A las 03:07 de la madrugada, el rumor del teléfono rescató al inspector de policía Helge de su duermevela. A lo largo de todos sus años de servicio, había logrado perfeccionar una extraña habilidad: impostar la voz a gran velocidad, de forma que a su interlocutor le fuese siempre imposible identificar que Helge acababa de despertarse.

– Un coche se ha empotrado bajo una grúa, inspector. Hay un tipo dentro.
– Pues sacadlo, coño. ¿Dónde es?

Una de las claves de su táctica inconsciente para no revelar somnolencia era usar frases cortas. Cuantas menos palabras, mejor. Y, por supuesto, nada de subordinadas.

– En el parquing del estadio. Es el capitán del equipo.
– ¿De qué equipo?
– Del Molde.
– Joder… Ahora salgo.

Cuando Helge llegó al aparcamiento, se puso a nevar. Eran los primeros copos de un nuevo, largo y tedioso invierno. Efectivamente, bajo una voluminosa grúa de construcción yacía un vehículo familiar verde. El morro, completamente chafado, había sido retorcido como una lata de arenques para extraer de un pequeño habitáculo milagrosamente intacto a un centrocampista del primer equipo de fútbol de la región.

– Bomberos, ambulancia y policía; ya estamos todos aquí – bromeó Helge al sumarse al corrillo de los agentes.
– Es Daniel Berg Hestad. Se lo van a llevar al hospital.

“Berg…”, repitió en voz baja Helge, mientras removía un café humeante en su vasito de cartón. “Berg…”. Incluso a él, que abominaba del fútbol, le sonaba ese apellido. Las labores de rescate habían terminado. Antes de que la ambulancia arrancara, Helge pudo charlar con el jugador. Estaba confuso, y aparentemente borracho. El rumor del océano, multiplicado por el eco del fiordo, llegaba desde la parte posterior del estadio. Seguía nevando.

****

No es que la vida de Daniel Berg Hestad dé para grandes obras de las letras escandinavas; ni siquiera para esos bestsellers policíacos que tan bien se digieren en verano. Sin embargo hay algo de literario en él. Quizá sea su figura, un punto quijotesca. O su rostro, con esos ojos hundidos, las facciones cortadas a cuchillo y el pelo aún abundante. A sus 40 años, Berg Hestad guarda un cierto parecido con Karl Ove Knausgård, el último fenómeno editorial que nos ha llegado del frío.

“La memoria es pragmática, es insidiosa y astuta, pero no de un modo hostil o malicioso; al contrario, hace todo lo posible para satisfacer a su amo”, escribe Knausgård en La isla de la infancia, el tercero de los seis libros que componen su pormenorizada autobiografía. La de Berg, en cambio, aún está por escribir: incluye más de 700 partidos con el Molde repartidos en 20 temporadas, interrumpidas por un breve paréntesis en el Heerenveen holandés.

Como la obra de Knausgård, la relación de Berg con el fútbol está plagada de referencias familiares. Su padre, Stein Olav, fue el jugador con más partidos en la historia del Molde hasta que el propio Daniel le superó. Tres de sus tíos y su hermano Peter también vistieron la camiseta azulona del equipo. Uno se imagina las cenas de Navidad de los Berg Hestad casi como una reunión de veteranos del club, cada uno con sus batallitas, sus cicatrices, y su memoria pragmática, insidiosa y astuta. Pero sólo uno de ellos puede explicar cuánto pesa un trofeo.

Cuando Berg llegó al primer equipo, el Molde era un equipo ascensor, mucho más acostumbrado a cambiar de división que a pelear por los títulos. Pero a mediados de los 90, dos figuras transformarían la entidad de una pequeña ciudad de provincias en toda una potencia del fútbol noruego. Aún en la treintena, el empresario petrolero Kjell Inge Røkke se hizo con la mayoría accionarial, construyó un estadio junto al océano y modernizó el club. Røkke sabe perfectamente cómo se reflota una trayectoria: no en vano, él mismo comenzó a los 16 años como mecánico en barcos pesqueros de la remota Alaska y ahora disfruta de la octava fortuna más grande del país. Para ello, claro, a veces conviene no ponerse demasiado escrupuloso. En 2006 Amnistía Internacional destapó la participación de Aker, el conglomerado empresarial de Røkke, en la construcción y el mantenimiento anual del campo de detención ilegal de los Estados Unidos en Guantánamo (Cuba).

La segunda figura que propulsó al Molde hace dos décadas fue Åge Hareide. Vieja gloria del club que también jugó a mediados de los 80 en el Manchester City y el Norwich, a su regreso a Noruega se hizo con las riendas del conjunto azulón. Con él como entrenador el Molde rozó el título de liga de 1987, le dio la alternativa a un joven Daniel Berg Hestad en 1993 y fichó a otro imberbe llamado a convertirse en un asesino con cara aniñada: Ole Gunnar Solskjaer. Con Hareide en el banco, finalmente el Molde lograría su primer título de la historia, la copa noruega de 1994. Seguirían otras tres copas más y tres ligas. Los siete trofeos -es decir, todo el palmarés del Molde- figuran también en la vitrina personal de Berg Hestad.

Este 2015 a punto de extinguirse ha dejado buenas noticias para Hareide, que gracias a sus éxitos con el Malmoe sueco se ha ganado a pulso el cargo de seleccionador danés, y para Solskjaer y Berg Hestad, uno desde el banquillo del Molde y el otro desde su medular. No será por mucho tiempo: cuarentón, al fútbol de Daniel le quedan -de momento- dos partidos. La liga noruega ya ha terminado pero el Molde ha dado la sorpresa clasificándose para dieciseisavos de final de la Europa League, como líder de un grupo en el que dos campeones de la Copa de Europa -Ajax y Celtic- no han conseguido el pase. Precisamente ante uno de ellos -en Glasgow- logró Berg convertirse en el goleador más veterano de la historia del torneo, por delante de Francesco Totti. “Me deja sin palabras. ¡Cuando yo jugaba con él ya era un veterano! Pero es tremendamente profesional y conoce su cuerpo a la perfección”, exclamó tras aquel duelo Solskjaer. Todo indica que el cuerpo de Daniel llegará a disputar, en febrero, la siguiente ronda de la Liga Europa.

Afortunadamente aquella noche de noviembre del año 2000 apenas constituye una nota a pie de página en la larga novela deportiva que Daniel Berg Hestad está a punto de rubricar. Después de celebrar hasta las tres de la madrugada el final de la temporada junto a sus compañeros, Daniel recibió una llamada: su mujer y su hijo habían sido hospitalizados. Completamente borracho y presa de los nervios, Berg cometió el error de ponerse al volante: a la salida del estadio, tras apenas 200 metros de errática recta, se empotró contra una grúa. Salió extrañamente ileso. A aquel episodio, que hoy hemos recuperado a la manera de Henning Mankell, le han seguido todos los demás.

Hasta hoy.