo, se lo propuso. Él ni siquiera se lo pensó”. “A mí siempre me ha gustado mucho el deporte. Me giré hacia mi padre. ‘Papá, ¿puedo?’. Y pam, hacia adentro. Me lo pasé muy bien, me encantó. Con Marc siempre hemos tenido un vínculo especial. Cuando jugamos al fútbol nos entendemos de una forma que nadie entiende. Siempre nos decían: ‘Vosotros dos os leéis muy bien, os entendéis muy bien. Disfrutábamos mucho juntos'”, prosigue el mediocentro del Girona, que, entregándose automáticamente al balompié, desterró el balonmano para siempre.

Pere Pons y Marc Feixas, primero y segundo de la fila de arriba.

El fin de semana siguiente, luciendo ya unas botas propias (“El primer día tuvimos que dejarle unas de esas que se amontonan en el armario de cosas perdidas”, relataba Andrés Valverde hace unos años en una entrevista, embelleciendo todavía más la historia de los humildes inicios de Pere en el mundo del balompié), el ‘8’ del Girona se estrenó en el campo de tierra del Celrà, el mismo que ejerció como escenario de la meteórica progresión que protagonizaron los dos jóvenes futbolistas mientras se pelaban las rodillas semana tras semana. “El equipo tenía mucho nivel, creo que ambos tenemos muchos buenos recuerdos de aquella época”, convienen en señalar Marc y Pere desde las graderías del modesto campo del Celrà, el lugar en el que nos citamos para intentar reconstruir una historia tan preciosa como genuina, de aquellas que humanizan este deporte tan pervertido últimamente.

En apenas media temporada en el Celrà, Pere y Marc ya despertaron la atención del Girona, que quiso incorporarles a su benjamín A. “Los padres creían que lo primero era pasarlo bien, que si realmente teníamos el nivel para ir al Girona ya volverían”, recuerda Marc. “Lo hablamos con los entrenadores y con los padres y pareció que quizás éramos demasiado jóvenes. En el mundo del deporte, lo que tienes que hacer es disfrutar, esforzarte al máximo e intentar dar lo mejor de ti. Los premios siempre acaban llegando”, añade Pere, con el convencimiento de quien tuvo que aprender a canalizar la frustración de quedarse hasta en tres ocasiones a las puertas del ascenso a Primera División en cuatro temporadas antes de poder descubrir (por fin) el dulce sabor del éxito. “He pasado noches durísimas por el Girona. Recuerdo que no podía dormir. Le daba vueltas a todos los detalles, preguntándome si era el culpable de que el equipo no subiera a Primera. Nuestro trabajo no siempre es agradable”, admitía, en este sentido, en una entrevista del Diari ARA.

 

“En el mundo del deporte, lo que tienes que hacer es disfrutar, esforzarte al máximo e intentar dar lo mejor de ti. Los premios siempre acaban llegando”

 

Los dos amigos acabaron recalando en el Girona al final de la temporada siguiente, pero antes todavía tuvieron tiempo de sublimar su extraordinaria capacidad para conectar sobre los terrenos de juego en un increíble encuentro contra el Porqueres que acabó con una incontestable victoria del Celrà (14-0), el club que los vio nacer como futbolistas. Pere marcó siete tantos y asistió a Marc en siete ocasiones. Marc marcó siete tantos y asistió a Pere en siete ocasiones. “Fue un partido perfecto. Aquel día nos salió todo redondo, hasta que el árbitro le pidió al entrenador que nos cambiara”, rememora el atacante del Guíxols con una orgullosa sonrisa. “Nos salía todo aquel día. Marc tiene un talento innato. Tiene unas condiciones técnicas… Piensa antes que el resto, intuye las jugadas. Yo tan solo tenía que ponerla en el área. Él siempre estaba ahí, listo para meterla, como Raúl. Vivía más el fútbol que cualquiera del resto”, añade Pere, ilustrando el respeto y la profunda admiración que, casi dos décadas después, continúa sintiendo por el que ha sido siempre su mejor amigo.

