Sí, el primer recuerdo que se me viene a la cabeza cuando oigo su nombre seguramente sea el mismo que el de muchos millenials. Un mando entre manos, una consola hiperventilando, un mocoso ojiplático mirando el televisor y horas y horas inventando relatos alternativos a la cronología que debiera seguir la Historia del fútbol. El ‘R1’ -por favor, no entremos en debates de qué botón se utilizaba para cada acción-, encasquillado por su culpa; los contraataques, letales debido a su 99 de velocidad; cada mercado de fichajes, una invitación a sacarlo de un Inter de escándalo -el de Adriano-, y posteriormente del Newcastle, para apuntalar nuestro ataque y celebrar los goles con piruetas dignas de un gimnasta artístico.

Pero, ¿es Obafemi Martins simplemente un futbolista que nos conquistó a través de un videojuego capaz de conseguir que el delantero virtual se hiciera más icónico que el real? Ahí aparecen las dudas, porque aquel Martins que se dio a conocer por los céspedes de Italia defendiendo la camiseta ‘neroazzurra’ prometía más tardes llenas de gloria de las que nos ha regalado hasta el momento. Digo ‘nos ha regalado’ y no ‘nos regaló’ porque, aunque su pista la perdiéramos hace un tiempo, él aún no ve su mecha consumida. De hecho, poco antes de soplar las 35 velas, declaró que su intención pasaba por seguir reventando redes antes de colgar las botas. “Tengo 34 pero me siento como si fuera un adolescente. Y, con esta sensación, aún puedo jugar para un gran club de cualquier parte del mundo”.

En busca de un nuevo lugar en el que hincharse a meter goles, la de Obafemi Martins quizá sea la enésima demostración de que la Historia de la humanidad no se cansa de repetirse, de volver siempre al punto de partida, para ver si alguien es capaz de rehacer el cuento. Y, como en el caso del nigeriano, parece que hablemos de imposibles. Porque el relato siempre es, fue, y puede que sea el mismo; el de un inicio prometedor, con buenas rachas goleadoras, con excelentes sensaciones, con pálpitos de que esta vez sí, pero al final en esa ocasión tampoco. Y así por todo el mundo, así por ocho clubes, por siete países, por tres continentes. Aunque, pese a efímero, pese a escaso, aun sin acabar de encontrar nunca un sitio donde hacer carrera y aposentarse, Obafemi Martins, por poco que pudiera, siempre ha dejado algo de sí mismo en todos los rincones por los que se vieron sus volteretas.

 

Quién sabe cuál será su siguiente paso; probablemente ni él mismo sea capaz de descifrarlo. Demasiadas vueltas como para ahora saber qué es lo que le espera

 

Sin acabar de hacerse con un hueco en el once, en Milán fue el complemento perfecto de Adriano en el ataque ‘neroazzurro’ -once y nueve goles en sus dos últimos cursos en la Serie A– para poner los cimientos de un Inter que pronto comenzaría a pasearse por Italia sin que nadie pudiera toser en su nuca. Con dos trofeos al mejor jugador joven africano en el bolsillo, cuando parecía que le tocaba petarlo en un grande, el Inter se hizo con Crespo e Ibrahimovic y Martins sorprendió con su vuelo hacia St James’ Park para convertirse en una urraca más. En un equipo a medio camino entre veteranía y juventud, en el Newcastle post Shearer, el nigeriano cayó de pie en la Premier; pero las buenas cifras anotadoras en sus dos primeros años no se dejaron ver en su último curso en Inglaterra por culpa de las lesiones.

Tocaba hacer las maletas de nuevo. Esta vez para ir a Alemania, recalando en un Wolfsburgo que antes del verano de 2009 se había proclamado campeón de la Bundesliga con Dzeko y Graffite como estandartes. ¿Qué salió mal en tierras germanas? Que las lesiones volvieron a cruzarse en su camino. Apenas seis goles y media temporada sin entrar en el equipo fueron los motivos que llevaron a Obafemi Martins a comenzar un viaje que le llevaría por Rusia, para jugar en el Rubin Kazan, y volver a Inglaterra como futbolista del Birmingham -donde en poco tiempo fue capaz de brindarle una Copa de la Liga al club anotando un gol en el 89’, ante el Arsenal, en la final del torneo-. De ahí al Rubin Kazan de nuevo. Cuatro ratitos sobre céspedes rusos, y un efímero paso por el ‘Euro Levante’ en la 12-13, donde dejó siete tantos en La Liga, antes de pagar la cláusula de rescisión en marzo de 2013 para volar hacia las Américas. En la MLS, con la camiseta de los Seattle Sounders, por fin Obafemi Martins encontró su sitio. Más de cuarenta tantos, la hinchada volcada con él, asistencias, regates y una velocidad de escándalo. Cuando parecía que Martins ya había vuelto y conduciría a los de la costa oeste al título de liga, China llamó a la puerta. Se fue y, sin él, Seattle tocó el cielo.

La última vez que supimos sobre Obafemi Martins en un terreno de juego fue en 2018, en su aventura china en las filas del Shanghai Shenhua. Una lesión en los isquiotibiales le apartó del césped y aún sigue sin pisarlo. Quién sabe cuál será su siguiente paso; probablemente ni él mismo sea capaz de descifrarlo. Demasiadas vueltas como para ahora saber qué es lo que le espera al hombre que se ganó el respeto y cariño de muchos nacidos en los 90 por cómo ‘gambaba’ en nuestras consolas, pero que pudo haberlo hecho en la realidad, encontrando el lugar adecuado para enseñar el fútbol supersónico que, a ratos, supieron demostrar sus pies. Como su juego, la carrera de Obafemi Martins fue, o sigue siendo, demasiado rápida.