Punto final a un curso verdaderamente extraordinario para el Girona, el primero en la máxima categoría del fútbol español para un club que acaba de vivir la temporada más brillante en sus 87 años de historia. Miles de pensamientos e instantes fluyen por mi mente, obligada a tratar de reconstruir lo que ha vivido Montilivi en estos últimos meses en un intento de agradecerle al destino la oportunidad de haberlo podido disfrutar en directo, en primera persona. Entre todos ellos, destaca una desoladora imagen de 2016 en la que se puede ver a dos aficionados rojiblancos profundamente abatidos porque su equipo se había vuelto a quedar a las puertas del tan ansiado ascenso a Primera División por tercera vez en tan solo cuatro años.

“Perder es exactamente esto: morir y seguir existiendo. Morir y no apagar la luz. Morir y permanecer en la tumba con los ojos abiertos, con la ansiedad acentuada por las paredes de madera y el techo bajo, darle mil vueltas a la cabeza temiendo el dolor, la claustrofobia, el hambre. Mearse encima, vomitar por el asco que te dan tus propios excrementos y los insectos que entran no sabes de dónde ni cómo. Perder es que el huracán te aplaste, te golpee, te maree, pero nunca acabe. Nunca. Nunca te apague. Perder es seguir vivo una vez muerto”, escribía Axel Torres en el #Panenka18. Y esto es precisamente lo que vivió entre 2013 y 2016 la hinchada gerundense. Habituados al sufrimiento más cruel, como si fueran víctimas de una especie de maldición inexplicable, los apenados aficionados rojiblancos, tristes coleccionadores de desgracias, afrontaban el fútbol como una dolorosa penitencia; convencidos de que la moneda siempre terminaría cayendo del mismo lado; sabedores de que el balompié, tan caprichoso como impredecible, les dejaría flirtear con la alegría más bella, pero que siempre acabaría condenándoles a ahogarse dramáticamente en la orilla de la élite. “Ves el horizonte, pero te separa un mar”, que cantan los Suite Soprano en Sabor a nada. Maldito fútbol; les había tocado ser del Girona, qué remedio….

Llegó finalmente el día de la redención; el día en el que el Girona, el mismo club que hace 21 años deambulaba deprimido por Regional Preferente, se liberó de todos sus viejos fantasmas. El 4 de junio del 2017, en la enésima oportunidad de tocar el cielo, el deporte rey (por fin) permitió que las lágrimas de felicidad se abrieran paso entre las de tristeza, que la alegría inundara las preciosas calles de la ciudad después de hasta tres intentos frustrados en el último suspiro. Tras demostrar una enorme determinación al desgranar los aspectos positivos de los brutales reveses anímicos encajados con los tres no-ascensos (una palabra acuñada por la hinchada rojiblanca para definir el drama vivido entre 2013 y 2016), los futbolistas y los aficionados del Girona celebraron, eufóricos y exultantes, aquello que tanto habían deseado.

Todo lo que ha venido después ha sido el premio a la imparable ilusión de un equipo que, al grito de “cuidado Leo Messi, el Girona ya está aquí”, se plantó en la élite convencido de querer comerse el mundo; al esfuerzo incansable, al trabajo constante de profesionales honrados y trabajadores; de personas humildes y cercanas con las que es imposible no empatizar; de jugadores normales que, sea cual sea el resultado, al término de los encuentros salen siempre por la puerta en la que les esperan los aficionados para encontrarse con ellos. “Podríamos hablar un día entero sobre la evolución del Girona; podríamos escribir un libro o una telenovela. Hace diez meses ninguno de los que estábamos en esta sala de prensa se podía imaginar una película como la que hemos vivido esta temporada. Teníamos la esperanza de mantener la categoría, pero nadie esperaba que fuéramos los recién llegados que han conseguido la permanencia con más antelación. Ha sido un año muy rico; el club y la afición han dado cinco pasos de gigante. Ahora tenemos la oportunidad de continuar escribiendo la historia del Girona en Primera”, remarcaba la semana pasada Pablo Machín, el arquitecto del sueño rojiblanco; el entrenador que aterrizó en Girona el 10 de marzo de 2014 para tomar las riendas de un conjunto que parecía estar inevitablemente condenado al descenso a Segunda B y que este año, en su debut en la máxima categoría del fútbol nacional, ha sorprendido a propios y a extraños, e incluso al mismo técnico soriano, al acabar en una décima posición tan brillante como impropia para un debutante en Primera.

Y es que, la presente, ha sido la temporada del excelente estreno contra el Atlético de Madrid (2-2), del primer derbi catalán contra el Barça de Leo Messi en el feudo rojiblanco (0-3) y de los dos minutos que el equipo llegó a ir ganando al cuadro culé en el Camp Nou (6-1), de la espectacular victoria contra el Real Madrid en Montilivi con la que el Girona se presentó ante el universo futbolístico mundial (2-1) y la extraordinaria racha de hasta seis victorias consecutivas como locales. Ha sido, entre muchos otros recuerdos preciosos e inolvidables, la campaña en la que la ambiciosa hinchada rojiblanca, perdidamente enamorada de sus héroes y del que, en palabras del propio Pablo Machín, es “el único deporte en el que un equipo eminentemente inferior puede ganar a otro eminentemente superior”, han recibido el galardón a la mejor afición de Primera División; el curso en el que el técnico soriano, ante las continuas exhibiciones de futbolistas como Cristhian Stuani (quinto en la clasificación del pichichi con hasta 21 tantos, tan solo por detrás de figuras contrastadas de la talla de Leo Messi, Cristiano Ronaldo, Luis Suárez o Iago Aspas), Portu, Borja García, Àlex Granell, Pere Pons, Juanpe, Bernardo Espinosa, Pablo Maffeo o Johan Mojica, se ha visto forzado a ir abandonando aquello de que “ellos [los rivales] compiten con metralletas, y nosotros con pistolas”.