“De pequeños lo hacíamos todo juntos. Siempre hemos tenido una gran relación, desde la guardería. Además de ser grandes amigos, coincidimos en el amor por el fútbol… Y encima, como destacábamos los dos, nos ficha el Girona… Era todo increíble. Nos fuimos a vivir la aventura del Girona juntos. Era todo nuevo. Fue una experiencia muy bonita. Muy sacrificada para los padres, pero extremadamente gratificante para todos”, asevera el puntal del centro del campo del conjunto que entrena Eusebio Sacristán, un futbolista que, a pesar de su corta estatura, en sus primeros años en la cantera de Montilivi actuó como central.

Después de seis años “preciosos” en el Girona, las carreras de ambos jugadores divergieron al finalizar la etapa de cadetes. “Supongo que consideraron que no tenía el nivel suficiente para jugar en el juvenil. A partir de aquí empecé a hacer mi camino, intentando buscar equipos competitivos por la zona. Al salir del Girona no se acaba el mundo. Yo tenía que tirar adelante con otros objetivos, y ya está. El mundo no se acaba nunca, el fútbol no se acaba nunca”, enfatiza un Marc que antes de defender la camiseta del Guíxols pasó por el Bisbalenc, el Bescanó, l’Escala y el Banyoles. Lo cierto es que, por mucho que el balón le haya acabado conduciendo a escenarios más humildes, el atacante de Bordils continúa disfrutando del balompié con la misma pasión que cuando lo descubrió cuando apenas tenía cuatro años. “Estoy muy contento de haber estado en el Girona, muy agradecido a aquella gente que nos llamó a los dos. Me encanta que Pere esté donde está, en Primera División, al lado de casa”, sentencia Marc, feliz por cómo le van las cosas a su inseparable amigo.

“La historia es bastante diferente”, arranca el propio Pere antes de insistir en remarcar que “los pequeños detalles pueden marcar tu carrera. Son tantos factores, tantas decisiones… Yo estuve dos años con el Juvenil B, así que tampoco era de los que más destacaban”. “Pero entonces me propusieron hacer la pretemporada con el primer equipo… Entré en la dinámica, comencé a ver que sí que tenía el nivel”, rememora el mediocentro rojiblanco, profundamente satisfecho por poder “disfrutar de un hobbie que ahora es mi profesión”.

 

“Es una locura. Aquel niño que corría por las calles de Sant Martí con el balón en los pies jugando en Primera División, quién podía imaginárselo…”

 

Lo que ha vivido desde aquel inolvidable 12 de septiembre del 2012, cuando debutó con el primer equipo de la mano de Rubi en un encuentro de la Copa contra el Sporting de Gijón, ha sido “una locura” para aquel chaval que nació hace 25 años en Sant Martí Vell, un pequeño pueblo de las afueras de Girona de apenas 250 habitantes. “Estoy muy contento de cómo me ha ido todo. De repente me he encontrado en Primera, compitiendo contra mis ídolos, contra la gente a la que siempre he admirado, en la mejor liga del mundo. Con lo que hemos tenido que sufrir, ahora todos pensamos que esto no se nos puede escapar. Tengo que agarrarme aquí como sea, quiero quedarme aquí el máximo de años posible. Aquel niño que corría por las calles de Sant Martí con el balón en los pies jugando en Primera División, quién podía imaginárselo…”, reconoce Pere, un tipo sencillo que jamás ha olvidado de donde viene a pesar de que la vida le ha cambiado “mucho” en los últimos años.

