Cuando a Alessandro Del Piero le pusieron por fin un micrófono delante, machacado ya tras todos los flashes y actos protocolarios que se sucedieron a raíz de su macro-presentación como nuevo jugador del Sydney FC, insistió en dejarlo claro: “No he venido a jubilarme”. Solo los genios como él pueden seguir generando tanto hablando tan poco. Aunque rocen los cuarenta, les salpiquen las canas y sus fotos compitiendo en la élite corran el riesgo de acabar en breves en un álbum antiguo y polvoriento. Con esas cinco palabras, Pinturicchio alteró la frecuencia cardíaca de los hinchas de su nuevo club, la de todos aquellos enamorados de su estilo que estaban dispuestos a seguirle hasta donde hiciera falta y, ya de paso, la de toda la Australia futbolística. Con la llegada de Del Piero a la A-League en 2012, la Federación de Fútbol australiana (FFA) cimentaba un nuevo escalón en su intento de convertir al ‘socceroo’ en algo más que el sexto deporte más seguido de una nación con más de 23 millones de habitantes. Una remodelación pensada para una liga que no se fundó hasta 2004 –la FIFA la impulsó para profesionalizar el fútbol del país- y cuyo plan de crecimiento ha consistido en los últimos años en mirarse en el modelo yankee. Con la consolidación de un sistema competitivo de diez equipos encuadrados en una división única, sin ascensos ni descensos, y la introducción de algunas reglas troncales del deporte norteamericano como el límite salarial, ya solo faltaba convencer a viejos rockeros con pedigrí para que asumieran el reto de acabar sus carreras jugando en medio del Índico.

En cuestiones de sofisticación y envoltorio del producto, parece innegable que el fútbol en Australia ha hecho grandes avances en la última década. El propio Del Piero, David Villa o el ‘repatriado’ Tim Cahill pueden dar fe de ello. Otro debate es sí esa mejora se hace igual de visible en lo que respecta al nivel futbolístico del país, es decir, en la calidad de sus jugadores nacionales. Ya no es tan fácil responder a esa segunda cuestión. Pero para al menos aclarar un poco el panorama, repasemos algunos síntomas significativos.

[quote]Sobre la civilización australiana planea el debate de si el resurgimiento de la selección nacional dependía tanto de la competitividad externa o si más bien podría ser una cuestión relativa al nivel de sus propias generaciones de futbolistas[/quote]Entrados en el nuevo siglo, incluso un analfabeto del balón estaba enterado de que a la selección australiana de fútbol se le quedaba pequeña la Confederación de Fútbol de Oceanía. Ni Nueva Zelanda ni Tahití ni las Islas Salomón, por citar solo algunos ejemplos, tenían equipos lo suficientemente trabajados como para toserle un resultado a la favorita sin un milagro de por medio. La diferencia de talento entre competidores era tan abismal que incluso dio lugar a hitos históricos de lo más estrafalarios, como el rapapolvo que le endosaron los ‘kangaroos’ al combinado de la Samoa Americana (31-0) en una noche de 2001, el más grande jamás visto sobre un terreno de juego. Pero freakismo estadístico aparte, lo cierto es que el conjunto australiano acababa resintiéndose a menudo de esa falta de pruebas de nivel, sobre todo cuando para clasificarse para el Mundial, desde 2002, tuvo que enfrentarse a la quinta selección clasificada de la CONMEBOL. Aquello ya era otra cosa. En esas, y con el molesto problema de las repescas siempre por el medio (antes de enfrentarse a un conjunto sudamericano, el sistema de clasificación le había emparejado siempre en un último duelo decisivo con algún candidato europeo o asiático), Australia estuvo, desde su primera aparición en Alemania Federal ’74, siete ediciones consecutivas sin acceder a la fase final de una Copa del Mundo.

