Por obvio que suene no deja de ser cierto: ser Palestina no es fácil. En casa, conflicto, inestabilidad, separación y aislamiento. A nivel internacional, inflexibilidad de unos, apoyo moral de otros y conversaciones y discusiones estériles por los siglos de los siglos.

El pueblo palestino no lo tiene fácil, por eso aprovecha cualquier signo de esperanza, cualquier posibilidad de reivindicación más allá de imágenes sanguinarias en informativos amarillentos para mostrarse ante el mundo. Quizás hace unos meses el fútbol no destacaba en esa agenda de exportación cultural y de valores positivos, pero hoy, con la clasificación de la selección para su primer gran torneo, el balón de cuero se ha situado en el centro de las inquietudes y los anhelos de la gente de Gaza y Cisjordania, así como de toda la diáspora Palestina que sigue la actualidad de su país desde la distancia. Y es que cuando el mundo mire al césped australiano, escenario de una nueva Copa de Asia, verá a Palestina competir como una selección más y, en consecuencia, como una nación de pleno derecho. Y la utopía será cierta al menos durante 90 minutos.

Los defensores de la separación del fútbol y la política tienen que mirar hacia otro lado cuando juegan los palestinos. “El fútbol en Palestina es un desafío, no un juego”, resumía Marian Al Bandak, jugadora de la selección palestina en el número 34 de Panenka, dedicado al fútbol femenino. En este sentido, el seleccionador palestino, Ahmed Al-Hassan, dejaba claro en declaraciones al diario británico The Guardian que su participación en la Copa de Asia va más allá del terreno de juego. “Tenemos un objetivo político, queremos demostrar que merecemos un estado, construir nuestras instituciones pese a la ocupación, la separación entre Gaza y Cisjordania y la guerra”, asegura.

A diferencia de lo que ocurre con las estrellas del fútbol, los jugadores palestinos no viven en una burbuja. Las dificultades que tienen los ciudadanos palestinos para moverse libremente entre los territorios ocupados también les afectan a la hora de entrenar, concentrarse y competir. No en vano, los miembros de la selección proceden de lugares diversos. Nueve de ellos son de Cisjordania, siete son de Gaza y cuatro son nacidos en el extranjero y cuentan con pasaporte israelí. La selección como representación de la complejidad de una nación.

“Tenemos un objetivo político, queremos demostrar que merecemos un estado, construir nuestras instituciones pese a la ocupación”, comenta el seleccionador

Se clasificaron para el campeonato en mayo del pasado año por la vía de la Challenge Cup, algo así como la Copa Desafío, un torneo que disputan las selecciones más débiles de la AFC, las llamadas selecciones ‘emergentes’ –benditos eufemismos-, con un apetitoso premio para la campeona: la clasificación para la siguiente Copa de Asia. En el torneo organizado en las Islas Maldivas, los palestinos sorprendieron a propios y extraños llevándose el título. Imbatidos, superaron a Filipinas en la final por la mínima (1-0).

Hoy cuentan las horas que faltan para debutar. Será el lunes, tres días después de la inauguración del campeonato en Melbourne. Por primera vez en sus 17 años de trayectoria como miembro de la FIFA –fue aceptado en 1998-, ha logrado colarse entre los 16 mejores equipos del continente asiático. Es su primer gran torneo, por lo que la victoria ya está conseguida. El escenario de ese esperado debut será Newcastle, Australia, un país que, cosas de la vida, votó recientemente en contra de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para la creación de un Estado palestino. Su rival en el encuentro inicial será nada menos que actual campeón de Asia, Japón, algo que hará que todavía más ojos centren su mirada en los palestinos. Se medirá en el segundo encuentro a sus “vecinos” de Jordania y cerrará la fase de clasificación contra otra selección que acude al certamen australiano con las emociones a flor de piel: Irak. El campeón en 2011 acude a tierras oceánicas representando a un estado cada día más devastado por la guerra. El fútbol, también allí, como en Palestina, cumple estos días su función más noble: dar motivos para la esperanza.