“Creo que todos lo hemos llevado bastante bien. Sobre todo mi familia, siempre les estaré agradecido porque la situación no es nada fácil. Especialmente en el caso de mi hermano… Es increíble, si fuera al revés no sé si yo lo habría llevado tan bien… Parece que sea ‘el hermano de’, pero el tío lo lleva con una normalidad… Podemos hablar de todo, y lo agradezco mucho. Es como con Marc, que hemos pasado muchísimas horas juntos. Hostia, tu estás en Primera y parece que vives en una nube, pero al final tu vida es la misma que siempre. Vas a tomar el café con tus amigos, vas a cenar con ellos… Todo es igual, todo es normal. Lo único que el fin de semana tú quizás juegas en el Bernabéu, pero ya está. Todo es igual, todo es normal. Esto es lo más fascinante, lo que demuestra lo bien que lo han llevado todos”, asevera el ‘8’ del Girona. “Es que al final somos personas. Porque esté en Primera no tiene que ser una persona diferente, no se le tiene que mirar con otros ojos. A veces escuchas: ‘Hostia, eres amigo de Pere…’. Yo lo conozco desde que somos pequeños. No es mi amigo porque ahora juegue en Primera”, acentúa Marc.

 

“Hostia, tú estás en Primera y parece que vives en una nube, pero al final tu vida es la misma que siempre. Todo es igual, todo es normal”

 

“Yo puedo dedicarme al fútbol, pero es que él lo vive y lo disfruta tanto o más. Muchas de las cosas que hacemos juntos son por el fútbol. Es bonito”, añade Pere antes de asegurar que, “si los papeles fueran al revés, tendríamos la misma vida. Yo estaría jugando en una categoría inferior, pero lo disfrutaría igualmente. Y él, jugando en Primera, sería el mismo amigo que es ahora. Porque el fútbol es muy bonito y es muy importante para nosotros, pero lo más básico es ser persona. Ser consciente de dónde vienes. Ser amigo de tus amigos, cuidar de tu familia”.

Ciertamente, en medio de este fútbol en el que tanto mandan los billetes, en el que las divinidades que entre todos hemos creado anuncian sus decisiones en reality shows (“Nunca sabes si una decisión es buena o mala. Siempre digo que se trata de engancharla o no, de hacerla buena o mala”, se limita a apuntar Pere cuando sale el tema, refiriéndose a la cesión al Olot de la Segunda División B que vivió en 2014), es un auténtico placer ver triunfar a un chaval normal, el único del año 1993 de su Sant Martí Vell natal.

“Era un joven de 18 años con un cuerpo de niño. Cuando te hablaba no te miraba ni a los ojos. Hoy hasta se atreve a robarnos el brazalete de capitán”, proclamaba hace unos años Eloi Amagat, el capitán del Girona que el 4 de junio del 2017 consiguió el tan ansiado ascenso a Primera División. “Es un jugador que nunca ha perdido las raíces”, añadía Andrés Valverde, el primer entrenador de un Pere Pons que mientras charlamos le da razón al recitar los nombres de decenas de compañeros que le han acompañado a lo largo de este sinuoso camino.

El camino de Pere vivió uno de sus momentos álgidos el pasado 3 de noviembre, cuando el centrocampista rojiblanco le dio la victoria al Girona de Eusebio Sacristán en Mestalla con el que fue su primer tanto en la élite. “Me hizo muchísima ilusión, porque además sirvió para conseguir el triunfo. Mi consigna no es marcar goles, pero siempre es agradable ayudar al equipo así. En aquel momento, la verdad es que estaba tan feliz que no sabía ni donde estaba”, admite Pere. Quizás no lo sabía, pero lo que resulta innegable es que lo recordó rápidamente. Porque apenas necesitó unos segundos para homenajear a todos aquellos que le han ayudado a alcanzar el éxito; besándose el brazalete de capitán en señal de eterno agradecimiento al Girona, alzando las manos hacia el cielo de Valencia para recordar con un precioso gesto a Sergi Coll (‘Teti’) y Nil Marín, dos antiguos compañeros de Pere y Marc en la cantera del Girona a los que la carretera les robó la vida y sus imborrables sonrisas demasiado pronto.