“El Girona ha convertido en eterno su primer curso en Primera, exprimiendo cada segundo de una temporada que recordará toda la vida”, aseguraba en la crónica del encuentro entre Las Palmas y el Girona del sábado pasado el periodista del Diari Ara Jordi Bofill, un aficionado reconvertido a periodista que ha definido el extraordinario presente que vive el Girona, escenificado en aquel niño temerario que no tiene miedo de adentrarse en parajes desconocidos y de descubrir nuevas realidades, como el mejor de los orgasmos. “Lo que ha hecho el Girona en los últimos años es una barbaridad; continúa siendo inimaginable verlo brillar como si esto fuera lo más habitual. Con Rubi (12-13) nos sentimos grandes por primera vez, capaces de llegar a Primera, de dejar de idealizar lo que debía ser. La derrota contra el Almería nos puso los pies en el suelo, creíamos haber perdido la oportunidad de nuestras vidas. Y, al año siguiente, pasamos de rozar la gloria a rezar para no acabar en Segunda B. Todo ha sido un milagro, no se puede calificar de ninguna otra manera. Lo peor fue el día del Lugo (14-15): cierro los ojos y recuerdo el silencio de Montilivi, la tristeza que por la noche se tradujo en insomnio. Perdí la cuenta de las veces que fui al estadio y todo aquello me venía a la memoria. Por esto la noche del 4 de junio del 2017 es la más feliz de todas, porque cerramos una herida. Me caían las lágrimas haciendo la crónica del Diari Ara. Dejaba de escribir para comprobar que aquello era real, que no se nos escapaba, que por fin era nuestro. Esto es lo más bonito que viviremos nunca, seremos incapaces de devolver todo lo que hemos sentido”, enfatiza el periodista, con la voz temblorosa. Bendito fútbol.

 

“El Girona ha convertido en eterno su primer curso en Primera, exprimiendo cada segundo de una temporada que recordará toda la vida”

 

Es cierto que quizás resulta difícil entender el Girona actual sin la inestimable colaboración del Manchester City; que una parte significativa de la afición, seguramente la que no acompañaba al equipo cuando navegaba por el infierno del fútbol semiprofesional, ha silbado al equipo en algunas fases de la temporada y que, en ocasiones, decepcionada porque sus futbolistas no eran capaces de mantener el nivel mostrado a lo largo del curso, ha abandonado Montilivi antes del final de los encuentros. “Puede que el sueño se haya comido la realidad. Somos los culpables de haber alentado un objetivo tan ambicioso; hemos sido tan exigentes con nosotros mismos que, ahora que deberíamos estar dando palmas con las orejas, estamos muy jodidos”, reconocía Pablo Machín después de caer por 1-4 contra el Eibar en la antepenúltima jornada, quedándose prácticamente sin opciones de clasificarse para la Europa League. Y es que, desgraciadamente, incluso las historias más bonitas están pervertidas por la inmediatez, por el demonio del fútbol moderno; pero, emocionados, los hinchas de toda la vida, los que recuerdan con orgullo que permanecieron fieles al lado del equipo después de los tres dramáticos no-ascensos, son enormemente felices porque el Girona sonríe.

Y, alrededor de ellos, mientras el “mejor si somos muchos más, todos juntos lo podemos hacer” del himno del Girona resuena con fuerza en un Montilivi que, con el característico 3-5-2 de Pablo Machín como bandera, se ha convertido en una de las capitales europeas del fútbol competitivo e intenso; se multiplican los niños y niñas con camisetas rojiblancas. Antaño eran del Barça o del Madrid; hoy, en los patios de las escuelas gerundenses, los más jóvenes sueñan con tener la eficacia de Cristhian Stuani o Portu, con emular al entrañable delantero keniano Michael Olunga al anotar un hat-trick en Primera División, con correr tan rápido como Johan Mojica, Pablo Maffeo o Aday Benítez, con convertirse en un icono del club como Pere Pons o Eloi Amagat, con disfrutar de la clase de Borja García o con poseer la zurda de Àlex Granell, un futbolista que hace diez años jugaba en Segunda Catalana y que esta temporada se ha erigido como uno de los jugadores más talentosos de la máxima categoría del fútbol español.

“Ahora que ganamos, no podemos permitirnos olvidar que perdimos. Mucho y hace poco. Que caímos a profundidades insospechadas. Que aguantamos chistes, noches sin cenar, futbolistas impropios. Ahora que ganamos, debemos recordar que la victoria es el broche del sentimiento de pertenencia, pero jamás su esencia. Hoy beberemos para celebrar con la certeza de que cualquier día de estos lo haremos para olvidar. Más jodidos, igual de orgullosos”, escribía el periodista de El Mundo Iñako Díaz-Guerra justo después de que el Atlético de Madrid alzara el título de campeón de la Europa League. Y este es, precisamente, el reto que persigue ahora el Girona: consolidarse en la élite e intentar seguir recolectando éxitos; pero sin olvidar el enorme sufrimiento que le ha costado llegar a codearse de tú a tú con los más grandes.