Fuera eludiendo la escasa preparación que le aseguraba medirse a equipos con poco bagaje o simplemente buscando una ruta alternativa para asegurarse su vuelta a los Mundiales, lo cierto es que Australia dijo basta en 2006 y pidió su traslado a la AFC. La sorpresa para muchos fue la facilidad con la los órganos internacionales correspondientes le admitieron dicha petición. A partir de ese instante, nos dimos cuenta de que el fútbol, aparte de mover pueblos simbólicamente, también era capaz de hacer lo propio de manera literal, modificando a su antojo las mismísimas líneas geográficas del mapamundi.

CUESTIÓN DE GENERACIONES

Pero que el 2006 sea concebido como un antes y un después en la historia del fútbol australiano no es algo que pueda explicarse solo por esa decisión insólita tomada en los despachos de la FIFA. Ese mismo año fue también el de la celebración del Mundial en Alemania, al que Australia logró volver eliminando a Uruguay en la repesca y, no contenta con eso, se marcó su mejor actuación en el torneo, completando una digna fase de grupos (nunca antes la había superado) y cayendo de manera heroica en los octavos, solo después de haberlos exigido hasta la última gota de sudor a los italianos, futuros campeones. Los Mark Schwarzer, Lucas Neill, Tim Cahill, Brett Emerton, Harry Kewell o Mark Viduka eran los sustentos de aquel grupo cuya huella, hasta hoy, ha sido irrepetible. Seguramente la mejor generación de jugadores ‘kangaroos’ de todos los tiempos, a la que Guus Hiddink logró exprimirle todo el jugo des del banquillo. ¡Por cierto! Esa fue, curiosa paradoja, la última vez en la que los australianos lucharon para acceder a la cita mundialista utilizando el sistema clasificatorio tradicional de la OFC del que renegaban.

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Australia pretende ganar la Copa de Asia como anfitriona

Desde aquel entonces, y una vez ya puesta en marcha su nueva condición en la federación asiática, Australia ha registrado algunos episodios buenos y otros más mediocres. Un poco de todo. Por un lado, ha conseguido clasificarse para los dos últimos Mundiales (Sudáfrica ’10 y Brasil ’14), y en su debut en la Copa Asiática ha ido de menos a más, llegando a cuartos en su primera aparición (China ’07) y quedando subcampeona en la edición de hace cuatro años (Catar ’11). Pero por otro lado, y pese a que su liga local se encuentra en una fase de pleno crecimiento, no se hace demasiado visible el salto de calidad futbolística anunciado, objetivo que se lleva persiguiendo desde hace una década. La sombra de 2006, por deleitosa, se está haciendo demasiada alargada. De hecho, la afición sigue señalando en el presente al propio Tim Cahill o a Mark Bresciano como los puntales del conjunto nacional, veteranos de guerra que hace tiempo que superaron la treintena y que ya estuvieron presentes en la convocatoria que lo bordó en tierras germanas.

Mathew Ryan, Jason Davidson, Massimo Luongo, Mathew Leckie, Tomi Juric… Hay motivos para la esperanza en el Índico. Jugadores jóvenes y con potencial a los que en parte se les pide que demuestren que el cambio federativo que reclamó el país hace casi una década tenga una incidencia mayor sobre el terreno de juego. La Copa de Asia que se está jugando por estas fechas en sus mismas tierras parece un escenario ideal para manifestar definitivamente dicha prosperidad.

No estoy queriendo decir con este artículo que quizás a los ‘kangaroos’ les hubiera ido mejor si hubieran seguido compitiendo con sus parientes oceánicos. Pero sobre la civilización australiana planea el debate de si el resurgimiento de la selección nacional dependía tanto de la competitividad externa o si más bien podría ser una cuestión relativa al nivel de sus propias generaciones de futbolistas. Seguramente ambos factores vayan de la mano. Cuanta más exigencia deportiva, más probabilidades para el progreso de los jugadores. Pero para resolver la incógnita de una vez por todas, es tan sencillo como que un nuevo combinado consiga emular el legado de aquellos canguros de Guus Hiddink. Ganar la presente Copa de Asia sería una buena manera de empezar a conseguirlo.