“Teti y Nil… Qué menos que tener un pequeño detalle con ellos, que acordarse de ellos públicamente. Compartimos muchas cosas con ellos, eran dos grandes amigos. Me acuerdo de ellos cada día…”, reconoce Pere mientras consigue frenar justo a tiempo la lágrima de emoción que amenaza con caer por su mejilla. “Recuerdo el momento en el que me lo dijeron. Me quedé en shock, en blanco. No nos lo acabamos de creer hasta que nos encontramos en el lugar en el que a nadie le gusta encontrarse. Nosotros, que habíamos vivido con ellos durante seis años, lo pasamos muy mal. Fueron momentos complicados. Tuvimos que ser muy fuertes para tirar adelante”, apunta Marc al recordar aquellos dos tristes episodios, de los más duros de los que han tenido que superar a lo largo de sus vidas.

“En todos los trabajos tienes vínculos con los compañeros. Pero el fútbol no sé qué tiene que hace que en poco tiempo cojas una confianza con el de al lado que no se puede encontrar ni la escuela ni en el trabajo”, añade, con la voz rota, un Pere que es plenamente consciente de “la suerte que tengo de levantarme por las mañanas para ir a jugar al fútbol”. “Es mi profesión, es mi oficio. Tengo la suerte de disfrutarlo cada día. Es increíble. Somos unos privilegiados, tenemos que ser conscientes de ello y disfrutarlo. E igual de privilegiado que soy yo lo son estos chavales que juegan aquí, que tienen la suerte de poder venir a jugar por las tardes con sus amigos y pasárselo de miedo. Creo que el fútbol es la cosa más importante de mi vida, creo que siempre lo ha sido. Es que, tío, el fútbol… Es lo mejor. No jodas, es que te lo da todo. Haces deporte, te socializas, te lo pasas bien, haces feliz a la gente… Es que es increíble… Haces un gol y tú eres feliz, pero entonces levantas la cabeza hacia la gradería y ves que todo el mundo es feliz… El otro día me pasaron un vídeo de mi abuelo de cuando marqué el gol contra el Valencia y flipé. Pensé: ‘¡Buah! Mi abuelo está orgulloso de mí, es feliz’. Nada de esto se paga con dinero. Tengo la enorme fortuna de poder disfrutar de mi trabajo”, recalca Pere antes de deshacerse en elogios por enésima vez hacia Marc.

“Puede tener un mal día, pero va a entreno y de repente es como ¡clink! De repente sonríe porque va a hacer lo que le gusta, lo que disfruta. Tiene que combinarlo con un trabajo y está cansado, tiene que hacer el sacrificio de hacerse decenas de quilómetros para ir a entrenar a las nueve de la noche por dos duros… Pero lo hace porque quiere. Lo hace porque esto es lo que le hace feliz. Porque disfruta del fútbol. Porque es su vida. Esto es increíble”, sentencia Pere. “Puedo salir del trabajo enfadado. Pero dices: ‘Es martes, menos mal… Hoy tengo entreno’. El fútbol te une. Te desahoga, te libera. Lo es todo, lo es todo. Quien no lo piense así es porque quizás no le gusta demasiado”, responde Marc, cerrando una entrevista en la que la única pregunta que acaba sin tener una respuesta clara es la de cuáles fueron sus ídolos mientras soñaban con ser futbolistas en el modesto campo de Celrà al que tantas veces han regresado para reencontrarse con el imborrable recuerdo de la infancia.

Quizás es porque, casi dos décadas después de aquel mágico encuentro contra el Porqueres (14-0), Pere continúa siendo el gran ídolo de Marc, quizás es porque Marc continúa siendo el gran ídolo de Pere. El primero luce el ‘8’ en Primera División, el segundo viste el ‘8’ en Segunda Catalana; pero la conclusión es que, más allá de que la vida los haya llevado por senderos radicalmente opuestos, siguen honrando el balompié con la misma ilusión con la que unos chavales persiguen un balón a escasos metros de nosotros, inundando el campo del Celrà de sueños mientras fantasean con emular a Pere Pons, mientras ignoran que también sería un éxito proseguir los pasos de Marc Feixas, que continúa amando el fútbol desde sus infiernos.